Las declaraciones de Patricio Fernández (encargado por el Gobierno para la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado) han causado una gran polémica.
Se ha visto en ellas una suerte de negacionismo. E incluso, sectores gubernamentales han reclamado su salida del Gobierno.
¿Qué fue lo que dijo Fernández que ha dado origen a tanto revuelo? Consultado en una conversación radial de si acaso habría algunos mínimos comunes al recordar esa fecha, Fernández dijo:
“… los historiadores y los politólogos podrán discutir por qué y cómo se llegó a eso, pero lo que podríamos intentar acordar es que sucesos posteriores a ese Golpe son inaceptables en cualquier pacto civilizatorio…”.
Esas declaraciones de Patricio Fernández lo que afirman es que es difícil alcanzar un acuerdo respecto de las causas del Golpe, y por eso invita a los historiadores y politólogos a discutirlo, aunque no se abriguen esperanzas de que esa discusión acabe; pero, al mismo tiempo, afirma que a la hora de juzgar las consecuencias de ese quiebre, parece imprescindible alcanzar un acuerdo de que ellas son, bajo cualquier punto de vista, inaceptables.
Esa distinción parece sensata y, bien mirada, es correcta.
Una cosa es juzgar las causas que conducen a un cierto resultado, y otra cosa distinta es condenar o encomiar moralmente a este último. Y como es obvio, no por el hecho de identificar una cierta causa de un hecho se está negando el resultado que produce o avalándolo, moral o políticamente hablando. Un ejemplo permite aclarar el problema. Si Pedro mata a María, ese hecho admite dos tipos de reflexiones. Una, cuál fue el motivo de ese asesinato; otra, si acaso ese motivo justifica la muerte de María. Suponga usted que identifica como causa probable el hecho de que María haya querido romper la relación que tenía con Pedro. Bien, usted identifica eso como causa y dice que la causa de que Pedro haya matado a María fue la decisión de esta última de romper con él. Y agrega, acto seguido: pero que alguien quiera abandonar una relación sentimental no es una razón para asesinarlo. En ese caso, usted explica el asesinato de María y al mismo tiempo lo reprocha. Es obvio que explicar las causas que conducen a un resultado es distinto a juzgar moralmente el resultado, de manera que identificar una causa es distinto a elaborar una justificación. Otra forma de decirlo es la siguiente: la razón por la que Pedro mató a María fue el abandono; pero —podría usted agregar— abandonar a alguien no es una razón para matarlo.
Eso es exactamente lo que Patricio Fernández dijo.
A la hora de identificar las causas del Golpe el debate está abierto, entregado al análisis y el debate histórico que es, y será, interminable (por eso la historia se escribe y reescribe muchas veces, de otra forma ella no existiría, se sacralizaría un texto de una vez y para siempre, y listo). Pero del hecho de que las causas del Golpe estén abiertas a la libre investigación histórica no se sigue que las violaciones a los derechos humanos que luego de él, o durante él, se cometieron sean moral o políticamente correctas o que el Golpe en sí mismo lo sea o que no admitan condena o que esta última deba esperar el juicio histórico, puesto que hay cosas que con prescindencia de sus causas son moralmente inaceptables.
En esto, tanto la izquierda como la derecha incurren en un obvio non sequitur.
Alguna derecha suele creer (o solió creerlo) que si el Golpe tiene causas, entonces es legítimo y no hay culpa alguna que perseguir en los hechos que le siguieron. La izquierda cree que si hubo hechos moralmente condenables (como las violaciones a los derechos humanos), entonces no vale la pena explicarse por qué.
Ambos puntos de vista se equivocan, puesto que el deber de la hora es reflexionar si el Golpe pudo evitarse (para lo cual es imprescindible investigar sus causas) y, al mismo tiempo, condenar el quiebre de la democracia y los crímenes que luego ocurrieron.
Carlos Peña