Hoy —17 de octubre— se conmemora el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. En la agenda 2030 de las Naciones Unidas, que ha establecido los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la erradicación de la pobreza es el primer objetivo, aun cuando deba considerarse en estrecha relación con los otros 16. La pandemia y sus consecuencias, que no hemos terminado aún de cuantificar en todas sus dimensiones, han aletargado la consecución de estos objetivos, con impacto grave en cientos de miles de personas en todo el mundo. La pobreza sigue siendo la más grave violación de los derechos humanos de las personas y familias que la sufren.
En nuestro país la focalización en las políticas públicas junto al crecimiento sostenido por varias décadas nos hizo avanzar a grandes pasos, tanto en términos absolutos como considerando lo que ha ocurrido en otros países del vecindario. Sin embargo, la desaceleración del crecimiento y la complejidad introducida al considerar ya no solo la pobreza por ingresos, sino las múltiples dimensiones que la conforman, han hecho que no baste con pensar solo en crecer y focalizar ayudas para avanzar más rápido. Se requieren también transformaciones institucionales y modelos integrados de servicios que pongan a las personas y comunidades al centro.
¿Cuáles son los nuevos rostros de la pobreza en nuestro país?
La pobreza tiene rostro de personas mayores o con discapacidad en sus casas, con crecientes niveles de dependencia, mucha soledad y abandono por parte de sus familias, pensiones bajas, salud distante. También tiene rostros de migrantes indocumentados, potencialmente sometidos a condiciones abusivas de trabajo, cercanas a la esclavitud, sin redes. Tiene rostros de familias que viven en campamentos, sin acceso a servicios básicos, o en condiciones de hacinamiento crítico: acabar con el déficit habitacional es una tarea titánica que requiere la concurrencia de muchas voluntades, públicas y privadas. También tiene la pobreza rostros de niños y jóvenes fuera del sistema escolar.
Son cientos de miles quienes pudiendo ir al colegio no lo hacen. En esto el impacto de la pandemia ha sido demoledor y las consecuencias para el mediano plazo se avizoran catastróficas si no se sincroniza la oferta escolar con la preparación para la incorporación al mundo del trabajo. El rostro de la pobreza que vemos quizás más a diario es el de las personas en situación de calle: con un perfil distinto al de años atrás, suma ahora no solo a personas que han roto vínculos y sufren distintas patologías de salud mental y las consecuencias del consumo problemático de alcohol y otras drogas, sino también a familias enteras de migrantes de Venezuela y otros países que han llegado con lo puesto.
Una disyuntiva que no terminamos de resolver y que —dada la alternancia en el poder que se ha dado en las últimas décadas en nuestro país— parece no tener horizonte de resolución es la que se da entre el peso del rol del Estado y el de la sociedad civil organizada en la lucha contra la pobreza.
Simplificando las cosas, mientras los gobiernos de izquierda, como el actual, tienen un sesgo más estatista y de provisión estatal de servicios sociales, los de derecha mueven el péndulo para el lado contrario, en una versión de la subsidiariedad.
Para avanzar en el largo plazo se requieren orientaciones claras y permanentes del Estado, que renueven y modernicen sus instituciones y a la vez contribuyan a robustecer la sociedad civil, que por definición es más ágil y flexible. En esto la complementariedad de miradas y aproximaciones es un valor que cuidar.
¿Es posible superar la pobreza?
Requiere de voluntad política, de concientización, de levantar la mirada y aguzar el oído más allá de lo que parece evidente o de escuchar al que grita más fuerte. Es un deber de humanidad seguir intentándolo.
José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.
Capellán General Hogar de Cristo