Era principios de noviembre de 2019, estaba en mi oficina del Ministerio de Energía, y el país estaba sufriendo los embates de la revuelta. La COP 25 en Santiago se había cancelado pocos días antes y se estaba organizando con ayuda de los españoles en Madrid. El desafío para nuestro gobierno era monumental: por las complejidades logísticas de montar un evento como ese en pocas semanas y en otro país. Pero sobre todo, por las dificultades que suponía ejercer un rol de liderazgo internacional en esas circunstancias.
“Gracias por tomar mi llamada”, me dijo el expresidente, con un cuidado por las formas que hoy se extraña en la política. “Lo llamo porque he estado siguiendo de cerca el tema del hidrógeno y todo el potencial que tiene para Chile. Voy a estar en Madrid para la COP y me gustaría que conversáramos del tema”.
Acepté, desde luego, su ofrecimiento con gusto. A las pocas semanas nos juntamos en el sencillo stand de Chile en la capital española y tuvimos una larga conversación sobre energía, cambio climático y las oportunidades para Chile. Y luego participamos juntos en un panel sobre hidrógeno con el ministro de Cambio Climático y Energía de Australia y dos ejecutivos de compañías privadas.
En los meses que siguieron nos apoyó, con el expresidente Frei y muchos otros, en el desarrollo de la estrategia de hidrógeno que lanzamos al año siguiente. Y ha sido desde entonces un generoso y persuasivo promotor de esa agenda en distintos espacios.
El episodio vino a mi cabeza esta semana, tras el retiro de Lagos de la vida pública. Sobre todo, por las críticas que algunos en la izquierda desempolvaron a raíz del aprecio que el expresidente despierta en el empresariado, crítica que muestra que para algunos en su sector esa estima es razón de vergüenza.
Pero casi como si lo hubiera calculado, Lagos anunció su retiro justo en la semana en que la economía chilena —que depende, aunque a algunos en la izquierda les moleste, del empuje de los empresarios— mostró, una vez más, síntomas de atrofia.
El aprecio de los empresarios por Lagos tiene que ver, desde luego, con su desacomplejada comprensión de que no se puede gobernar con éxito si la economía no funciona. Lo principal es crecer, lo demás es música, dijo alguna vez. Él sabe que del crecimiento depende el empleo (principal palanca para reducir la pobreza y la desigualdad), la posibilidad de financiar la seguridad social (incluyendo el seguro de cesantía que él creó), y la estabilidad fiscal (que su regla de superávit estructural busca cuidar).
La estima se basa también en sus logros integrando a nuestra economía al mundo con tratados de libre comercio, en su agenda de asociaciones público-privadas para desarrollar infraestructura, en su densidad intelectual y su coraje para poner orden (como deben recordar hasta hoy los líderes del transporte). Y esa estima tiene también algo de nostalgia, que solo crece cuanto más extravío muestra su sector respecto del rol de la iniciativa privada y el crecimiento.
Pero me temo que detrás de esa admiración hay también dos rasgos más, que en nuestro encuentro madrileño se hicieron patentes.
El primero, es que Lagos tiene mirada larga. Y eso es esencial para generar condiciones propicias para la inversión.
En ese panel en Madrid creo que Lagos no dijo nada de la contingencia; quizás una frase al pasar. Habló de las tendencias globales: el cambio climático, el avance de la tecnología, la globalización. Y dibujó el rol de Chile en ese contexto global, planetario, podríamos decir. Y es que Lagos —el capitán planeta— piensa estratégicamente, en décadas, no en semanas; lo motivan los legados, no la aprobación.
Quizás tenga que ver con su carácter. Al interactuar con él da la impresión de que su seguridad y aplomo están anclados más en la confianza que tiene en sus propias capacidades intelectuales y sus convicciones, que en los aplausos que se reciben tras complacer las ansiedades de la siempre veleidosa opinión pública. Más que en prestar demasiada atención a lo que piensa el resto, el radar de Lagos parece estar siempre puesto en comprender el mundo y sus complejidades para, a partir de esa comprensión, movilizar transformaciones con ambición y gradualidad.
En eso, Lagos se parece poco a los políticos de hoy, adictos a los efímeros likes en las redes. Piensa estratégicamente, proyecta escenarios y busca movilizar las cosas a partir de su visión. Eso también nos hace falta para salir del letargo: tener un plan, una hoja de ruta, una idea compartida del país que queremos ser. Y eso, desde luego, los empresarios lo valoran. Como lo debieran valorar en un líder político todos, en la derecha y en la izquierda.
Por último, actúa con grandeza, que tanto se extraña hoy en una política llena de frivolidad y pequeñez. ¿Por qué alguien del tonelaje de Ricardo Lagos, toma la iniciativa, levanta el teléfono y llama a un funcionario de un gobierno de otra coalición, con casi cuarenta años menos que él (y cuarenta veces menos trayectoria y tonelaje), en su momento político de más fragilidad? Inquieto intelectualmente como es, seguro tenía genuina curiosidad por el hidrógeno. Pero es obvio que fue más que eso.
Lagos quería ayudar. Tenía consciencia de que en esos días difíciles, había que afirmar la imagen internacional de Chile que él había ayudado por años a construir. La COP era una vitrina importante al mundo y en esas semanas estábamos en los titulares por malas razones. Ese día en Madrid nos acompañó y nos ayudó. Yo, confieso, me sentí arropado en su compañía. Era como rendir examen en público, con un experimentado profesor al lado. Y como era de esperar, se lució. Atrajo la atención de la audiencia y los otros panelistas con ese magnetismo que irradia cuando toma la palabra.
Y la generosa presencia de un expresidente de centroizquierda en sus ochenta, compartiendo una visión de futuro optimista para Chile con un ministro de centroderecha en sus cuarenta, transmitió —varios extranjeros me lo dijeron después con admiración— la imagen de un país serio, estable, en el que más allá de los contratiempos de esos días, se podía confiar. Y si hay algo en lo que deberíamos estar todos de acuerdo, es en la necesidad de recuperar las confianzas. En nosotros mismos, en Chile y en su potencial.