El rechazo sufrido el domingo por una nueva propuesta constitucional tiene variadas lecturas. Una es la desconexión entre la clase política y las aspiraciones reales de la ciudadanía
Ante el llamado estallido social las élites políticas interpretaron que la mayoría ciudadana quería cambios radicales. La concentración de más de un millón de personas el 25 de octubre de 2019 fue leída como una manifestación masiva del deseo de cambiarlo todo. Es cierto que se manifestó el descontento con muchas fallas sociales: el mal trato, la falta de un sistema de servicios esenciales de calidad, y una alta frustración por las dificultades para lograr mayores niveles de bienestar.
Lo que no se leyó acertadamente fue en qué consistían las carencias y los sueños frustrados. Y como única solución ante un fenómeno que no lograban interpretar con precisión, los dirigentes políticos decidieron ofrecer la solución mágica de un nuevo orden institucional elaborado desde cero. Una nueva Constitución que resolvería todos los problemas acuciantes de los chilenos.
¿Cuál era el sueño de la ciudadanía? Trato digno en todos los servicios públicos y privados, mejor salud, educación que permitiera un progreso real para sus hijos, mejores pensiones y apoyo en la vejez, entre otros. Y se les presentó una nueva Constitución como la fórmula que garantizaría todo aquello.
Los chilenos creyeron en esa promesa y aprobaron con cerca de un 80% el comienzo de un proceso constitucional. Sin embargo durante el proceso de redacción de la primera propuesta, dudaron con razón de que esa nueva Constitución cumpliera su promesa, y percibieron que al plantear cambios radicales en todos los aspectos de la sociedad ponía en peligro los logros que sí eran valorados mayoritariamente.
La continuación de la aventura constitucional no fue consultada con la ciudadanía, y se impulsó suponiendo que persistía la confianza en un cambio constitucional que mejoraría sus vidas. El bajo interés mostrado en las encuestas desmentía la validez de ese supuesto. Se llegó a un nuevo plebiscito que obligaba a manifestarse a favor o en contra.
No es extraño el rechazo a una nueva Constitución. Los chilenos perdieron la confianza en que el reemplazo de la Constitución actual resuelva sus problemas. Han observado cómo sus representantes políticos parecen incapaces de concordar soluciones concretas a sus problemas más acuciantes, más motivados por imponer sus visiones de modelos ideales de sociedad. ¿Qué confianza podían tener entonces en que una transformación que implicaba un sinnúmero de nuevas instituciones sería exitosa?
Los factores comunes en estos cuatro años son principalmente dos. Una pobre lectura de las carencias y aspiraciones reales mayoritarias en la ciudadanía y un actuar político más basado en la defensa de modelos de sociedad que han sido desestimados en la mayor parte del mundo o dejados atrás por la sociedad que rechaza recetas basadas en el conservadurismo más tradicional.
El segundo factor está en el principal activo de nuestro país: la sensatez y la prudencia de la mayoría de los chilenos. Se dan entusiasmos pasajeros frente a grandes promesas de cambio, pero cuando se da la oportunidad y el tiempo para una reflexión pausada prima la cautela.
Desde el 4-S hemos visto una ciudadanía a la que no seducen los grandes experimentos ya sea porque les resultan ajenos los discursos con que se proponen, o porque intuitivamente les producen inseguridad. Y es una ciudadanía sabia: entiende quizás que rara vez la sociedad es capaz de cambiarlo todo en un corto espacio de tiempo, y que los cambios parciales basados en la experiencia de fallas específicas y observables permiten perfeccionar y adaptar la institucionalidad con mayores probabilidades de éxito y menor espacio para grandes errores.
Esa sensatez es un gran activo, y la razón para creer que si verdaderamente se escucha a los chilenos y se busca responder a sus demandas, existe un mejor futuro para nuestro país.
Vivianne Blanlot