“Puede que tengamos clara la meta, pero igual podemos equivocar el camino”. Lo dijo Kafka y lo pensamos quienes hemos trabajado por largos años en educación.
No hay diferencias ideológicas a la hora de ponernos ciertas metas, todos queremos que haya una cobertura total y que se pueda garantizar una educación de calidad que favorezca optimizar el potencial de desarrollo para cada niño chileno. Todos queremos que las escuelas sean lugares dignos, seguros y que sean espacios que faciliten el aprendizaje, queremos niños sanos, creativos, curiosos, deportistas, artistas, espirituales y felices.
Si todos queremos lo mismo, cuesta entender que equivoquemos tantas veces el camino y no podamos detectarlo y enmendarlo oportunamente.
Hoy en Chile tenemos enormes retrasos en los aprendizajes, no hemos avanzado en alfabetización computacional, no hemos logrado progresar al manejo de un segundo idioma, tenemos menos profesores de los que se necesitan en algunas áreas, hay algunas escuelas que aportan poco o nada de valor agregado a sus estudiantes, bajísima asistencia, muchas licencias médicas de profesores, conflictos de violencia y droga al interior de salas de clases, brechas de género en ciencias y matemáticas y así suma y sigue.
Es importante detenerse a pensar las razones por las cuales tropezamos con las mismas o distintas piedras: ¿Serán intereses políticos? ¿Serán inflexibilidades estructurales? ¿Serán creencias? ¿Será que no se miden los resultados? ¿Será que hay mal criterio en el uso de los recursos? ¿Será que en educación los resultados son solo de largo plazo? ¿Será que la administración de educación requiere de más conocimientos o de una formación distinta?
Sin embargo, también tenemos buenos ejemplos de escuelas que aun trabajando en extrema vulnerabilidad están logrando formar jóvenes libres que pueden forjar su destino porque han recibido conocimientos, desarrollado habilidades y han adquirido valores que les permitirán ser un aporte a la sociedad, a sí mismos y a las familias que formen. Esos jóvenes y esos profesores han enfrentado dificultades, pero han buscado dar al aprendizaje y a la enseñanza un valor que permite cambiar trayectorias de vida y son un ejemplo que no se replica con la fuerza que debería.
Tenemos la oportunidad de aprender de las buenas experiencias y conocer, por ejemplo, ¿cómo lo logran esas escuelas con los mismos problemas y escasos recursos? ¿Dónde ponen los focos? ¿Cómo logran el aporte y compromiso de toda una comunidad en el proceso educativo? ¿Cómo motivan y capacitan a sus profesores? ¿Cómo usan sus datos para retroalimentar y corregir sus prácticas? ¿Cómo es su gestión?
Atacama duele, pero lamentablemente no es un caso único. Atacama puede ayudar a poner sobre la mesa las dificultades y trabas que llevan a que nuestro sistema esté teniendo los resultados comentados.
Cabe preguntarse si no se puede mirar este problema como una oportunidad para mejorar el diseño de la política pública, supervisar la implementación de manera más oportuna y profunda, dar apoyos y generar las alianzas que sean necesarias para evitar más retraso escolar. Importa demasiado que se haga verdadero el derecho a la educación de calidad, sea este provisto por educación pública o por particular subvencionada. Si tenemos un sistema robusto y transparente que pueda evaluar y corregir oportunamente tanto las políticas públicas como su impacto, estaríamos evitando poner en riesgo el futuro de nuestros niños.
Los niños y su educación no son un problema del Estado o del Gobierno, sino de toda la sociedad. Es evidente que, volviendo a Kafka, tenemos —o tuvimos— las metas claras, pero equivocamos el camino.
Luz María Budge
Presidenta Consejo Nacional de Educación (CNED)