A la luz de nuestra experiencia política más reciente, no es fácil suponer que las élites de Chile transversalmente concuerden con la idea de que la calidad de las instituciones (políticas y económicas) es vital para materializar progreso o retroceso material de las sociedades. No hay duda de que el mensaje ha sido entregado con éxito a múltiples profesionales nacionales en estudios de posgrado en las mejores universidades del orbe en los últimos 30 años, quienes han difundido esas ideas a sus estudiantes en Chile.
Además, hemos contado con entregas de primera mano de la voz de sus más connotados exponentes en múltiples visitas y en eventos masivos, incluyendo el Congreso Futuro, organizado por las mismas élites a quienes nos referimos. Sin embargo, parece que ellas no cuentan con una capacidad consistente para aplicar esos aprendizajes en los últimos tiempos.
La capacidad de incentivar equitativamente a las personas para desarrollar libremente sus proyectos de vida, y de usufructuar de sus esfuerzos, va a depender de las reglas que las afectan y que estas puedan adecuarse gradualmente en el tiempo. Las acciones individuales, que podrán dar mejores o peores usos a las capacidades y recursos económicos de las personas, resultan de esas reglas. Por lo tanto, el cambio institucional está intrínsecamente supeditado al proceso político y a su capacidad de acordar gradualmente reglas que sean sostenibles. Pues en Chile, podemos constatar demasiados desenlaces infructuosos que han devenido en una suerte de parálisis institucional, derivados de distintos procesos electorales. En ellos, la élite política no ha construido acuerdos transversales para elaborar políticas públicas de largo aliento, dejando los cambios en punto muerto, como se ha evidenciado en el caso previsional, y más recientemente, en normas constitucionales.
Quienes optimistamente consideran a la parálisis institucional como una suerte de statu quo y, por lo tanto, neutros en términos de bienestar, pasan por alto el nocivo efecto que las parálisis institucionales generan en aquellos que ven frustradas las aspiraciones de mejorar sus condiciones de vida y prospectos para sus familias, que los motivaron a concurrir a las urnas a expresar sus preferencias. Cuando la democracia conlleva parálisis institucional se infringe la premisa básica de los sistemas democráticos, la legitimidad del proceso: organizar pacífica y ordenadamente la materialización de las preferencias de las mayorías a través de la elaboración de políticas públicas que sean sostenibles.
El desenlace que se está definiendo en la segunda oportunidad de redacción constitucional permite avizorar con mayor claridad el texto que emanará del proceso. Del mismo modo, y especialmente después de repetidas votaciones definidas por mayorías no transversales, aparece con mayor nitidez un elemento recurrente que ha estado presente en parálisis institucionales criollas contemporáneas: ese porfiado espejismo que les aparece a quienes han obtenido mayorías circunstanciales en las urnas, de imaginarse imponiendo sus puntos de vista, de nicho o sectarios, al resto de la sociedad, por el solo hecho de haber obtenido una votación mayoritaria.
Los vencedores han hecho repetidamente caso omiso al hecho de que parte de su votación se originó en personas que no suelen ser sus adherentes, pero que dieron su voto para evitar un escenario que consideraron peor, y que en el caso de las elecciones presidenciales se genera forzosamente por el balotaje. Parte de quienes votan una opción no forma parte del sector ganador y no comparte sus visiones más particulares. Por lo tanto, mientras más de nicho y menos consensuadas sean las propuestas de reformas que promuevan dichos vencedores, más probable se hace que parte de sus adherentes circunstanciales lo haga “con elástico” y exprese su disconformidad con tales modelos de nichos en la próxima oportunidad.
En juegos de tablero a veces el azar ventila esa tarjeta que ordena volver a la partida o se pierde una jugada, y suele ser improbable que ocurra consecutivamente a todos los jugadores. Pero en Chile la tarjeta “vuelva a la partida” ha aparecido demasiado seguido, y no es ni el azar su causa. Es el síndrome del espejismo del ganador en política, que gatilla un voluntarismo pertinaz que los hace considerar innecesario tener que acomodar sus visiones con las del resto para consensuar visiones compartidas, y de pretender que sus votantes nunca son con “elástico”.
Bernardita Escobar Andrae
Profesora titular, Escuela de Administración Pública-FACEA Universidad de Valparaíso