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Editorial
Lunes 17 de octubre de 2022
Fin del ciclo monetario
La comunicación del Banco Central deberá ser especialmente clara en este período para evitar una excesiva volatilidad.
En su última reunión de política monetaria, el Consejo del Banco Central decidió aumentar su tasa de interés a 11,25%, el nivel más alto en más de dos décadas, para hacer frente a la escalada inflacionaria. Esta decisión se da en un contexto de fuerte incertidumbre global, y en medio de presiones para que los principales bancos centrales del mundo aumenten también sus tasas.
Aunque la decisión del instituto emisor no fue del todo sorpresiva, sí es llamativa la declaración de que “la TPM ha llegado al nivel máximo del ciclo iniciado en julio de 2021”. Esta frase no debe interpretarse de manera incondicional, pero da cuenta de una visión por parte del Consejo en cuanto a que no serán necesarias nuevas alzas, salvo que las condiciones varíen de manera dramática. Posiblemente, solo una presión cambiaria aguda, proveniente de una mayor restricción monetaria internacional o de eventos de riesgo, podría modificar la estrategia del Central. Por ahora, el mercado parece validarla y la discusión se comienza a enfocar en cuándo y a qué velocidad podría iniciarse el ciclo de relajamiento monetario.
El comunicado del Consejo anticipa que la tasa se quedará en su nivel actual “por el tiempo necesario para asegurar la convergencia de la inflación a la meta en el horizonte de política de dos años”. En este sentido, no se anticipa una baja inminente, lo que resulta del todo razonable, considerando que la presión inflacionaria continúa a nivel global y los movimientos de tasas siguen siendo al alza, especialmente en Estados Unidos. Aun así, las expectativas de inflación doméstica han retrocedido al mismo tiempo que se anticipa que las tasas de interés seguirán altas, lo que ha incrementado las tasas reales de corto plazo. Así, la economía está comenzando a sentir los efectos de la restricción monetaria.
Tasas reales muy altas, como las que se han observado en las últimas semanas, podrían ser difíciles de soportar si la economía entra en franca desaceleración, o si se produce una abrupta caída en la inflación por menores precios de materias primas. Aun así, no será fácil para el Banco Central iniciar una baja mientras no esté asegurada la caída de la inflación y, también, mientras la amenaza de una fuerte depreciación cambiaria no desaparezca. De bajar fuertemente la inflación, el organismo emisor podría acelerar la reducción de tasas, pero es difícil que esas condiciones se observen en el corto plazo. Alternativamente, sorpresas al alza en la inflación podrían fortalecer la visión de mercado de que las tasas continuarán altas por un largo tiempo.
La comunicación del Banco Central deberá ser especialmente clara en este período para evitar una excesiva volatilidad en los mercados financieros. Los riesgos cambiarios y la inevitable presión política podrían introducir ruidos en el manejo monetario, y el Banco deberá calibrar su acción para lograr la convergencia de la inflación evitando un sobreajuste económico.