El arribo de gobiernos progresistas en los países con las economías más importantes de la región ha avivado la tesis de que estaríamos ante una nueva “marea rosa”, parecida a la de inicios de la década de 2000.
En realidad, la evidencia apunta a un cuadro diferente. En las 16 últimas elecciones presidenciales en la región —exceptuando la fraudulenta de Nicaragua— han triunfado las oposiciones a los gobiernos incumbentes. Es decir, ha ganado el inconformismo de una ciudadanía aquejada de problemas económicos y sociales, sin soluciones oportunas. El hartazgo mayoritario, y no la simpatía ideológica, parece ser el signo que recorre la región.
Por lo demás, los gobiernos de izquierda no tienen políticas coincidentes, como quedó evidenciado en la crisis del Perú, donde la destitución del expresidente Pedro Castillo por el Congreso, después de su intento de autogolpe, fue criticada en un comunicado de los presidentes de México, Colombia, Argentina y Bolivia, pero no compartido —acertadamente— por el Presidente de Chile y por Luiz Inácio Lula da Silva, entonces Presidente electo de Brasil.
Con el predominio de nuevos gobiernos progresistas, se plantea la oportunidad de retomar la integración regional con nuevos bríos. Pero las cifras de comercio regional demuestran que, bajo gobiernos de distinto signo, hemos retrocedido en integración económica, pese a los discursos bien intencionados, mientras la economía mundial muestra signos recesivos.
El escenario global, marcado por la invasión rusa de Ucrania que enfrenta a EE.UU. y la Unión Europea con Rusia, y por el enfrentamiento estructural entre EE.UU. y China, impone presiones a los países latinoamericanos.
Este contexto plantea opciones complejas para los países de la región y, específicamente, para Chile.
El camino más recomendable es una “autonomía inteligente”. No se trata de asumir una neutralidad frente a esas tensiones pues, en ciertos casos, Chile puede estar de acuerdo con EE.UU. en la promoción de la democracia y los DD.HH. frente al autoritarismo, o, en otros, con China en el rechazo a las intervenciones unilaterales en violación del derecho internacional, como la invasión estadounidense de Irak, o a las guerras comerciales. Chile debe orientarse por sus principios fundamentales y velar por sus propios intereses.
La geografía y la historia cuentan. La vecindad nos obliga a renovar esfuerzos por impulsar la cooperación en asuntos que no se pueden resolver aisladamente, desde la migración irregular hasta el crimen organizado transnacional. Después de la asonada golpista del bolsonarismo contra los tres poderes del Estado en Brasilia, a escasos días del inicio del nuevo gobierno de Lula, la cooperación regional para afinar, fortalecer y hacer uso de la Carta Democrática Interamericana sería una iniciativa concreta y útil.
Abunda la retórica integracionista con un déficit de resultados; la integración latinoamericana no es una hoja en blanco, sino que está repleta de fracasos tan grandes como sus anhelos. Un “regionalismo con realismo” es lo que debiera imponerse: integración caso a caso, con metas precisas y resultados.
Cada país, al final, prioriza sus intereses, si no se actúa conjuntamente. Uruguay negocia preliminares con China, y postuló a ingresar al Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), siendo acusado por sus socios del Mercosur de violar los estatutos del bloque que prohíben cerrar acuerdos extrazona sin el consentimiento del resto. El problema es que han transcurrido más de 30 años sin que el Mercosur haya concretado siquiera un acuerdo económico de relevancia con alguna potencia económica, y el arancel promedio del bloque sigue siendo el doble del promedio internacional.
Hay países que no tienen mayor disposición hacia lo que sucede en el vecindario o, sencillamente, sus intereses principales están fuera de la región. Para México, pese a su discurso latinoamericanista, su interés y empeño fundamental es EE.UU. Para Brasil, sus intereses clave trascienden América del Sur y son de carácter global. La autonomía inteligente implica, por tanto, no quedarse solo en el anhelo de la integración regional, y también cultivar, en el caso de Chile, lazos de integración con países like minded como Nueva Zelandia, Australia, Canadá, y las democracias europeas.
Una autonomía inteligente es clave para actuar hacia la región y las tensiones globales. Un regionalismo con realismo, alejado de los extremos, ya sea del “soberanismo” o de la quimera integracionista que, a menudo, disimula intereses ideológicos o nacionales, sería el camino más productivo. La integración no debe ser un todo inmediato e integral, sino que amerita, como hemos argumentado desde hace años, un esquema flexible de geometría variable y velocidades diferenciadas, con puentes sobre las diferencias ideológicas o geopolíticas. Realismo y voluntad política es la combinación compleja para avanzar hacia una región más integrada y con perfil propio.
Heraldo Muñoz
Fue canciller de Chile entre 2014 y 2018.