Se le puede acusar de "bienintencionada". Y evidentemente "Él me nombró Malala" es un documental "con mensaje" positivo, que no es lo que convoca a las masas por estos días.
Fusil, guerrilla o paredón son palabras que hoy tienen más éxito que aquellas que pronunciaran Martin Luther King o Gandhi. Bien lo sabe el Estado Islámico (por ejemplo).
En ese sentido, Malala resulta extemporánea, una chica que como el afroamericano y el indio enfrentó la violencia con palabras y actos sin violencia; en su caso, para luchar por derechos tan elementales como la educación de las mujeres.
Davis Guggenheim, laureado con un Oscar por su documental "Una verdad incómoda" (2006), en la que junto a Al Gore denunciaba el calentamiento global, tomó el desafío de relatar la historia de la niña paquistaní que se enfrentó al Talibán, en actos de resistencia pacífica, lo que terminó con ella baleada y moribunda a los 15 años. A ella, dice su padre, "no le disparó una persona; le disparó una ideología".
Guggenheim parte por contar aquello que da el título a su película: por qué el padre de esta chica que recibiera el Premio Nobel de la Paz 2014, la llamó así. Malalai (nombre original) era la protagonista de una leyenda local, sobre una joven cuyas palabras infundieron valor a los soldados que luchaban contra los invasores británicos, aunque a ella su acto le costara la vida. Para mostrar este relato, el realizador recurre a pinturas animadas, dibujos casi artesanales, los que aparecen cada tanto en la película al narrar hechos del pasado de la vida de la protagonista que no están documentados.
Porque el presente transcurre en la luminosa casa en que vive la familia Yousafzai en Birmingham, Inglaterra. Desde allí la cámara se acerca a la intimidad de esta joven islámica, que confiesa que le cuesta su poco adaptarse a las muy distintas costumbres de sus compañeras de colegio; y hablan sus hermanos, su madre y sobre todo su padre, Ziauddin, clave en esta historia.
Malala echa de menos su querido valle de Swat, donde vivían contentos y en paz. Su padre, con sus manos, había levantado una escuela a donde iban niños y niñas: amaba ser profesor. Hasta que llegaron los talibanes.
Con armamento pesado, montados sobre jeeps, rostros cubiertos, se encargaban, de que se cumplieran las rígidas reglas del líder religioso radical que se adueñó del pueblo. Una de ellas incluía la prohibición de que las mujeres se educaran. Los largos sermones del Mulah eran difundidos por altoparlantes. Los de la noche eran listas con nombres de personas a las que se les advertía que estaban fuera de la senda impuesta. Las ejecuciones empezaron a sumarse. La destrucción de escuelas también. Pronto los incendios y bombazos se hicieron habituales.
"No les interesaba la fe, sino el poder", sentencia Ziauddin.
Incentivada por su padre, Malala continuaba estudiando clandestinamente e incluso escribió para un corresponsal de la BBC un blog con seudónimo, relatando todo lo que iba ocurriendo.
Entre que el nombre de Ziauddin apareció en la lista negra y el atentado a Malala, no transcurrió mucho tiempo.
Tardíamente el gobierno central tomó cartas en el asunto.
Con ayuda internacional -y tras complejas cirugías y terapias de rehabilitación- Malala logró vivir y sobrellevar las secuelas. Con ellas a cuestas, sin odios ni rencores, se convirtió en una activista por la educación de las mujeres, visitando refugiados o a los padres de las escolares nigerianas secuestradas por Boko Haram.
La educación por la que ella y su padre lucharon la convirtieron en una lúcida oradora y en una activista que inspira con su tenacidad y coraje. En ellos se encarnan la opción por la paz, lo que no es poco en un mundo donde tantos y en tantas partes están, en pleno siglo XXI, abrazando la violencia.
Es lo que convierte a "Él me nombró Malala" en una película necesaria.
(En cartelera).