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Un sistema de pensiones solidarias

"...Los esquemas tontinarios deben rescatarse de los libros de historia como un método altamente interesante para solucionar los problemas que acarrea la longevidad en las pensiones de los Estados modernos. De hecho, existen estudios que demuestran que son capaces de proveer resultados óptimos para pensiones de rentas vitalicias en naciones con tablas de mortalidad en franco descontrol..."

Viernes, 24 de enero de 2020 a las 17:30
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Marcelo Nasser

Una tontina es un esquema financiero que provee a sus miembros beneficios directos y vitalicios como consecuencia de la inversión del fondo solidario y común al que, además, acrecen, como “créditos de mortalidad”, las cuotas del fondo de los miembros que van muriendo. Hellwege1, la califica como una renta vitalicia formada por un pool de aportantes predefinido que reparten las ganancias solo entre los miembros del pool que sobreviven. En simple, lo aportado al fondo no forma parte de la herencia del aportante, sino que pasa a acrecer el fondo común intrageneracionalmente a medida que los aportantes mueren, formando una curva de pago al alza (mismo dinero, menos beneficiarios).

Por una parte, la tontina es un seguro de vida de longevidad, pues se caracteriza por el reparto de una renta vitalicia al aportante de un capital. De otro lado, los miembros del pool ciertamente “se asocian” para beneficiarse entre ellos sobre un objetivo común, formándose una mutualidad con derecho de acrecer para los demás, de manera que si un miembro muere, el dinero que conforma su cuota acrece al fondo común. Es aquí donde el negocio se separa de la renta vitalicia tradicional, pues la parte de la cuota del aportante fallecido no la gana el pagador, sino que como consecuencia de este acrecimiento la tontina estará en condiciones de repartir la misma cantidad, pero a menos personas. En palabras de Weir, las tontinas son simplemente una renta vitalicia en que los sobrevivientes se benefician de la muerte de los demás participantes2 . Aun cuando pueda parecer algo siniestro, y no pocas personas han caricaturizado esta forma asegurativa, pocas instituciones del Derecho resultan más solidarias que una tontina financiera.

Esta modalidad solidaria de aseguramiento de la longevidad no es nueva. Con baches históricos se suele atribuir a Lorenzo di Tonti. Su éxito en Europa fue monumental. Fueron, aunque pocos lo recuerden, compañías muy exitosas en nuestro país. La primera sociedad de seguros chilena fue una tontina (El Porvenir de las Familias) y fue tan exitosa que tuvo oficinas en Argentina, Ecuador, Perú, Nueva Granada (Colombia) e incursionó al otro lado del Atlántico, en Londres y Bonn. Esta compañía financió gran parte de la Guerra del Pacífico, tal como las tontinas antiguas financiaron campañas bélicas desde 1700 en adelante y notables obras públicas que se mantienen hasta hoy, como los puentes de París, el antiguo edificio del NYSE.

La tontina, al revés de lo que ocurre con los sistemas de reparto (que son intergeneracionalmente solidarios), presenta —o debe presentar— caracteres de solidaridad intrageneracional. En toda agrupación de esta clase él o los grupos de ahorrantes suelen —y acaso deben— tener características similares, como la edad, de manera que la aportación al grupo que va proveyendo la muerte de uno o más de sus integrantes (créditos de mortalidad) se reparta horizontalmente. Al igual como ocurre en las rentas vitalicias previsionales puras, los herederos no llevan nada. Pero al contrario de lo que ocurre con la renta vitalicia, el dinero restante “vuelve” solidariamente al fondo y no al pagador, lo que se manifiesta como una ventaja evidente en términos de solidaridad sistémica. Los sistemas de reparto, al contrario, presentan características de solidaridad intergeneracionales, lo que los deja vulnerables a la disminución de las tasas de natalidad, entre otros riesgos que los han hecho fracasar en sus versiones más puras.

El DL N° 3.500 ha sufrido numerosas modificaciones que no han tenido en consideración los severos cambios en las expectativas de vida de la población. Desde su promulgación hasta hoy, la edad de jubilación de los varones se ha mantenido sin alteraciones en 65 años y para las mujeres en 60. Asimismo, la tasa de cotización obligatoria se ha mantenido desde 1980 en el 10% del salario, pero la mantención inalterada por 40 años de la edad de jubilación y de la tasa de contribución ha incidido en una pauperización de la tasa de reemplazo. Así, la OCDE sitúa a Chile muy por debajo de la mediana, con una tasa de reemplazo promedio de apenas 37,3%.

El INE publica que la esperanza de vida al nacer (EVN) de los chilenos se ha más que triplicado. En 1900, la EVN se estimaba en 23,6 años para las mujeres y 23,5 años para los hombres. Para el período 2015-2020 este factor se ha elevado a 82,1 años para las mujeres y 77,3 años para los hombres. Si nos centramos en el período en que ha regido el DL N° 3.500, la esperanza de vida se ha elevado desde 74,16 años para las mujeres y 67,38 para los hombres hacia un 82,81 y 76,68, respectivamente. Esto último equivale a financiar períodos de pensión bastante más extensos que los calculados para un país que en 1980 era demográfica y sanitariamente muy distinto. 

Resulta más o menos evidente advertir que mantener las tasas de cotización obligatoria y la edad de jubilación en un esquema donde la longevidad avanza a un ritmo exponencial trae como consecuencia una crisis de proporciones en cualquier sistema que pretenda financiar saludablemente las pensiones de vejez. Las tasas de reemplazo de pensiones chileno hoy son claramente insuficientes para las necesidades de la población adulta y anciana. De hecho, el esquema de pensiones actualmente vigente ha sido puesto en tela de juicio por injusto y poco solidario, lo que ha derivado en una importante demanda social.

En un escenario como el descrito, nos plegamos a quienes han plantado que los esquemas tontinarios deben rescatarse de los libros de historia como un método altamente interesante para solucionar los problemas que acarrea la longevidad en las pensiones de los Estados modernos. De hecho, existen estudios que demuestran que un esquema de créditos de mortalidad es capaz de proveer resultados óptimos para pensiones de rentas vitalicias en naciones con tablas de mortalidad en franco descontrol, teniendo en consideración que, como apuntan Forman y Sabin3, la longevidad es uno de los problemas más importantes que enfrentan las pensiones. No por nada Weinert4 califica la longevidad como “uno de los problemas más importantes de las sociedades occidentales”, mostrando que, pese a los avances de la medicina, los costos de tratar enfermedades de las personas mayores de 85 años son hasta seis veces mayores que respecto de las personas de 65 años. No resulta difícil imaginar que los sistemas de pensiones, además de ser solidarios deben estar destinados a proveer mayores recursos a medida que los ahorrantes vayan alcanzando edades más vulnerables, de manera de evitar el complicado fenómeno llamado “retirement smile” o “sonrisa” del retiro, que consiste nada menos que en una curva con la forma de una sonrisa que demuestra el alza en el costo de la vida de las personas a medida que se hacen más ancianas. Como es obvio, un sistema de pensiones que provee un pago fijo sin considerar los índices de longevidad no provee una solución adecuada ni solidaria.

Por estas y otras razones postulamos, siguiendo a Milevsky5 y a otros, la conveniencia de retornar a un esquema de esta clase para ayudar a incrementar las pensiones. La adopción, al menos opcional, de un sistema público de solidaridad intrageneracional asociado a un sistema de capitalización individual “tripilaristico” permitiría en el largo plazo incluso mantener las tasas actuales de cotización y no necesariamente retardar la edad de jubilación. De hecho, bastan una serie de ejercicios de simple matemática para acreditarlo.

La opción que se propone es que todo o parte de la nueva cotización adicional vaya a un fondo solidario con créditos de mortalidad intrageneracional. Lo mismo debería pasar con el dinero aportado por el llamado “pilar solidario”, respecto del que no existe argumento alguno para que forme parte de la herencia del aportante. De esta manera, y sin gran dificultad real, podría proveerse a los pensionados actuales y futuros “el sistema más solidario de todos”, donde solidario no es necesariamente estatal, financieramente saludable. Animamos a los legisladores a autorizar su funcionamiento y a ponerlo en práctica antes que la longevidad sostenida nos demuestre que ya es demasiado tarde.

* Marcelo Nasser Olea es abogado, magíster en Investigación Jurídica y doctor en Derecho de la Universidad de Los Andes, donde actualmente se desempeña como profesor de Derecho Civil e investigador del Centro de Derecho de Seguros. Además, es director académico del Diplomado en Derecho de Seguros de la Escuela de Seguros de la Asociación de Aseguradores de Chile, director de la Revista Chilena de Derecho de Seguros, profesor de Derecho de Seguros en LLM-UC y socio de Pumpin, Dorfman, Nasser, Díaz y Cía.


1 "A modern definition of tontines", The past, Present and Future of Tontines, Berlin, Duncker & Humblot, p. 9.
2 “Tontines, Public Finance, and Revolution in France and England 1688-1789” en  The Journal of Economic History , Vol. 49, N° 1, p. 96.
3  Tontines in the Western World Today , p. 336 ss.
4  Tontines in Europe Today , p. 321.
5  Learning from the past , p. 316.  

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