Jesús en el Evangelio de hoy hace un milagro. Se acerca a un hombre sordo, que apenas puede hablar, lo toca, le dice Effetá -ábrete- y lo sana. El drama del enfermo no era solo su sordera física, sino también su aislamiento y su incapacidad para interactuar con otros. ¡Estaba en su propio mundo!
Este episodio trae a mi memoria el dicho popular: "No hay peor sordo que el que no quiere escuchar". Seguramente estaremos de acuerdo en que la "sordera" a la que refiere el Evangelio apunta a algo mucho más profundo que lo meramente físico; refiere a la actitud interior de quien no puede acoger al otro, del que no quiere salir de su ensimismamiento, del que simplemente esta autoconvencido de que lo que piensa, cree o vive es la "panacea", cerrándose a otra posibilidad o realidad.
Esta enfermedad del alma es muy común a todo nivel: en las relaciones familiares, sociales, políticas y religiosas.
Los síntomas son claros: nos cerramos a escuchar a otros, aspiramos a ser parte de círculos de iguales, donde no admitimos -o no queremos- la disonancia, convencidos que lo monocorde es lo ideal. También es síntoma de este drama la ausencia de diálogo o la permanente agresión en la que basta que uno proponga algo para que el otro simplemente lo rechace.
La consecuencia es clara: la "sordera" trae como uno de sus mayores daños el ensimismamiento y la elitización. Solo oímos a aquellos que nos alaban, que nos dicen lo que queremos escuchar, que nos vitorean, que "piensan como nosotros". Por lo mismo, tendemos a juntarnos con aquellos que queremos escuchar y nos ensordecemos frente al pensamiento disonante.
En este ambiente de "sordera" crece y se instala la crítica mordaz, la rabia desmesurada y la agresividad ambiental.
¿Cómo podemos vivir el "Effetá" (Ábrete)? Un camino concreto es la apertura para escuchar y dialogar con los diversos, con aquellos que piensan distinto, con quienes están en la "otra vereda". Esa actitud de diálogo abre los oídos del corazón y permite ver lo bueno que hay en el prójimo; esta apertura hace posible que podamos sentarnos a la mesa con cualquier otro para manifestarle aquello que pensamos y escuchar su opinión distinta con verdadero respeto.
Entiendo que para algunos esta propuesta de apertura de los "oídos" suscita aprensiones porque, por ejemplo, podría llevar a "licuar" la fe, a transar con las ideas propias o, quizás, podría significar la pérdida de identidad o el aparente abandono de las propias convicciones. ¡Justamente es lo contrario! La apertura significa "catolicidad", capacidad para dialogar, para discernir, para buscar lo bueno, noble y bello que hay en el otro, en cualquier otro, para crear espacios de encuentro y de amistad cívica. ¡No es acaso lo que hicieron San Pablo en Atenas, Santa Teresa de Calcuta en la India o Francisco en su reciente encuentro ecuménico en Suiza!
En este mes de la Patria les propongo el desafío de abrir los "oídos", de eliminar las sorderas y de aprender a escucharnos. Cuando existe esa disposición mutua, la agresividad disminuye, el encuentro crece y la posibilidad de dialogar se vigoriza. La patria necesita de chilenos -y particularmente de católicos- capaces de eliminar las barreras, de salir del aislamiento, de romper la "burbuja", de salir del propio mundo, para escuchar y, junto con los distintos, construir una patria común.
"Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".(Marcos 7, 37)