Si bien el funeral de Benedicto XVI estaba programado para las 9:30, ya a las 07:00 todos los puntos de control para ingresar a la Plaza San Pedro —en una helada mañana romana que lloraba bruma— se encontraban congestionados. La vigilancia era hoy más estricta, asimismo. Se obsequiaba a todos un número especial de L'Osservatore Romano dedicado a Benedicto XVI.
La primera separación de espacios con vallas, reservada para los sacerdotes dispuestos a concelebrar, era la más cercana al altar. También había premura en ellos por entrar a tiempo y quedar cerca del lugar central de la liturgia. Consuena ello con las palabras que pronunciará luego el Papa.
En lo alto, a la derecha de la salida basilical, muy temprano también toman lugar, con sus paramentos rojos, los concelebrantes obispos, dejando las primeras filas desocupadas para los cardenales que precederían el cortejo. Al otro lado, frente a estos, las autoridades civiles, entre las que destacan dos mujeres, la reina Sofía de España, muy cercana al Papa emérito de las veces que como Pontífice fue a ese país , y la Primera Ministra Giorgia Meloni, con el Presidente Sergio Mattarella, siempre presentes o cercanos en los días previos del velatorio en San Pedro.
Poco antes de la hora prefijada para comenzar, se produce en los miles de asistentes en la plaza un instante de fuerte emoción: portado por 10 guardias en tenida de solemnidad ingresa el ataúd con el cuerpo de Benedicto XVI para ser depositado ante el altar. Un cajón de gran sobriedad, mas de madera bien pulida, donde destacan los ensambles de un trabajo cuidadoso. En la cubierta del mismo, el escudo de este sucesor de Pedro. Siguen el cortejo los cardenales y lo cierra el Papa Francisco. El coro canta la conocida y conmovedora antífona gregoriana que reza “in Paradisum deducant te angeli”, la que los presentes que llenan la plaza siguen con buena entonación.
Central y significativo —relacionado, decíamos, con la premura de los sacerdotes concelebrantes por clavarse al pie del altar— es el contenido de “sacrificio escatológico” que imprime a las palabras de su homilía el Papa Francisco. Se ha proclamado un pasaje de la Pasión según San Lucas, allí donde el buen ladrón recrimina al malo reconociendo cuán justo es ser castigado por sus fechorías, mientras que “él, en cambio, no ha hecho nada de malo”. El hilo de la argumentación en Francisco es, partiendo de la frase última de Cristo al expirar —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”— y uniéndolas con el “tomen y coman” de la Última Cena, la donación incondicional a que es llamado quien sigue su servicio. Como tantos discípulos a lo largo de siglos, desde las mujeres del Evangelio en el sepulcro, “queremos hacerlo con la misma unción, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años”. Y concluye, retomando con Lucas, donde comenzó: “Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”.
Una gran salva de aplausos despide el féretro que al término de la ceremonia retorna a la basílica, donde desciende a la cripta para ser inhumado en la tumba en la se enterró a su gran amigo y mentor, San Juan Pablo II.
El pueblo presente comienza por fin su dispersión por las calles de Roma. Hay estos días gran cantidad de alemanes de todos los tipos y regiones. Muchos bávaros con sus vestimentas del Tirol, de rasgos campesinos inconfundibles. Las manos dedicadas a labrar la tierra de estos hombres no impiden que tengan el espíritu abierto a la cultura y al pensamiento. En combinación con algún pedido de pronta canonización (Santo súbito), leemos un cartel con un trozo del discurso de Benedicto XVI en 2011 al Bundestag: “También el hombre tiene una naturaleza que debe respetar y no manipular”.
Jaime Antúnez Aldunate es presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales y fue fundador de Humanitas - Revista de Antropología y Cultura Cristianas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Jaime Antúnez Aldunate