Resulta contraintuitivo definir el período de la historia de Chile que se inicia en octubre de 2019, y en el que todavía permanecemos, con la palabra “conservador”. Parece extravagante describir con esta palabra un país cuyos discursos políticos han derrochado imaginación, donde cualquier plan se ha considerado posible.
Sobre todo en el debate del proyecto constitucional que rechazó el plebiscito de septiembre de 2022, las ocurrencias fueron generosísimas. Se debatió si Chile podía ser el país de los derechos de los animales; de las plantas; de la naturaleza; el ataúd del neoliberalismo; la patria de una nueva ciudadanía no consumista; un Estado plurinacional en que el mapugundún y el castellano poseían estatus equivalentes. Se pensó hasta en un Chile sin bandera de Chile ni república.
Chile tampoco es conservador porque el electorado haya rechazado esta falta de sentido común, esta naturalidad con la que se ha querido escribir la Constitución como un poema exaltado. Cada vez que se le ha llamado a las urnas, el electorado ha sido bastante generoso con los partidarios de la opción más utópica y radical y se ha comportado de modo tacaño con quienes no querían ofrecer proyectos en sí mismos incumplibles.
De hecho, la mayoría de actores políticos relevantes, los mismos intelectuales destinados a dar una imagen más clara de la sociedad, la prensa internacional —siempre predispuesta a ver en cualquier país latinoamericano la reserva mundial del espíritu revolucionario— han juzgado que este Chile que se despertaba cada día desde octubre de 2019 era un país revolucionario.
Para considerarlo conservador, es necesario adoptar una perspectiva un poco incómoda y relativizar las opiniones de los actores sobre sí mismos. Su conservadurismo está en los resultados, no en los proyectos ni en las intenciones.
Chile no es conservador porque un partido tradicional haya sido capaz de convencer a la sociedad de que debía permanecer quieta, de salvaguardar unas leyes benignas que habrían de domesticar el futuro.
Nuestro conservadurismo es el peor posible, si se entiende a la política como la concreción de unas intenciones racionales. Nuestra estabilidad nada tiene que ver con el designio portaliano. Nace de una coyuntura más perversa. Se debe a la inercia, al vaivén constante entre este y aquel proyecto, en el que la incapacidad del proyecto de sobrevivir a un ciclo electoral lo hace irrelevante. Porque si Chile es un péndulo —como a todos los analistas les ha encantado repetir—, es un péndulo que se anula a sí mismo y a la posibilidad de cambio en aquellas cosas que merezcan —y sin duda, necesitan— ser cambiadas.
Si en Chile —y se puede extender a toda Latinoamérica— no hay cambios, no se debe a la falta de discursos exaltados, sino a su superávit.
Chile es conservador por inercia revolucionaria y, si esta palabra es excesiva, por fiebre discursiva.
Para transformar una sociedad se necesita una dosis de estabilidad, de convicción que se extiende por el tiempo. Esta misma dinámica inflamable, que se hace la revolución y se anula a sí misma, esta ciclotimia, no genera ninguna transformación. Por el contrario, produce un estado de quietud, donde el statu quo alcanza una estabilidad que ningún partido conservador habría conseguido darle jamás.
Para convencer de que la consideración de este período de la historia de Chile como inercialmente conservador no es exagerada podemos contraponer, a las miríadas de proyectos políticos propuestos desde octubre de 2019, los cambios reales y conscientes que se han producido en las instituciones o en la estructura del Estado desde entonces. Seguimos pagando los mismos impuestos y subsiste el mismo tipo de Estado, al que nadie ha sido capaz de introducirle ni un mínimo retoque.
Solo ha sido ruido retórico, nada ha cambiado en realidad desde octubre de 2019, salvo el deterioro urbano. La posible quiebra de las isapres es a este respecto muy revelador: su colapso no depende de las infinitas reflexiones constitucionales.
Por último, las posibilidades de que salgamos de este peculiar período fácticamente conservador y retóricamente inflamable son escasas. Hasta el plebiscito de diciembre, las consideraciones históricas del profesor Silva se irán haciendo más numerosas: ¿por qué le vamos a negar a él su cuota de romanticismo y exageración? Progresivamente sus reflexiones ayudarán a que el estado de ánimo electoral del país se prolongue y, a fines de año, volvamos a rechazar el nuevo proyecto a la espera de que volvamos a despertarnos en este eterno día de la marmota constitucional.
Miguel Saralegui
Profesor del Instituto de Historia de la USS