La Corte Suprema de EE.UU. acaba de decidir —por mayoría— que los programas de admisión a las universidades basados en la raza o etnia violan el principio de igual protección contenido en la decimocuarta enmienda.
A primera vista no cabe duda de que considerar la pertenencia a un colectivo, con prescindencia de la historia individual, a la hora de asignar un recurso escaso como un cupo en una universidad prestigiosa, viola la igualdad en un sentido formal. Pero si la pertenencia a una etnia minoritaria es un motivo de desdén social o de prejuicios ampliamente extendidos, entonces en vez de infringir la igualdad la hace posible en la medida que remueve un obstáculo que no depende del desempeño personal.
En una sociedad donde existan estereotipos que dañan la autoestima personal o que operan como marcadores socioculturales que guían la selección de estudiantes —impidiendo que el talento o la inteligencia refuljan—, la ceguera frente a esos factores en vez de favorecer la igualdad la dañan.
Pero hay todavía otra razón en favor de mecanismos de acción afirmativa. Se trata del valor de la diversidad.
Por factores que la literatura ha escrito largamente, la educación tiende casi con naturalidad a reproducir la herencia, sea social o cultural o económica. La historia de la educación —y para qué decir la historia de la educación chilena— muestra cuán difícil es que el sistema escolar corrija la herencia que viene de la cuna. Por supuesto siempre hay ejemplos que se apartan de ese rumbo; pero ello no cambia la distribución general o la tendencia. Y la pregunta que cabe formular no es solo si ese fenómeno lesiona la igualdad entre las personas, sino si acaso lesiona o daña a la universidad como institución.
En otras palabras, la diversidad ¿es un bien para las universidades o ella les es indiferente? Si la diversidad es un bien para la universidad, entonces esta última debiera contar con algún mecanismo que la garantice. Si en cambio no lo es, entonces es indiferente que lo posea o no.
Veamos.
Cuando las personas poseen trayectorias vitales similares, porque comparten el lugar de la ciudad que habitan, las formas de recreo o incluso las prácticas de comensalidad, o una misma tradición de clase, pueden entenderse prácticamente en silencio. No necesitan, para decirlo de otra forma, tomar distancia de su posición social o alejarse reflexivamente de su trayectoria vital. En una palabra, no se ven puestas en la necesidad de agudizar el diálogo o la racionalidad para entenderse. Esto no significa, por supuesto, que no ejerciten la razón, solo que no tienen necesidad de volver con ella sobre sí mismos, sobre el lugar que les ha tocado en suerte, el que, por el hecho de ser compartido en un espacio social homogéneo, aparece como natural.
En cambio cuando las personas poseen trayectorias vitales distintas, habitan lugares diversos, poseen creencias diversificadas o diferentes tradiciones de clase, y se encuentran en un espacio común, se ven desafiadas a reflexionar inevitablemente sobre el lugar que poseen y la peripecia que los ha constituido. Entre ellos el silencio no habla ni dice nada. Se ven puestos en la necesidad de ejercitar su racionalidad, que es la única forma de trascender la propia posición para lograr encontrarse con otros con los que no se comparte ni memoria ni costumbres —ninguno de esos automatismos que comparecen en la cultura humana— salvo la racionalidad.
Lo anterior es lo que explica que esmerarse por hacer más diversas las poblaciones estudiantiles —es decir, porque la universidad sea capaz de reunir a quienes tienen distintas trayectorias vitales y de clase, de manera de eludir la uniformidad sea para arriba o para abajo— es relevante no solo por razones de igualdad, sino por la índole de la propia universidad que, desde sus mismos orígenes, se ha propuesto cultivar la racionalidad hasta el mismo límite de sus posibilidades.
Esa es la razón, en otras palabras, de por qué las universidades no deben simplemente reproducir la herencia, y menos alegrarse o enorgullecerse cuando hacen eso, y de por qué si ello ocurre espontáneamente necesita ser corregido mediante programas especiales como los de acción afirmativa.
Carlos Peña
Rector UDP