En 2021, en este mismo espacio, publiqué una columna titulada “Silencio empresarial”. El contexto era la Convención Constituyente que redactaría una nueva Constitución para Chile. Ahí señalé que mientras en otros países en que se redactaron constituciones los empresarios habían sido activos en la promoción de sus ideas, acá en Chile el sector privado estaba escindido entre quienes creían que había que hablar y los que bogaban por permanecer al margen de la discusión pública.
Han pasado tres años y el panorama es radicalmente distinto. Baste leer las memorias de empresas como los bancos BCI, Santander e Itau; Colbún, Enel, Entel, Falabella, Ripley, Latam, Quiñenco y Copec, entre otras. En ellas las compañías establecen posiciones en torno a la inestabilidad institucional; el aumento de la pobreza; las reformas de pensiones y de salud; la necesidad de marcos regulatorios estables; el estancamiento de la economía; la inseguridad del sector forestal; el combate a la delincuencia, y acerca de un sinfín de asuntos de interés nacional. Si antes las opiniones del sector privado sobre temas políticos se canalizaban a través de las organizaciones gremiales, hoy también hablan las empresas.
Si bien en Chile la comunicación de posturas por parte de las empresas es novedosa, en otras regiones del mundo las compañías están yendo aún más allá. Delta Airlines dejó de ofrecer descuentos a los miembros de la Asociación Nacional del Rifle después del tiroteo masivo en un colegio en el Estado de Florida (EE.UU.). Esta decisión fue parte de un movimiento más amplio de organizaciones que se distanciaron de la agenda de esta asociación. Ben&Jerry's, la multinacional de helados, dejó de vender sus productos en territorios palestinos ocupados por israelíes. Aunque esta decisión fue controvertida, la empresa la mantuvo. Google anunció que dejaría de desarrollar herramientas de inteligencia artificial (IA) para empresas que extraen petróleo y gas, respondiendo a las preocupaciones de sus empleados y de los activistas medioambientales (sobre el cambio climático). Ejemplos hay demasiados.
El fenómeno obedece a múltiples factores: las nuevas expectativas de clientes y consumidores; las presiones de colaboradores, inversores y accionistas; la necesidad de influir en legislaciones que podrían afectar a una industria; la urgencia de diferenciarse de la competencia, o, simplemente, la convicción de que promoviendo ciertas políticas podrán lograr un entorno más estable y próspero para sus empresas.
El tema es complejo porque no siempre los stakeholders de una compañía comparten la misma mirada política. Pero si una empresa tiene valores claros, estos pueden proveer de un marco que permita decidir qué posturas hacer públicas o qué causas promover.
La opción de los accionistas de incentivar que sus empresas se manifiesten sobre materias de interés público tiene un gran efecto positivo. La transparencia, que es la base de la generación de confianzas, hace posible el diálogo.
No tenemos que estar de acuerdo con las posiciones empresariales. Quizá, sin embargo, podríamos convenir en que es de interés de todos saber qué piensan. Los tiempos del silencio empresarial, al parecer, han pasado a mejor vida.
Pablo Halpern
Director del Centro de Reputación Corporativa
ESE Business School, Universidad de los Andes