Los biógrafos de Salvador Allende destacarán siempre su pasión por la vida. Pero a la vez señalarán otro rasgo de su carácter que se fue acentuando en medio de las dificultades de su gobierno: su compromiso con la muerte.
Altamirano, que fue uno de sus amigos más cercanos, así lo describe: “yo creo que Allende vivió atrapado entre esas dos corrientes; lo erótico por un lado y el sentido trágico de su destino, que lo vinculaba estrechamente con la muerte” (Gabriel Salazar, “Conversaciones con Carlos Altamirano”, 2010, p. 353).
Allende no en los finales de su gobierno, sino desde bastante antes, pone su vida sobre la mesa. Almeyda, en sus memorias recuerda que dos meses antes del Golpe y al término de una reunión muy tensa donde están los jefes del Ejército, la Armada y la Aviación, Allende les dice a los militares, de un modo pausado y solemne, “sepan ustedes señores Generales y Almirantes, que no abandonaré este Palacio de los presidentes de Chile ante presiones o amenazas. Para que ustedes lo sepan, de La Moneda solo podrán sacarme muerto… Les hago esta advertencia para que lo tengan presente. Nada más” (Clodomiro Almeyda, “Reencuentro con mi vida”, 1987, p. 203).
Abundan los testimonios de declaraciones similares, que aunque fueron formuladas a poco de iniciado su gobierno, se hicieron más frecuentes en la medida que aumentaban los problemas y luego las evidencias del golpe que se veía venir.
Llegado el momento en que se produce el bombardeo de La Moneda, Allende muestra frialdad en sus decisiones, instruye, da órdenes, consuela, alienta y, contrariando una acusación infame, su autopsia muestra que en su sangre no hay un gramo de alcohol.
Procede con caballerosidad con sus edecanes y los carabineros de la Guardia, instándolos a que abandonen sus tareas y vayan hacia sus mandos que, sabe, respaldan el Golpe. Se despide de sus hijas —una de ellas, embarazada— a las que adora, de su amante, a la que obliga a salir del Palacio en llamas. Muestra un temple y una estatura que conmueven. Cuando ya todo está terminado, vuelve hacia un pasillo que conduce a su oficina y se suicida.
Además de reconocer la grandeza de su acto final, no es simple discutir el significado y las consecuencias de una decisión tan dramática y es más difícil hacerlo para quien fue un crítico de su forma de gobernar; aunque, en mi caso, nunca le hice un ataque personal. En todo lo que he escrito sobre el período —y que no ha sido poco— no hay una frase de ese carácter.
El juicio sobre esa decisión fue planteado a Allende, en su complejidad, por Carlos Altamirano: “Era evidente que Salvador había tomado la decisión de morir. Yo, un tanto imprudentemente, le había dicho a veces: ‘Pero Salvador, tu muerte es un problema personal. Pero qué pasa con la Unidad Popular, qué pasa con el proceso, qué pasa con el partido, qué pasa con el pueblo'… Nosotros discordábamos con Salvador, sobre todo, en un punto más personal: ¿era correcta su idea de resolver el impasse político a través del suicidio? Nosotros no estábamos en absoluto de acuerdo con él. Creíamos que era, más bien, una manera valiente y éticamente significativa de escapar del problema” (G. Salazar, op. cit., p. 261).
“Salvador —le dije muchas veces cuando hablaba de su muerte—, ese es un problema estrictamente tuyo, que lo resuelves tú mismo, pero ¿qué pasará entonces con ese tremendo proceso que hemos iniciado y que has dirigido tú; qué pasa con la Unidad Popular, qué pasa con las masas populares que nos apoyan” (G. Salazar, op. cit., p. 354).
La opinión de José Zalaquett es similar: “con todo respeto por su sacrificio, para mí su forma de morir es problemática, en el sentido que, por una parte, respeto esa decisión, y por otra, me da la impresión de que tiene un poquito de esto: ‘con permiso, tengo una cita con la eternidad, los dejo aquí, ustedes verán cómo se las arreglan'” (Patricio Hidalgo y Constanza Toro, “Idealista sin Ilusiones. Conversaciones con José Zalaquett”, 2017, p. 50).
El sacrificio del Presidente tuvo un impacto mundial. Su gesto conmocionó a partidarios y adversarios, a los más diversos países, e hizo que decenas de ciudades nominaran en su honor plazas y calles. Pero con los homenajes llegó otro proceso. El grueso de la izquierda junto con destacar su inmolación, lo que era muy justo, renunció a discutir las causas de la caída, lo que ha sido un error. Al agotar el asunto en la muerte del Presidente, la mayoría de las fuerzas políticas que habían contribuido con sus divisiones y yerros a hacer más difícil el manejo de su gobierno, encontraron la forma de evitar discutir sobre sus responsabilidades, sus errores políticos e ideológicos.
Genaro Arriagada