No hay forma de eludir lo obvio: después de cuatro años (si no más, si se agrega el proceso iniciado por Bachelet) en que el cambio de la Constitución de 1980 fue identificado como el objetivo ineludible a alcanzar para el logro de los más diversos bienes, en cuyo derredor se elaboraron narrativas globales, verdaderos sucedáneos de ideología en una época en que estas últimas casi no existen, y en que su reemplazo dio origen a la aparición de nuevas élites empeñadas en justificarlo (y que ahora celebran no un triunfo, sino apenas haber eludido una derrota que hubiera sido vergonzante), se ha alcanzado un resultado que Jaime Guzmán, si existiera algún sitio donde estuviera hospedado, estaría, después de todo, aplaudiendo.
Pero quizá no sea Guzmán.
Quien debiera aplaudir, y con razón, es Ricardo Lagos.
Aunque no, desde luego, porque él sea el autor de ninguna norma constitucional, o porque la Carta de 1980 sea la suya, que no lo es, sino porque la forma de concebir la política que él representa y que se creyó eclipsada es la que finalmente recupera todo su sentido, luego de que en la última década se intentó socavarla y derruirla, primero desde la izquierda y luego desde la derecha.
Así lo ponen de manifiesto estos resultados.
Las mayorías ciudadanas no se reconocieron ni en este proyecto, ni en el anterior. No les hizo sentido ni la fragmentación identitaria de la Convención, ni el discurso apegado a los idearios de la derecha iliberal que primaron en el Consejo cuya proposición acaba de ser derrotada. Los procesos culturales subyacentes a la sociedad chilena son portadores de unas expectativas muy distintas de las que se promovieron en el anterior proceso y en este. Tanto quienes impulsaron el anterior proceso como quienes dominaron el que ahora culmina fueron a contrapelo, no hay otra forma de interpretar estos resultados, de la cultura más o menos espontánea que se ha ido conformando en la sociedad chilena en las últimas décadas.
Así, la narrativa de la derecha republicana de que se está en medio de una guerra cultural cuyo resultado acabaría configurando la vida en común, de manera que lo decisivo no serían las instituciones concebidas como reglas del juego político, sino los valores o convicciones que a ellas subyacerían y de las que serían portadoras, de manera que de lo que se trataba era de introducir los valores y las convicciones más conservadoras (las que esa derecha atesora) para que traslucieran en las reglas, transpiraran con ellas e impregnaran poco a poco la vida social, es la que ha fracasado o se ha mostrado incapaz de alcanzar la mayoría.
Así, la derecha republicana ignoró, al igual que lo hicieron quienes impulsaron el anterior proyecto, que la política debe ser capaz de conferir reconocimiento a las grandes mayorías, es decir, ser capaz de recoger la sensibilidad vital, por llamarla así, de la ciudadanía. Y por eso, de seguir con este camino (esa convicción de estar en medio de una lucha cultural que la obliga a ir a contrapelo), los republicanos se convertirán en el lastre de la derecha, como el Frente Amplio arriesga serlo de la izquierda, un peso inerte que si no se arroja a distancia acaba arrastrando consigo a aquello a lo que se adhiere.
La política democrática no consiste en un esfuerzo por modificar la cultura de la gente (esa es tarea de la religión o del debate abierto), sino que es un esfuerzo por recoger su contenido normativo y expresarlo en la realidad. Es lo que sugiere Hegel en su “Filosofía del Derecho”: se trata de reconciliar a la sociedad con los procesos que le subyacen, mostrando lo que de valioso hay en ellos.
Y por eso este resultado —que ha de sumarse al anterior rechazo del proyecto de la Convención— es, en realidad, un triunfo de Lagos y no porque este último haya sido un constituyente o un redactor de reglas, sino porque, bien mirado, es quien, en las últimas décadas, con su compromiso con la democracia liberal, su ausencia de alergia al capitalismo, pero a la vez con el necesario gradualismo para reformarlo, con su voluntad firme e ilustrada, mostró un camino que, luego de idas y venidas, de cuatro años llenos de pirotecnia rutilante e inútil, excepto porque al constatar su rechazo permite hoy recordar lo fundamental, no debió nunca abandonarse.
Carlos Peña