Una ola de emprendedores exitosos ha recibido justificada atención. Los galardones y la aprobación de los mercados para levantar capital son motivo de orgullo para sus promotores y todos quienes han colaborado en estos proyectos. En momentos turbulentos, la creatividad y fuerza de jóvenes entusiasmados con nuevas ideas es una señal de esperanza. Pero el brillo de unos pocos no debe eclipsar el esfuerzo de cientos de miles de empresarios que, día a día, pelan el ajo sacando adelante sus proyectos sin gran fanfarria.
He aquí una historia.
Más de veinte años han pasado desde que, en la cocina de un pequeño departamento en Estados Unidos, partió el emprendimiento familiar. Mientras él trasnochaba entre libros, ella experimentaba con alimentos. Largos viajes en auto para visitar a otros emprendedores permitieron comprender que el conocimiento y el avance se apalancan en lo que otros han construido. Eso vale para todos.
Ya de vuelta en Chile, el éxito del producto hizo que el juego se convirtiera en realidad. Las interminables noches de trabajo y esfuerzo planificando estrategias, cobrando facturas y paseando con el coche en cuanta feria había mostraron que el emprendimiento era un proyecto familiar. El régimen 24x7 solo lo resisten quienes, valga la redundancia, se desvelan por él.
Por varios años, todos los ahorros familiares se destinaron al emprendimiento. Para pagar a los colaboradores, para crecer y, por qué no, para soñar con exportar. Pero la estructura de costos y la desaceleración de la economía hicieron que la crisis golpeara cerca. Nuevos socios y más trabajo no fueron suficientes. En algún minuto, y con dolor, se cerró la cortina, ordenando la casa, pagando las deudas, y permitiendo una buena salida para los trabajadores que tanto aportaron durante años.
El día del cierre, él comenta melancólico: “Tantos desvelos y recursos invertidos. Y todo terminó en nada”. Ella, mucho más sabia, lo mira y advierte: “Pero pudimos dar trabajo a varias familias por muchos años. Eso es lo más satisfactorio”, mientras se apresta a comenzar su próximo proyecto. Cuánta grandeza y sabiduría hay en esas palabras.
Al mismo tiempo que celebramos a los pocos que la rompen, debemos también reconocer a los muchos que, silenciosamente y fuera de los titulares de diario, empujan el carro. Con iniciativa y creatividad, y volviéndose a parar cada vez que la cuesta se pone pesada, son cientos de miles de emprendedores los que mueven silenciosamente al país. Por ello, en vez de amenazar su existencia si no se cumplen las condiciones que ciertos iluminados pretenden establecer desde cómodas oficinas, tanto mejor es apoyarlos y permitirles cumplir sus sueños. Y con ello, el sueño de progreso de todo un país.