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Editorial
Martes 19 de diciembre de 2023
Años perdidos y años reivindicados
Los aprendizajes de los cuatro últimos años y los logros de los 30 anteriores deberían servir de lección para salir del estancamiento.
No es auspicioso el balance de los cuatro años transcurridos entre el 18 de octubre de 2019 y el plebiscito del pasado domingo. El intento por controlar la crisis de fines de 2019 proponiendo un cambio constitucional, aunque logró aplacar en algo los ánimos de ese momento —en rigor, la violencia octubrista solo sería contenida, y siempre de modo parcial, tras la llegada de la pandemia—, ha terminado fracasando en su objetivo final. Las dos propuestas redactadas para tener una nueva Constitución —la de la Convención y la del Consejo Constitucional— han sido rechazadas por la población. El país se enfrenta así a una paradoja que es necesario analizar si se aspira a salir del estancamiento. Quienes más bregaron por cambiar la Carta vigente —el oficialismo— han terminado votando por preservarla, y quienes nunca habían pretendido sustituirla fueron los que ahora abogaron por hacerlo. Y así, la denigrada Constitución de 1980, luego de los rechazos a las dos alternativas ofrecidas, ha terminado siendo ratificada, a pesar de que antes, en un primer plebiscito, el 80% de los votantes habían declarado querer cambiarla.
La única manera de explicar esta paradoja es concluir que el diagnóstico inicial —que el problema del país radicaba en su Constitución— no resultó ajustado a la realidad, porque si bien su origen en un régimen militar generaba cuestionamientos a su legitimidad, las reformas de 1989 y 2005 modificaron sus contenidos más controvertidos. Esto, al punto de que incluso quienes hasta hace poco eran sus más ácidos críticos han terminado reconociendo que el marco que ella ofrece permite el despliegue de cualquier proyecto político de signo democrático. No solo la idea de un texto “tramposo” ha quedado así desmentida, sino que quienes la levantaban como consigna ya mostraron en la Convención de 2020-2021 que en realidad, antes que buscar una Constitución “habilitante”, pretendían usar la Carta Fundamental para refundar el país imponiendo su particular concepción ideológica. Ambos rechazos dejan además como lección que no fue buena idea intentar redactar una nueva Constitución a partir de una virtual “página en blanco”, y menos si el órgano elegido por voto popular para hacerlo contenía una importante mayoría —siempre coyuntural— de algún sector, porque es inevitable que este intente plasmar allí su propia visión, procurando interpretar de este modo a sus votantes. El único texto que concitó apoyo transversal, el de los expertos, lo consiguió porque su composición política estaba empatada —igual que el Senado que los había nombrado—, y, por lo tanto, no tenía más alternativa que buscar acuerdos para alcanzar el quorum necesario.
De esta manera, Chile se encuentra, en este ámbito, en “casi” el mismo lugar de hace cuatro años (solo que ahora reformar la Constitución es más fácil), pero asumiendo un inmenso costo, pues muchas decisiones fueron aplazadas a la espera del cambio constitucional, los diversos problemas que el país enfrenta en pensiones, salud y educación se siguieron postergando, y el estancamiento económico está castigando los salarios y el empleo de cada vez más chilenos.
Si la Constitución no era el problema que muchos denunciaban, y si las banderas levantadas por la revuelta del 18 de octubre —posteriormente plasmadas, en su mayoría, en la propuesta de la Convención— han sido categóricamente rechazadas por la ciudadanía, debe concluirse que los vilipendiados 30 años —tal vez los mejores de nuestra historia moderna, que generaron un progreso inédito en crecimiento, infraestructura, educación superior, salarios, e, incluso, en coeficiente de Gini— eran, después de todo, el camino correcto. Uno que —no obstante sus ripios— el país nunca debió abandonar.
Resulta bueno recordar que ese camino se inició, y logró sus mejores frutos, porque, en lugar de proyectos radicalizados, privilegió la búsqueda de acuerdos en torno a reformas técnicamente sustentadas que lograron de este modo permanencia en el tiempo. Y fue el progresivo abandono de esa ruta gradualista y moderada lo que condujo, posteriormente y paso a paso, hacia el estancamiento actual. Para superarlo, los aprendizajes de los cuatro últimos años y los logros de los 30 anteriores deberían servir de lección.