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Editorial
Viernes 02 de septiembre de 2022
Contulmo, el fracaso del Estado
A esto hemos llegado en el Biobío y La Araucanía, a que los ciudadanos esperen a sus futuros atacantes para enfrentarse a ellos con las armas.
Tres personas heridas a bala y la pérdida de una parte del patrimonio histórico y cultural de Contulmo dejó el atentado incendiario al molino Grollmus, perpetrado por un grupo terrorista el lunes pasado. El molino estaba junto a un camino rural, a cinco minutos de la pequeña ciudad, en uno de los rincones más pintorescos y atractivos del sur de Chile. Toda la región, pero especialmente esta zona a orillas del lago Lanalhue, es una muestra de admirable integración entre los habitantes originarios de la zona —un 30% de la población de la comuna se declara mapuche—, la inmigración alemana de fines del siglo XIX y la mayoría mestiza. Un recorrido por el cementerio de Contulmo, con una vista privilegiada sobre la ciudad, y la señalética de tránsito, desde hace ya muchos años escrita en castellano, mapudungún y alemán, le muestran de inmediato al visitante que se encuentra en un lugar pluricultural. El festival de la frutilla blanca y la notable orquesta infantil y juvenil San Luis continúan una tradición musical antigua en la región, cuando las bandas de estudiantes de Los Sauces, Purén, Contulmo y otras localidades organizaban festivales y se visitaban atravesando la cordillera de Nahuelbuta en el tren que unía Lebu con Los Sauces.
El terrorismo y la delincuencia que se han enseñoreado de la región son ajenos a todo esto. Cada día amanece con nuevos y violentos atentados, inexplicables y ciegos a la pacífica realidad de sus víctimas. Pero el Estado apenas reacciona. Según se ha denunciado y debe ser objeto de investigación, el atentado al molino Grollmus tuvo lugar después de una serie de advertencias. Por eso la familia se habría preparado como pudo para defenderlo, disponiéndose para un combate armado en el cual terminó por imponerse la superioridad numérica y el poder de fuego de los atacantes. Hoy, uno de los defensores, adulto mayor, se encuentra en riesgo vital, y los otros dos están heridos. A esto hemos llegado en el Biobío y La Araucanía, a que los ciudadanos esperen a sus futuros atacantes para enfrentarse a ellos con las armas. Es la derrota del derecho, el fracaso del Estado en su tarea más irrenunciable.
La ausencia de una respuesta eficaz del Estado en la macrozona impresiona más aún si se considera que los grupos terroristas conocidos son pocos y, según dejan de manifiesto sus actuaciones, de escasa sofisticación. Sus formas de actuación son predecibles, igual que sus objetivos. Resulta simplemente inverosímil que ni las Fuerzas Armadas ni las de Orden y Seguridad, cuyos recursos y preparación exceden con creces —o al menos eso se supondría— los de estas organizaciones criminales, estén siendo permanentemente sorprendidas y superadas por ellas. Por eso, la explicación de la inoperancia estatal en la macrozona no puede sino ser política. La zona es un verdadero incordio político, pues, por una parte, parece carecer de relevancia electoral en el contexto nacional y, por otra, cualquier acción decidida de las fuerzas policiales o de defensa tendrá consecuencias negativas que serán explotadas políticamente en contra de las autoridades de turno.
Una intervención efectiva entraña un riesgo político que nadie, salvo un verdadero estadista, estaría dispuesto a correr.