El anuncio del (ex) Presidente Lagos de retirarse de la vida pública ha tenido amplia repercusión. Y es que él siempre ha tenido una idea acerca de Chile.
En su tesis para titularse como abogado, “La concentración del poder económico en Chile” (1962), ya se percibe a un joven intelectual que tempranamente articula una visión de la economía, la política y la sociedad, anclada en la idea de construir un país más justo.
Su aproximación a la acción política se caracteriza por una postura reflexiva. Así lo hizo en su lucha por la recuperación de la democracia, en sus campañas electorales, como ministro y en la Presidencia de la República. Es un convencido de que solo puede existir buena política si hay un conocimiento profundo del país y del planeta que habitamos.
Ha sido un hombre de acción. Valiente y arrojado cuando hubo que serlo. Lo conocí en 1978, recién regresado a Chile desde el exilio para sumarse a la lucha por la libertad. Podría haber elegido un destino más cómodo: una universidad encopetada, cierto puesto en un organismo internacional. Pero no. Escogió correr los riesgos. Amigos muy queridos de su generación ya habían sido ejecutados o desaparecidos.
Esto le permitió celebrar como protagonista el 5 de octubre 1988 y el retorno a la democracia en 1990.
Lagos fue elegido Presidente en 1999, luego de una competencia durísima contra el populismo de derecha que asomaba. Como jefe de Estado fue un gran realizador: crecimiento económico; avances en seguridad social (Auge y seguro de desempleo); acuerdos comerciales con EE.UU., China y la Unión Europea; rechazo a la invasión a Irak; creación del Consejo Nacional del Arte y la Cultura, y fin de la censura cinematográfica. En su mandato aumentaron las mujeres en altos cargos públicos, se promulgó la ley de acoso sexual y se estableció la distribución de la píldora del día después. Fue abolida la pena de muerte, llegó a puerto la ley de divorcio y se creó la Comisión Valech, que dio pie a leyes de reparación en derechos humanos.
Apostó fuerte —y es parte de su idea de país— por la cooperación público-privada. Ello permitió grandes logros en infraestructura y expansión de la capacidad exportadora. No todos sus proyectos fueron exitosos, pero el resumen es que el suyo fue un gobierno que provocó transformaciones en todos los frentes. Chile era un país mejor al final de su sexenio. Terminó su mandato con alta popularidad y la sucesión presidencial emergió de su gabinete.
Además, logró cambiar la Constitución, eliminado parte relevante de los enclaves autoritarios, como los senadores designados y la inamovilidad de los comandantes en jefe de las FF.AA. Pese a su esfuerzo, no logró disipar el velo de ilegitimidad que cubre, hasta hoy, el texto de 1980.
Su última actuación política fue su pronunciamiento, en diciembre pasado, llamando a votar en contra de la propuesta constitucional. Dijo que era partisana y divisiva. Concluyó así su vida pública en plena coherencia. Siempre ha creído que el buen futuro de la nación se construye desde un proyecto de unidad política y moral.
Por todas estas razones hay que hablar de Lagos, de su lucidez, su coraje, su coherencia.
Fue un privilegio acompañarlo en una parte de su largo camino y creo que ahora es un deber de los nuevos políticos conocer y valorar su legado. Especialmente, debiera permitir al Socialismo Democrático, sector donde Lagos fue líder, reflexionar sobre su destino.