Hoy existe una amplia sensación de letargo y de aburrimiento y de bostezos acerca de la cuestión constitucional. ¿Cómo explicar que a la efervescencia de apenas ayer, cuando el tema constitucional era un resumen de esperanzas, la haya seguido la abulia de hoy? Como se recordará (aunque es probable que muchos entusiastas prefieran olvidarlo), apenas hace algunos meses la nueva Constitución era un remedio ineludible para la injusticia, un paso indispensable para la legitimidad, un peldaño imposible de saltar en la escalera de la paz social, el bosquejo de un mundo mejor, etcétera. Cualquier expresión de mesura era considerada una traición, una forma de conservadurismo, un servilismo neoliberal, cosas así.
Y, sin embargo, ese fervor, ese ardor, ese entusiasmo, ese ánimo encendido, parecen hoy día haberse apagado o languidecido (y no desmienten este diagnóstico las firmas y peticiones que son de coaliciones, grupos de interés organizados en torno a temas específicos). Y allí donde apenas ayer dominaba el entusiasmo a veces ideológico, a veces puramente ignorante, hoy la mesura parece haber invadido todos los intersticios del debate.
¿Por qué?
Una explicación posible es lo que los psicoanalistas llaman formación reactiva.
Una formación reactiva consiste en adoptar un comportamiento o una conducta opuesta o distinta a un deseo inconsciente que se percibe perturbador o disolvente. Así, cuando el sujeto actúa de manera opuesta al deseo que lo amenaza, está adoptando una conducta en realidad de defensa. El hijo o hija que odia a su padre puede desarrollar una conducta excesivamente cuidadosa, pulcra en atenderlo, alambicada en el trato con él, como una forma de defenderse contra el deseo inconsciente de dañarlo.
Mutatis mutandis (cambiando lo que hay que cambiar) podría conjeturarse que hoy en Chile se vive una formación reactiva.
El deseo de cambiarlo todo mediante un texto constitucional (llamar a ese anhelo fetichismo constitucional mereció alguna vez las peores acusaciones) sería percibido hoy como un anhelo disolvente, disgregador; un deseo que descompone. Y entonces se lo ha reprimido y se ha adoptado, como mecanismo de defensa, el comportamiento hoy predominante: mesura en la expresión, diálogo, disposición a abandonar el exceso. Y en el colmo de esa reacción, los grupos identitarios que dominaban el debate han sido sustituidos por los republicanos, que descreían del todo de él. Todo este escenario se parece al comportamiento de la hija que mediante arrumacos y cuidados obsesivos domina sus deseos inconscientes de matar a su padre.
¿Significa lo anterior que ese deseo de cambio constitucional radical, contra el que esta abulia es un mecanismo de defensa, volverá?
No, necesariamente.
Freud describía el alma humana como un campo de batalla entre deseos inconscientes y la conducta que intenta domeñarlos (Nietzsche, que tanto influyó en Freud, dice de sí mismo en una carta que “más que un hombre, soy un verdadero campo de batalla”). Y lo mismo habría que decir de la sociedad: en ella siempre coexistirá un impulso radical y, a la vez, un mecanismo de defensa que lo contiene y racionaliza. Un sujeto sano no es el que carece de anhelos inconscientes (como el de la hija que desea acabar con su padre), sino uno que logra contenerlos y racionalizarlos (y si es necesario, reconocerlos) sin que ello le impida o le perturbe mantener el control de sí mismo y emprender planes autónomos.
Lo mismo hay que decir de la sociedad. Una sociedad sana no es una que carezca de pulsiones, de deseos que pugnan por salir de acabarlo todo, de quemarlo todo —como una vez se dijo—, para empezar de nuevo, sino una que es capaz de contener esos anhelos, racionalizarlos y conducirlos mediante instituciones.
Y eso es más o menos lo que está ocurriendo hoy.
Lo que pasa es que la democracia en el fondo es abúlica y su salud se muestra en la manera en que alimenta bostezos colectivos que son, en una sociedad sana (en el entendido de que una sociedad sana no es una que carece de problemas, sino una que sabe enfrentarlos sin desesperar) los que permiten que, a cambio del fervor colectivo, las personas estén alertas respecto de sí mismas.
Carlos Peña