El tenis es el deporte que más éxitos ha entregado a Chile. Ningún otro lo iguala. Ni de cerca. Es cosa de hacer un recorrido mental rápido y sucinto. El tenis nos dio un número uno del mundo (Marcelo Ríos), cuatro medallas olímpicas (Nicolás Massú y Fernando González), una final del torneo mundial por equipos (Copa Davis 1976, con la escuadra liderada por Jaime Fillol y Patricio Cornejo) y varias figuras rutilantes y con recordados triunfos en el circuito (Anita Lizana, Luis Ayala, Hans Gildemeister, entre otros).
Pero no solo eso. El tenis también le ha entregado al país valores bastante alineados con el espíritu más esencial del deporte, como, por ejemplo, el de la hidalguía ante la victoria, la conformidad tras una derrota donde se ha entregado todo y, muy especialmente, la satisfacción de sentir que se tienen las armas como para competir contra cualquiera.
Por eso alegró tanto este fin de semana el notable triunfo de Alejando Tabilo ante esa máquina casi perfecta llamada Novak Djokovic. No por lo que representa en términos de ascenso numérico en el ranking. De hecho, ni siquiera por la victoria en sí misma, sino porque el nacido en Ontario dio muestras de alta competividad frente a un rival superior. Por pararse de igual a igual.
Eso es, en suma, lo que se aplaudió.
Por ello, aunque Tabilo no hubiese ganado, igual hoy estaríamos hablando de él y alabándolo (aunque no faltaría el que hablaría de esa tontería llamada “triunfos morales”), porque competir es la base en que se funda el deporte. Es lo más importante, de hecho, como, según atribuyen algunos historiadores, expresó el Barón Pierre de Coubertain. Ello es, en definitiva, lo que impulsa a ser cada día mejor. A crecer.
Pero algunos no entienden eso. Mas bien, se resisten a hacer esa reflexión y solo califican de exitosa una actuación cuando esta ha terminado en una victoria.
En el fútbol, un deporte en que, a diferencia del tenis, hay muchos actores involucrados al mismo tiempo a la hora de competir, cada vez hay menos tolerancia a la derrota. Incluso si es injusta o, derechamente, esta no se condice con lo expresado en la cancha.
Pasó estos días en Chile con la caída de Colo Colo ante Fluminense en el estadio Monumental por la Copa Libertadores.
Claro, es evidente que la derrota dejó a los albos muy complicados en su objetivo de pasar a los octavos de final del torneo continental. Y si pasa eso, seguro que se hablará del nuevo fracaso del futbol chileno. Pero, ¿acaso no tiene ningún valor para los críticos el alto nivel competitivo mostrado por Colo Colo ante el campeón vigente de la Copa? ¿Será que aquellos recalcitrantes resultadistas habrán visto muchas veces a un equipo chileno sometiendo a uno brasileño como el jueves en Macul? ¿En serio? Enumérenlos…
Por cierto, la escuadra de Jorge Almirón tiene el grave defecto —en especial a nivel internacional— de no poder concretar las ocasiones de gol que se crea. Llega a ser patética esa incapacidad. Pero parece increíble en un medio que, desde que vino Marcelo Bielsa, se autodefine como muy cercano a las formas, invalide e inhiba los méritos competitivos mostrados en ese partido por los albos.
Para esos ojos, por suerte que ganó Tabilo en Roma. Si no, ya le estarían lanzando piedras.