“Buscamos un escritor para la sección de Ciencia y Tecnología, que será responsable de cubrir el desarrollo de nuevas tecnologías, como inteligencia artificial, biotecnología o aeronáutica. La experiencia en periodismo no es esencial, pero sí lo es la habilidad para escribir de manera clara y entretenida, así como también entender cómo funcionan las tecnologías. Quien escriba deberá ser capaz de investigar y explicar los últimos descubrimientos científicos a un público general”. Aviso publicado en la revista The Economist, enero de 2024.
Para el Colegio de Periodistas, esto representa un “peligro para la calidad y credibilidad de la información”, cuya protección requiere de una “formación específica, ética y responsabilidad profesional para garantizar la veracidad, la pluralidad y objetividad en la información que se difunde a la sociedad”, que solo el título de periodista daría.
La fidelidad de los lectores de la revista inglesa por más de 180 años refleja que tal aprensión es totalmente injustificada. Es la competencia en la provisión de información lo que promueve la veracidad y eleva el nivel del debate. El asunto es tan evidente, que no puede sino concluirse que al Colegio de Periodistas no parece importarle la veracidad ni la pluralidad de la información, sino simplemente entregarles un campo exclusivo de trabajo a los periodistas. Una renta.
Pero el Colegio de Periodistas no está solo. Son muchos los grupos que, en mayor o menor grado, usan una lógica parecida. Profesores, abogados, arquitectos y profesionales de la salud aducen buenas razones —el cuidado de los niños, la fe pública y el conocimiento de la ley, el urbanismo o la salud de las personas— para buscar cierta exclusividad en el ejercicio de sus trabajos, ya sea al alero de las leyes o de la “autorregulación”.
Es evidente que las asimetrías de información y las externalidades justifican la regulación profesional en algunos casos, pero esta debiera ser la excepción. Un reciente estudio de la OCDE muestra que uno de cada cinco trabajos en los países desarrollados requiere algún tipo de licencia, y que el aumento de estas restricciones ha redundado en mayores costos y en pérdidas en la innovación, sin necesariamente generar un aumento en la disponibilidad y calidad de los servicios prestados.
El desarrollo de la inteligencia artificial anticipa que esta tensión irá en aumento, toda vez que permitirá a muchas personas hacer de manera razonable labores para las que no están autorizadas. Muchas de estas barreras no solo existen bajo el alero de leyes, sino también como consecuencia del comportamiento colusivo de grupos de profesionales que “otorgan las licencias”. La competencia profesional —en su sentido más profundo— está amenazada.