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Cartas
Lunes 20 de mayo de 2024
La criba de la razón
Señor Director:
Algunas distinciones podrían ayudar a que las universidades adopten una actitud de contención racional de las actitudes que suscita la guerra entre Israel y Hamas. Y ellas también deberían tenerse en cuenta a la hora de dialogar sobre este conflicto.
Desde luego, es útil distinguir entre una causa nacional y su fundamento ideológico religioso. El fundamento de Hamas (incluso luego de las modificaciones de 2017 a su carta fundamental) es ante todo el segundo y de ahí sus convicciones e innegables prácticas iliberales. Se puede, por consiguiente, apoyar el derecho de Palestina a un Estado y territorio autónomos de índole secular, y al mismo tiempo rechazar la ideología de Hamas y los actos que ella inspira. Oponerse a esta última no significa oponerse a lo primero. Comprendo que es difícil esa distinción en medio de un conflicto anegado de sufrimiento y dolor; pero la racionalidad obliga a hacerlo.
Es también útil distinguir entre el gobierno de Netanyahu, animado por un furor vengativo que lesiona el Derecho (como afirmé en la columna que ha sido objeto de comentarios), y el pueblo judío. Oponerse al primero no justifica discursos derogatorios o de odio hacia el segundo.
Hay que impedir que la oposición a ese ímpetu vengativo que causa el desastre humanitario lleve a las personas a aceptar que esos prejuicios renazcan o siquiera tolerar que se expresen. Es posible abogar por la protección de la población palestina en ese conflicto y a la vez oponerse a esos prejuicios, luchar para que no reaparezcan y no permitir que se expandan. Hay que impedir que una de las peores formas de agresión, que es el prejuicio deshumanizador (cuya víctima histórica ha sido el pueblo judío), renazca con ocasión de la defensa del pueblo palestino y su población civil.
En fin, una cosa es el origen personal o familiar, judío o palestino, y otra cosa la nacionalidad. Esta última condición señala una comunidad de futuro que debe sobreponerse a la memoria del origen. Una sociedad plural como la chilena exige deberes de reciprocidad y de respeto entre los distintos grupos e identidades y esos deberes no pueden abandonarse a pretexto de solidarizar con la respectiva comunidad cultural.
La universidad tiene la obligación de hacer esas y otras distinciones, en vez de creer que por convertirse en un simple foro de protesta está a la altura de su deber. La universidad no cumple su tarea cuando se convierte en escenario de un conflicto, sino cuando se esmera por someterlo, hasta donde eso es posible, a un examen racional. Ese tipo de distinciones son también indispensables para evitar que todo se reduzca al simplismo de estar a favor o en contra de este o de aquel. Ese simplismo solo conduce a reproducir el conflicto, solo que ahora en las aulas, cuando de lo que se trata, al menos en la universidad, es de esforzarse por someterlo a la criba de la razón.
Carlos Peña
Rector UDP