No he logrado tener cinco minutos de paciencia con los políticos que comentan resultados de las urnas. No les han puesto oído, no han asimilado la tremenda información que contienen. Sus anteojeras los hacen responder con minutas repetitivas, derrotadas; peor, derrotistas. Malo, porque dentro de nuestra legalidad los resultados del domingo devuelven la pelota al campo del Congreso Nacional y dejan todo esto en manos de la maltrecha clase política.
Estamos cansados. “Todo es triste, y confuso, y yo quisiera olvidarlo todo”, leo en un antiguo poema de amor. Lo entiendo y lo vivo. Entiendo también que tenemos una ventanita de oportunidad que se cerrará muy pronto. En este río revuelto, ojalá ganen finalmente los chilenos. Aprovechando el desconcierto general, el mundo político debería dar una señal de que se la puede y empezar por alguna parte. En su columna del día 18, Eduardo Engel señala que sería “excelente” señal un acuerdo lo más transversal posible para realizar en el Congreso una reforma del sistema político, tomando como base lo propuesto por la Comisión Experta. Ese texto existe y es lo que podemos salvar por el momento, una de las pocas ganancias del fatigoso y decepcionante proceso que acabamos de terminar definitivamente.
Me dicen, con razón, que es difícil pedirle a nadie que aserruche su propio piso. Puedo responder que mucho piso no hay, y que un buen proyecto transversal de reforma, basado en el acuerdo que se logró entre absolutamente todos los partidos representados en el Congreso, sería una manera de responder con rapidez y acierto a la fatiga ciudadana. Es algo que la política chilena debería agarrar al vuelo: está pasando por su puerta. Como bien decía otro poeta: “Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa”.
A la ciudadanía de a pie, a los ciudadanos que, como yo, corren con colores propios, le cabe en esto un papel insustituible. Solo una fuerte presión ciudadana podría exigir un acuerdo transversal del Parlamento para presentar este proyecto, solo una fuerte y alerta participación de la opinión pública, vigilante e informada, podría evitar las pillerías (conscientes o inconscientes) de los que buscarían frenarla. Hay que pedir poco, y simple. Un texto que ya, en sustancia, está. Una disposición que, si alguien no la tiene, deberá fingirla. Unos plazos que el Congreso debe proponer, pero que sean todo lo rápidos que la ley permite. Y una fuerza articulada, efímera y transversal, que solo se dedique a vigilar, proponer, patalear hasta que esta reforma salga. Le dejo la idea.
Que mi cursilería sea insuperable: “Las ilusiones perdidas/ ¡ay! son hojas desprendidas / del árbol del corazón”. Les guiño un ojo, pero esto puede y debe hacerse, y si no es ahora, cuándo. Para mirar, cada uno y cada partido, más allá de su interés inmediato, porque eso nos tiene hundidos. Por estar a la altura de Chile, que acaba de pronunciarse de manera inequívoca. Hemos escuchado, digamos, y queremos responder con una señal potente, y aprovechar aquello de bueno que nos ha dejado el proceso recién pasado. Reivindico una fuerza tan democrática como es la de la opinión pública para mantener vivo el impulso que las urnas acaban de dar al país.
Adriana Valdés