Hemos sido espectadores de muchos comentarios a la respuesta que entregó el Presidente Boric a un periodista británico sobre el deseo de derrocar el capitalismo en Chile. A esa pregunta él respondió de manera articulada señalando dudas y refiriéndose a la necesidad de proponer eventuales concepciones alternativas para la sociedad. Su respuesta no fue en ningún caso una pachotada.
Pero, claro, resulta complejo para un Presidente en funciones, sobre todo en momentos en los que busca alentar inversiones económicas para su país, responder a una pregunta como esa conjugando al mismo tiempo sus antiguas convicciones, sus nuevas reflexiones y el sentido de la oportunidad para expresarlas.
Los comentarios han sido diversos, algunos críticos y otros, más bien desatinados. Quizás resulte más serio acercarse al tema del derrocamiento del capitalismo partiendo por su historia.
Sin duda, quien realizó la crítica más aguda del capitalismo del siglo XIX fue Carlos Marx, quien consideró que con su advenimiento surgía el último modo de producción basado en el antagonismo social, pues generaba la clase social que le pondría término: la clase obrera y con su victoria concluiría, por tanto, “la prehistoria de la sociedad humana”.
Bien dijo Goethe “toda teoría es gris y solo es verde el árbol de doradas frutas que es la vida”, es así como la historia se fue por otro lado y el capitalismo no concluyó, se modificó, se hizo más complejo y se adaptó. No hubo una revolución mundial proletaria que condujera a la victoria del comunismo.
Triunfó, eso sí, una revolución en 1917 en Rusia, donde se derrocó un capitalismo embrionario que daba sus primeros pasos en un océano preindustrial. Pero en las sociedades más desarrolladas el capitalismo se mantuvo.
El movimiento obrero se dividió entre el marxismo revolucionario que propugnaba la dictadura del proletariado y el reformismo social demócrata que pretendía regular y reformar el capitalismo preservando la democracia.
Esa contradicción atravesó todo el siglo XX y concluyó con el fin de los “socialismos reales”, salvo algunos de escasa significación.
Todos ellos tuvieron un desarrollo económico inferior a las sociedades de mercado y un nivel de vida más bajo.
El capitalismo, sin embargo, está lejos de ser un sistema perfecto y muchos son sus pecados, pese a su dinamismo económico, ha sido portador, muchas veces, de altos niveles de desigualdad social. Esto se acentúa cuando adopta la forma de capitalismo salvaje, oligárquico y desregulado, cuya versión más cercana, que algunos desinformados identifican con el capitalismo, es la que se conoce como neoliberalismo, que ha tenido una fuerte presencia en el último cuarto del siglo XX y en los comienzos del siglo XXI.
Pero esa no es su única forma. También se han desarrollado sociedades capitalistas de talante reformista, que han abrigado políticas que combinan dinamismo económico con regulaciones y políticas distributivas destinadas a aminorar las desigualdades y a inhibir la pobreza.
Su expresión más avanzada ha sido la del Estado de bienestar, sobre todo en el Occidente europeo con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, que a través de estilos diferentes comparte la ambición de establecer condiciones para lograr mayor igualdad de oportunidades, una cierta base igualitaria en los recorridos de vida y evitar que nadie cruce los mínimos civilizatorios marcados por la dignidad.
De otra parte, las democracias solo han existido en sociedades de mercado, aunque el capitalismo, como bien sabemos, puede convivir con dictaduras. Las experiencias revolucionarias del siglo XX y del siglo XXI han sido todas dictatoriales. Existen dictaduras comunistas cuya base económica es capitalista, incluyendo formas de capitalismo de Estado como China y Vietnam. Las hay también de dirección comunista con base económica colectivista, como Cuba y Corea del Norte. Otras que ya revolucionarias no tienen una dirección nacionalista e iliberal con base capitalista oligárquica, como Rusia, o de dirección populista y represiva casi sin base económica, como Venezuela y Nicaragua.
Lo que no existe es la combinación de un sistema político democrático con un sistema económico basado en una planificación centralizada y medios de producción colectivos. Son una imagen fantasmal, un oxímoron, un silencio atronador, un unicornio.
Hay quienes piensan que aunque esa experiencia no esté refrendada por la historia, podría ser posible en el futuro. Ello me deja meditabundo. Es claro que atravesamos por cambios enormes a nivel planetario, en algunos años el mundo será muy diferente; las neurociencias, la inteligencia artificial, la robótica, la adaptación a las nuevas condiciones climáticas transformarán nuestro modo de producir, de conocer y de vivir.
También es cierto que nada dura para siempre, ¿por qué lo haría el capitalismo, al menos como lo conocemos? Seguramente, la lógica de mercado se mezclará con otras lógicas de manera creciente y podría ser una lógica entre otras. No lo sabemos. En nuestro horizonte histórico, no creo que sea lo más importante, realista y urgente, enfrascarnos en cambios sistémicos dramáticos de resultado incierto. Parecería más sensato mejorar nuestra economía de mercado, adecuarla a los cambios en curso, hacerla portadora de un mayor bienestar.
Mal que mal, es la única que de verdad existe y ha sacado a millones de personas de la oscuridad de los tiempos. Se trata de combinarla de la mejor forma posible con una gestión democrática y avanzar gradual y serenamente hacia tiempos más venturosos. Pienso que es mejor enderezar que derrocar.
Ernesto Ottone