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Editorial
Lunes 14 de noviembre de 2022
Quiebre en tendencia inflacionaria
No puede descartarse que las buenas noticias de inflación estén reflejando malas noticias en la actividad.
El dato de inflación de octubre —de 0,5% y menor a las expectativas— ha sido interpretado con natural optimismo por autoridades y mercados. Mientras el ministro de Hacienda celebró la cifra, diciendo que se veía luz al final del túnel, los mercados financieros corrigieron a la baja las perspectivas de inflación para 2023 y las proyecciones de tasas de interés. Así —y junto al dato de menor inflación en Estados Unidos, también conocido esta semana—, ha surgido la esperanza de que la pesadilla de aumentos sistemáticos en los precios vaya camino a su fin. La encuesta del Banco Central muestra que la inflación esperada a diciembre de 2023 volvió a 5,1% —su mismo nivel que en julio—, después de haber escalado hasta 5,5% en septiembre, y la inflación esperada a dos años bajó a 3,5%.
El escenario base del último Informe de Política Monetaria del Banco Central anticipaba que la inflación alcanzaría su máximo en el tercer trimestre de este año, y todo indica que esas predicciones se están cumpliendo. De este modo, aunque es entendible el alivio generado por las últimas noticias, en lo grueso estas confirman el escenario esperado, y tienden más bien a descartar por ahora mayores presiones inflacionarias. Por ello, estas cifras no deben sobreinterpretarse. De aquí en adelante, la velocidad de caída en la inflación anual sigue siendo una interrogante. Los mercados parecen optimistas respecto de una baja rápida, pero la inercia inflacionaria y la presión cambiaria —más allá de la última oleada apreciativa en el peso— podrían ralentizar el proceso.
Por otro lado, no puede descartarse que las buenas noticias de inflación estén simplemente reflejando malas noticias en la actividad. Aunque los Imacec conocidos hasta ahora no han sorprendido por ser especialmente bajos, las proyecciones para 2023 siguen ajustándose, y la encuesta del Banco Central anticipa que el crecimiento el próximo año será de -1,4%, dando cuenta de una recesión más profunda que en la crisis financiera global y en la crisis asiática. No es, pues, descartable que la economía esté entrando en una intensa recesión. Esta es, sin duda, una de las grandes preguntas hoy abiertas. La caída de la inflación viene de la mano con un enfriamiento en la demanda agregada, luego de un 2021 de excesivo gasto, pero la profundidad del ajuste necesario es incierta.
La tarea del Banco Central en este escenario es delicada, toda vez que las presiones para que revierta su política monetaria comenzarán a acumularse en los próximos meses. De anticiparse un escenario muy negativo para 2023, el Banco Central tendría espacio para iniciar un proceso de baja de tasas en la medida que las expectativas de inflación estén sólidamente ancladas y los riesgos de una fuerte depreciación cambiaria, controlados. De otra manera, deberá ser cauteloso en su comunicación de política monetaria y evitar anticipar un ciclo expansivo sin que la convergencia de la inflación a 3% esté asegurada.