Un viento de cola está soplando en la economía chilena. Su indicador más evidente es el precio del cobre, cuyo aumento de 20% en dos meses parece anticipar un buen período para el metal rojo. La naturaleza de este repunte es misteriosa: no se observa en otras materias primas, y todas las historias —la poca oferta y el auge de vehículos eléctricos— son conocidas hace tiempo. Resolver este misterio es de sumo interés, pero en esta oportunidad nos importan sus consecuencias.
Pero no solo el cobre podría impulsar la economía. Aunque las tasas de interés en Estados Unidos sean relativamente altas, las condiciones para el financiamiento externo son positivas. El spread o castigo que debe pagar el Estado por endeudarse está cerca de sus mínimos desde 2010. Como en una coreografía, el fortalecimiento del peso ha acompañado el repunte del cobre y las mejores tasas, aliviando los bolsillos y dando cuenta de un mejor “color de mercado”. Por último, la bolsa —aunque de manera más tímida— también da señales positivas. Esta semana, el principal indicador bursátil —medido tanto en términos reales como en dólares— superó su nivel de octubre de 2019.
De persistir esta tendencia, tres debates surgirán con fuerza. Primero, el Gobierno podría llevarse la sorpresa de que sus números de crecimiento para 2024 y 2025 no sean tan malos. Sin grandes errores, podría soñar con un par de trenes, como diría un jugador de Dudo. Más allá del impacto electoral, surgirá con fuerza un debate sobre cuán dañinos para la economía han sido los planteamientos del Gobierno. En una de esas sale bien parado ante la opinión pública, aunque haya atornillado al revés desde el comienzo.
Un segundo desafío es fiscal. El último auge del cobre alimentó el hambre por gasto público —que sigue hasta hoy—, y de paso abonó a la idea de que el crecimiento es inmune a las malas políticas públicas. En un momento donde la evidencia en contra de esta lógica es abrumadora, y en que las finanzas públicas se muestran apretadas, un nuevo boom del cobre sería pan para hoy y hambre para mañana. Así, de sostenerse estas condiciones, las elecciones del próximo año podrían transformarse en un nuevo concurso de dádivas.
Por último, si un crecimiento de 3% se avizora para los próximos años, la inflación bajaría en el corto plazo en respuesta al fortalecimiento del peso, pero las perspectivas de mediano plazo no necesariamente cederían en igual proporción. Aunque cueste decirlo, al poco andar podríamos vernos enfrentados a una economía tristemente sobrecalentada. Algunos sueñan con tasas muy bajas si la inflación cae rápido, pero seguramente el Banco Central mantendrá una actitud más prudente con la vista puesta en el catalejo.