Puede ser falta de hospitalidad recibir en Santiago a los dignatarios europeos que nos visitan con la noticia de que el desempleo es de sólo 5,2%, la tasa más baja en cuarenta años. Como se sabe, en Europa campea la cesantía, llegando a 26% en España y a 12% en promedio.
Chile está cosechando los frutos de su reciente giro hacia políticas pro competitividad y crecimiento. Vive un escenario mundial muy favorable, gracias al auge asiático -que capta casi la mitad de nuestras exportaciones-, los buenos precios del cobre, el financiamiento externo disponible y las oportunas inversiones de nuestras empresas en países vecinos. Desde 2010, el Gobierno se ha propuesto aprovechar esta inmejorable oportunidad para saltar al desarrollo. Hay una amplia agenda de modernización en marcha. Me tocó impulsar algunas de ellas.
Aunque aún resta mucho por hacer, la respuesta de la economía ha sido admirable. El producto avanza al 6% o poco menos. La inflación, abatida. El desempleo, en el suelo. Las inversiones ingresadas a evaluación ambiental baten el récord histórico. Otro tanto ocurre con la inversión extranjera. El ritmo de creación de empresas sube al doble, gracias a la Ley 20.494, que rebajó tiempos y costos de trámite. Otra ley -finalmente aprobada tras fatigosa refriega parlamentaria- permitiría crear empresas en sólo un día.
La fórmula funciona. Ahora que el desempleo ha bajado, las remuneraciones reales comienzan a subir con fuerza. Los consumidores y los empresarios, dicen las encuestas, muestran altos niveles de confianza, comparables con los mejores de las últimas dos décadas. Cuando en el 2011 -en medio de las protestas- decíamos que había que mantener el curso, ya que la creación de puestos de trabajo es la mejor herramienta contra la desigualdad, ello parecía una quimera. Aunque aún son muchas las dificultades, eso es lo que parece estar ocurriendo hoy. Refutando a los críticos de un lado y otro, la combinación de economía libre, disciplina fiscal y un gobierno comprometido con la competitividad ha rendido frutos.
Sería una pretensión absurda dar lecciones a los visitantes europeos. Pero lo que hoy se palpa en Chile es que en una economía libre, unas pocas señales acertadas bastan para cambiar de golpe el clima de negocios, desencadenar las energías de los emprendedores y ponerlos a crear trabajo y bienestar. El ejemplo puede ser útil para abordar el desafío europeo de hoy, que es de competitividad y empleo. Por nuestra parte, no debemos olvidar que hay importantes riesgos y obstáculos que superar. Imperdonable sería que nos durmiéramos en los laureles y desatendiéramos la abultada agenda pro competitividad e innovación aún pendiente.
En una economía libre, unas pocas señales acertadas bastan para desencadenar las energías de los emprendedores.