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Editorial
Miércoles 22 de noviembre de 2023
Chile y Argentina, nueva oportunidad
La concurrencia del Presidente Boric a la transmisión del mando confirmaría su voluntad de estrechar lazos en beneficio de las oportunidades para ambos pueblos.
La elección del Presidente Javier Milei puede abrir una nueva y fructífera etapa en la cooperación entre Chile y Argentina. El Presidente Boric, correctamente, superando las diferencias ideológicas que lo separan del mandatario electo, junto con saludarlo, se ha comprometido a trabajar por la unidad de ambas naciones.
A la vez, los inversionistas nacionales se han mostrado optimistas del cambio de gobierno en el país vecino, según se refleja en el aumento en las cotizaciones bursátiles de empresas chilenas con negocios al otro lado de la cordillera de los Andes.
Durante años, el cúmulo de restricciones a la actividad productiva, una de las causas de la aguda crisis argentina, provocó de paso un proceso de desinversión y pérdidas en las empresas chilenas, un abismante desbalance en el intercambio comercial bilateral y un estancamiento, si no un retroceso, en la integración económica, no obstante la existencia de potenciales oportunidades de negocios, la complementariedad de ambas economías, la proximidad geográfica y los modernos acuerdos comerciales.
De lograrse la compleja estabilización y reconstrucción de la economía argentina con los planes liberalizadores del nuevo gobierno, también se recuperaría el interés en ese mercado para las exportaciones e inversiones nacionales, actualmente afectado por fijaciones discrecionales de precios, controles cambiarios, inflación descontrolada, proteccionismo, dificultades en el acceso al financiamiento y a las divisas para pagar las exportaciones, créditos y eventuales utilidades.
Las relaciones políticas con el gobierno de Alberto Fernández tampoco han sido tan constructivas como se esperaba. Sus intromisiones en nuestra política interna, manejo del orden público y la pandemia, y el impulso de pretensiones territoriales sobre la zona austral, afectando intereses soberanos nacionales, han sido motivos de desencuentro con el actual y anterior gobierno chileno. Otra vez queda en claro que afinidades ideológicas episódicas entre mandatarios pierden valor frente a formidables e históricas razones de Estado y alianza estratégica, logradas desde la independencia, que han forjado densos y sólidos vínculos entre ambos países y pueblos.
Inevitable es contrastar las dificultades experimentadas durante el saliente gobierno de Alberto Fernández con los avances alcanzados desde la suscripción del Tratado de Paz y Amistad de 1984, cuya aprobación legislativa se debe al Presidente Raúl Alfonsín; la prioridad otorgada por el Presidente Menem a las relaciones con Chile, que permitió solucionar una veintena de disputas limítrofes y desencadenó un comercio e inversiones chilenas sin precedentes en Argentina, y, finalmente, los logros bilaterales durante la gestión del Presidente Macri, que restableció la confianza en la integración energética, clave para nuestro desarrollo, cortada arbitraria y discrecionalmente durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, en perjuicio de cientos de miles de hogares y miles de industrias nacionales.
Los presidentes Boric y Milei tienen a su disposición una amplia agenda, planes y acuerdos de integración fronteriza, seguridad, defensa, infraestructura, energía y de cooperación medioambiental, cultural, educativa, científica y tecnológica.
Significativo gesto para impulsar la cooperación e integración vecinal sería que el Presidente Milei realizara sus primeras giras a los países vecinos, costumbre de los presidentes chilenos y argentinos desde el retorno a la democracia en ambos países, práctica suspendida por el Presidente Fernández. A la vez, la concurrencia del Presidente Boric a la transmisión del mando en Buenos Aires confirmaría su voluntad de estrechar lazos con Argentina en beneficio de las legítimas oportunidades de bienestar de ambos pueblos. Finalmente, surge la necesidad del pronto nombramiento de un embajador que reúna las elevadas condiciones acordes a la importancia del cargo, para de este modo poner término a la inconveniente acefalía y excesiva rotación de nuestra representación diplomática en Buenos Aires.