Se está próximo a cumplir una década del asesinato del matrimonio Luchsinger MacKay tras la balacera y el incendio premeditado a su casa en Vilcún. Si bien la justicia chilena desestimó que se tratase de un delito terrorista, el modus operandi de la violencia en La Araucanía persiste y se expande en proporción territorial. La Coordinadora Arauco Malleco ha confirmado que su organización usa grupos armados con tal de levantar su resistencia y acometer su lucha. Para ellos, el fin de reivindicar una supuesta liberación nacional justificaría el actuar en contra del “capitalismo y el colonialismo”. En respuesta, ocho de cada diez chilenos ahora creen que en el sur hay terrorismo. Cabe preguntarse cómo, en uno de los países más seguros de la región, según el bajo número de homicidios per cápita, se ha llegado a este nivel de terror y también qué lecciones se han aprendido.
Primero, ¿qué se sabe sobre la intención terrorista? ¿Qué propósito tiene amedrentar y atentar contra la vida humana y valores materiales en La Araucanía? Cuando Osama bin Laden llevó a cabo los atentados de septiembre de 2001 se dijo que su intención era castigar a Occidente, expulsar por efecto a las fuerzas militares norteamericanas del Medio Oriente, y demostrar que Estados Unidos no era invencible. El propósito mayor del terrorismo criollo es en parte similar al de la difunta Al Qaeda en cuanto a una reclamación ancestral de “justicia”, la expulsión territorial del Estado, y proponer un golpe artero a la autoridad. Sin embargo, ya hay luces de que su propósito es una utopía. La CAM por sí sola nunca podría operativamente expulsar al Estado presente ni tampoco a sus pobladores. Es más, una gran mayoría de chilenos de a pie se les opone y dentro de los pueblos originarios, el terrorismo representa a una fracción minoritaria. Si los chilenos llegaran a sentirse agobiados por el terror, serían ellos mismos los que demandarían al poder estatal cesar sus responsabilidades y someterse al petitorio de los violentistas. Al contrario, el público quiere mayor presencia del Estado y de sus fuerzas armadas. Pero al igual que las experiencias de Bush y Obama, los gobiernos se entrampan en cómo identificar, responder y opacar el propósito terrorista.
Segundo, ¿qué se sabe de las organizaciones terroristas? Cuando las mayores agencias de inteligencia del mundo perseguían a Al Qaeda, los analistas buscaban estructuras fluidas y menos organizadas que según muchos formaban una constelación delictual. Hoy sería un error creer que el llamado terrorismo nacional es parte de esa teoría. La CAM ha hecho saber cómo sus grupos operativos, los llamados órganos de resistencia territorial, requieren de una avanzada organización, jerarquía, y otras particiones entre ellas, dedicadas a la inteligencia, comunicaciones públicas, asuntos legales, movilización de jóvenes y entrenamiento de nuevos miembros. Hay evidencia de asignación de responsabilidades entre jefes, soldados, grupos de ofensiva y retaguardia. Si bien la CAM no es un regimiento, sí es una organización local con conexiones, lealtades e influencias. La presencia del crimen organizado y de distintas mafias delictuales supondría que las organizaciones terroristas nacionales, al igual que ocurrió con Al Qaeda y después con el Estado Islámico, podrían confluir en un modelo corporativo que se asimile al de una empresa. En Chile, mucho daño han causado ya los ataques incendiarios con muy poco dinero. Solo queda imaginar cuánto lograrían con un presupuesto mayor.
Tercero, ¿cuál es el fin ulterior de los ataques terroristas? Bin Laden culminó una seguidilla de ataques alrededor del mundo con el secuestro de aviones comerciales que se estrellarían en zonas habitadas. Se cree que una operación de esa magnitud no solo fue planificada con años de anticipación, sino que además bajo el más estricto silencio, incluso dentro de su propia organización. Cada atentado previo sirvió para testear maniobras y acopiar información e identificar puntos ciegos en la seguridad de posibles blancos. Al final, el 11-S resultó ser no solo un ataque para destruir, sino un llamado a movilizar a las masas detrás de una causa. Afortunadamente, y a la falta de una base constituyente mayor, el terrorismo nacional solo monta una ola de violencia injustificada. Sin embargo, las propiedades incendiadas en La Araucanía y las balaceras equivalen a la versión local de la destrucción que precede al más siniestro evento, uno que buscaría la atención total de la población mucho más allá de La Araucanía.
Carlos Solar
Doctor en Ciencia Política. Investigador Senior del Royal United Services Institute (RUSI) en Londres.