Es posible que, antes del plebiscito, el oficialismo comprometa reformas posteriores, si gana el Apruebo. No por convicción, ciertamente, sino por razones electorales. Sin embargo, sería difícil (prácticamente imposible) que, una vez aprobada la nueva Constitución, se concretaran cambios sustantivos al texto de la Convención, como los propuestos por el expresidente Ricardo Lagos.
Ya es difícil que los acuerden antes del 4 de septiembre. Lo dijo con todas sus letras Guillermo Teillier esta semana: “Somos 17, ponerse de acuerdo no es tan fácil”. Incluso si lograran ese acto simbólico, sería una propuesta acotada a aspectos prácticos, correcciones menores, o de implementación (como está planteando el Frente Amplio). Desde luego, no en aquellos temas que cruzan su ADN ideológico, mucho menos en los más emblemáticos de la Convención (plurinacionalidad, fin del Senado, Consejo de la Justicia, propiedad de ahorros previsionales, etc.).
Si la izquierda estimara importante para Chile tener una Constitución de amplio consenso, el Gobierno y el mismísimo Presidente Gabriel Boric se habrían jugado para que su mayoría en la Convención se abriera a un texto que, sometido a un plebiscito, alcanzara un resultado electoral de esas características. No lo hicieron, porque lo comparten. Porque, como lo reconocían hasta pocas semanas antes de iniciada la campaña, la viabilidad del programa de gobierno depende de ese texto.
¿Por qué una vez aprobado lo propuesto por la Convención, quienes bloquearon toda posibilidad de acuerdos mientras se escribía y se negaron a considerar la evidencia en aspectos sustanciales estarían dispuestos a cambiarlo?
¿Por qué renunciarían a la Constitución que expone en toda su profundidad sus convicciones ideológicas? Sería renunciar a un proyecto político de largo plazo. Reformarla una vez aprobada sería renunciar a un proyecto político de largo plazo.
La misma noche del domingo 4 de septiembre, la euforia del triunfo, aunque fuera por 10 votos, blindaría el texto. Y contarían con un argumento poderoso: su respaldo mayoritario. Hemos tenido experiencias en los últimos dos años de las reacciones de la izquierda cuando alcanza mayorías. La tuvimos con el resultado del plebiscito de entrada y, con más claridad, la noche de la elección de la Convención, con personajes electos recorriendo sets de televisión y advirtiendo que los acuerdos y decisiones se limitarían a su mayoría y el resto sería excluido.
Aun suponiendo que, post 4 de septiembre, el Presidente Boric hiciera un giro y estimara importante renunciar a ciertos elementos, como una gran oportunidad de pasar a la historia como el impulsor de una Constitución ampliamente aceptada, ¿tendría reales opciones de impulsar modificaciones? Pocas, porque arriesgaría una crisis, en la que se enfrentarían las dos coaliciones que sostienen su gobierno. Y porque, para decirlo con sinceridad, la Constitución que escribió el indigenismo y el PC no se deshace sin el indigenismo y el PC.
Tampoco parece viable que la izquierda frenteamplista, que nació para desafiar a la socialdemocracia que venía gobernando en Chile durante dos décadas, y encontró en el PC un aliado con el mismo objetivo, le concediera una oportunidad de reinventarse a los conductores de los “30 años”. Reformar lo aprobado, acoger la propuesta del presidente de la República más emblemático de la transición, sería privarse de su motivación más íntima y movilizadora: poner una lápida y sellarla para siempre sobre la ex-Concertación y todo lo que ella representa.
Si usted pensaba rechazar y últimamente le está dando vueltas a la idea de aprobar, esperando la promesa de reformar, piénselo muy bien. ¿De verdad cree que sería más fácil hacer cambios si gana el Apruebo?