De todos los fenómenos sociales, la educación es quizá el que mejor refleja los cambios que la sociedad experimenta. Ello proviene de la índole que posee. Por una parte, la educación es un mecanismo a cuyo través una cierta conciencia colectiva pasa de una generación a otra; por otro lado, es formadora de las élites, al menos en los niveles superiores. El primer rasgo hace de la educación un aspecto clave de la identidad social; el segundo, un lugar donde quienes se situarán por arriba en la escala invisible del prestigio y del poder aprenden a desempeñar su papel.
Así, cuando la educación experimenta cambios, ello se refleja tanto en la conciencia de sí misma que la sociedad transmite, como en el tipo de élites, de minorías intelectuales o profesionales que va formando.
Ambas dimensiones hacen de la educación un verdadero campo de batalla cultural.
Hace cincuenta años, como se muestra en estas páginas, la sociedad chilena estaba en proceso de tránsito. Y ello se reflejaba muy intensamente en cada uno de esos niveles.
Desde luego, el papel transmisor de la cultura que se efectúa mediante el sistema escolar está en esos años muy presente y la conciencia de que la sociedad se estructura en clases está muy viva. Y ello explica en parte muy importante la ENU (la Escuela Nacional Unificada). Proveer a todos los niños y niñas de una misma experiencia cognitiva y social contribuiría, se pensó entonces, no solo a fortalecer una misma conciencia colectiva, sino también a sentar las bases de la igualdad. Evitar que el sistema escolar transmitiera la posición de clase y que la cuna no marcara a fuego el destino personal fue el objetivo explícito, y valioso, de esa iniciativa.
Esa mayor conciencia acerca de la centralidad de la educación, se manifestó, también, en la educación superior. Esta había experimentado una muy rápida expansión. Mientras en 1940 solo un 1,7% del grupo entre 20 y 24 años estaba incorporado a una institución universitaria, y el año 1960 un 4%, en 1973 esa cifra se empinaba a 16%. Para esta fecha casi la mitad del gasto público en educación iba a las universidades. Esta expansión estuvo acompañada de una creciente conciencia por parte de quienes iban a la universidad de su situación privilegiada. La expansión de la matrícula contribuyó a acrecentar, entre quienes accedían, la conciencia de que la mayoría estaba excluida.
Hace cincuenta años hubo pues un profundo cambio cultural.
Se tomó conciencia de que el aparato escolar, el sistema escolar, era clave en la reproducción de la estructura de clases y que si se quería acabar con ella, o moderar su impacto en la trayectoria vital de las personas, era imprescindible igualar la experiencia educativa. Es cierto que una de las inspiraciones ideológicas del proyecto (la idea de aparatos ideológicos del Estado, de Althusser) influyó en ese proyecto que, sin embargo, tenía un propósito valioso que a cincuenta años sigue poseyendo sentido. Los estudiantes universitarios, por su parte, tenían una conciencia agudizada acerca de la situación de privilegio que poseían en una sociedad que (no obstante la expansión que el sistema había experimentado hacia 1973) seguía excluyendo a las grandes mayorías.
La pregunta que, luego de cincuenta años cabe plantear, es la siguiente: ¿qué cambios se han experimentado?
Si dejamos de lado la expansión del sistema escolar y la elevación de la escolaridad a doce años (un objetivo alcanzado recién en el gobierno de Ricardo Lagos) no cabe duda de que el problema planteado por la ENU (el problema, cabe subrayar) sigue estando plenamente presente y hasta ahora sin solución: ¿cómo evitar que el sistema escolar reproduzca con fidelidad el origen de clase? Una de las ironías de esta última década es que nunca se habían hecho mayores esfuerzos discursivos por evitar que la educación reprodujera la cuna; pero nunca ello se había acrecentado más que en el último tiempo, con el agravante de que el acceso masivo a la educación superior oculta o disfraza la profunda estratificación escolar que sigue existiendo.
En el caso de la educación superior, son dos etapas generales las que quizá habría que distinguir. Una de ellas, que alcanza los largos años de la dictadura, es la época que Jorge Millas llamó de la universidad vigilada. Entonces la comedia (un rector militar lanzándose en paracaídas en un campus universitario), la tragedia (profesores desaparecidos en las narices de la autoridad universitaria) y la impostura (profesores mediocres que a falta de debate se erigieron en intelectuales) poblaron la universidad. La otra comienza a aparecer luego de recuperada la democracia y el debate; pero entonces poco a poco, la conciencia agudizada de los universitarios acerca de la exclusión de las mayorías, se transformó en una conciencia agudizada de sus propias reivindicaciones.
Como se ve, uno de los problemas está suspendido en el tiempo puesto que sigue pendiente lograr que el sistema escolar no reproduzca la cuna; el otro ha desaparecido puesto que el proceso de individuación que ha experimentado la sociedad chilena ha sustituido en los jóvenes la conciencia del privilegio, por la conciencia de sus propias incomodidades.
Carlos Peña