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Owen Fiss, especialista en libertad de expresión:

"La debilidad de los medios de comunicación puede representar una amenaza para la democracia"

El destacado profesor de Yale, que acaba de recibir un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Chile, aborda temas como el poder de Google y Facebook, lo políticamente correcto, el feminismo, los discursos de odio y la vigencia de John Stuart Mill.

Viernes, 28 de junio de 2019 a las 17:19
Crédito: Marcelo Venegas / Facultad de Derecho U. de Chile.
"Lean a John Stuart Mill, les hará bien para el alma"
Ante una audiencia que repletó —pese a la copiosa lluvia que caía sobre Santiago— el aula magna de la Facultad de Derecho de la U. de Chile, Owen Fiss dedicó su clase magistral a John Stuart Mill y su concepto de libertad de expresión. Partió instando a leer su famoso ensayo "On Liberty" (1859) que, a juicio de Fiss, constituye "un reconocimiento elocuente y conmovedor de la pluralidad de la condición humana y que busca incansablemente ampliar la capacidad de cada individuo para crear una vida distintiva para sí mismo".

Según Fiss, en el segundo capítulo de su famoso ensayo Mill defiende la libertad de expresión "como un medio necesario para poner a prueba las creencias de cada uno. Solo a través de una discusión libre y abierta podemos aprender si nuestras opiniones son verdaderas o falsas. Nadie es infalible e incluso, si después de una discusión libre y abierta un individuo se adhiere a las mismas creencias, ese ciudadano lo hará con una nueva apreciación e incluso con una convicción más firme de su verdad".

“Mill buscó tal diversidad no por sí misma, sino para cumplir con una visión más amplia del desarrollo humano. Defendió la individualidad, e incluso la excentricidad, en la teoría de que estas cualidades conducirán al desarrollo más completo de nuestras personalidades individuales y que este desarrollo de nuestras personalidades promoverá la felicidad de cada individuo y el bienestar de la sociedad”, señaló el académico en su clase magistral.

Con convicción, Fiss recomendó leer a Mill porque "es bueno para el alma". Y agregó que su contribución también es valiosa en el ámbito jurídico. "Al enfatizar el papel que puede desempeñar la libertad de expresión en el desarrollo de la personalidad individual, Mill abre cauces para dos percepciones diferentes de la libertad de expresión: una personal y la otra política", afirmó.

La libertad que protege la ley, complementó Fiss, es política, "y, sin embargo, vemos (...) que el reclamo de la libertad personal propuesto por Mill casi irresistiblemente encuentra su camino en la ley". Según el jurista, "una relevancia aún más profunda de Mill para la doctrina constitucional se deriva de una actividad valorada por él: la discusión animada, el intercambio de ideas y para tomar prestada una de sus frases: 'La colisión de opiniones adversas'".

Bajo la inspiración de Mill, Owen Fiss finalizó argumentando que "escuchar opiniones diversas puede obligarnos a dejar de lado nuestras creencias anteriores y mirar el mundo de nuevo. O, alternativamente, la colisión de opiniones adversas podría revelar que nuestras creencias anteriores son ciertas y pueden ser afirmadas con mayor convicción: han resistido la prueba del fuego".
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Elena Irarrázabal Sánchez
* Esta es una versión completa de la entrevista publicada  el domingo pasado  en Artes y Letras. 

Owen Fiss (81) leyó hace unos meses “La casa de los espíritus” de Isabel Allende. Cuando aparecía la figura de Esteban Trueba —el violento y poco tolerante patriarca de la familia— relata que le resonaban las afirmaciones del filósofo inglés John Stuart Mill, con sus llamados a la tolerancia y a la apertura a otras opiniones. Precisamente las tesis de Mill en su ensayo “On liberty” y su vinculación con la libertad de expresión fue el tema escogido para la clase magistral que dictó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Nacido en el Bronx (Nueva York), Owen Fiss posee una gran altura física —como comentó con humor el decano Pablo Ruiz-Tagle— y también una importante estatura intelectual. Abogado de Harvard, se especializó en Oxford, fue profesor en la Universidad de Chicago y desde 1992 enseña en Yale, donde tiene el rango de Sterling Law Professor. Es autor de casi 200 artículos, ensayos y libros, muy citados en temas como la autonomía del derecho, la estructura e independencia del Poder Judicial, los derechos civiles y la libertad de expresión.

Desde hace décadas Fiss mantiene un fuerte lazo con Chile. Tras el retorno de la democracia impulsó un intercambio estudiantil entre alumnos de Derecho de la U. de Yale y de la U. de Chile. Y también ha tenido un rol clave en el SELA, instancia de reflexión jurídica anual que reúne a académicos de Estados Unidos, América Latina y Europa, donde concurren, de planteles nacionales, profesores de las universidades de Chile, Diego Portales y Alberto Hurtado. Owen Fiss conversó con “El Mercurio” sobre una serie de temas, varios de ellos del ámbito de la libertad de expresión y la libertad de prensa.

—¿Por qué escogió la figura de John Stuart Mill para su ponencia en Chile?

 —Pensé que sería interesante transmitir a la comunidad intelectual chilena mi entendimiento sobre la figura de John Stuart Mill y su perspectiva sobre la libertad de expresión. Dado mi conocimiento de Chile, creo que puede constituir una figura y un mensaje importante para reflexionar.

—¿Cree que existe hoy una expectativa truncada en la sociedad, que pensó que las redes sociales le darían una mayor voz a cada ciudadano?

 —Cuando ocurrió la revolución digital y emergieron las redes sociales hubo una tremenda expectación porque se suponía que estas eliminarían la necesidad de una aprobación editorial. No iba a haber nadie desde lo alto del mensaje revisando qué se publicaba o se transmitía, el ciudadano se iba a comunicar directamente y eso iba a fortalecer la libertad de expresión. Pero hay dificultades que impulsan una sensación de desilusión o de expectativas truncadas. En primer lugar, uno de los propósitos de la libertad de expresión y de la prensa es educar a la gente sobre la gente: el conocimiento de la comunidad sobre qué significa el gobierno y la libertad política, entre otros temas. Pero esto no necesariamente se cumple, ya que las redes sociales favorecen que las personas con una opinión escuchen a otras con la misma visión. Por otro parte, los poderosos —como Trump— también dominan las redes sociales. Por eso la promesa no cumplida.

—Más que la concentración de medios tradicionales, algunos piensan que el poder de Google y Facebook es el que hoy pone en peligro la libertad de expresión.

 —Google y Facebook logran gran parte de su fortuna a través de la publicidad, usando la información que consumidores y usuarios de las redes sociales entregan en forma involuntaria. Ellos pueden adaptar específicamente las publicidades al perfil de varios grupos de consumidores y, por lo tanto, privar a los periódicos y estaciones de televisión de una buena parte de sus ingresos publicitarios. Esto, por supuesto, pone en peligro a los periódicos y estaciones de televisión. La desaparición o incluso el debilitamiento de estas organizaciones puede representar una amenaza sustancial para la democracia.

Los periódicos y las estaciones de televisión son atendidos por periodistas profesionales y contamos con ellos para informar sobre los candidatos políticos y los funcionarios públicos. Dicha información permite a las personas ejercer su prerrogativa soberana de elegir a quienes los gobernarán. Google y Facebook no son organizaciones de medios. Son organizaciones que prestan servicios técnicos a los consumidores.

—Dan acceso a la información.

 —Así es. Pero dada la inclinación natural de las personas por oír a aquellos con quienes están de acuerdo, proporcionar ese acceso no es un sustituto para la difusión y distribución de ideas, opiniones e información que ofrecen los periódicos y las estaciones de televisión. La democracia confiere poder al pueblo, como pueblo, para gobernarse a sí mismo, y eso supone una medida justa de entendimiento por parte de las personas.

Por supuesto, aunque los servicios prestados por empresas como Google y Facebook no son, desde la perspectiva de la democracia, sustitutos adecuados de los periódicos y las estaciones de televisión, estos pueden a veces utilizarse para mejorar la libertad y promover la democracia, como vimos en la Primavera Árabe en 2011. Por lo tanto, la decisión de estas empresas de negar dichos servicios a las personas debe examinarse cuidadosamente. ¿Se están negando a los críticos del régimen? ¿O a quienes organizan la violencia contra grupos vulnerables y marginales?

—En Estados Unidos, el ambiente universitario parece ser hoy muy sensible a los dichos políticamente incorrectos. ¿Afecta esto a la libertad de expresión?

 —Creo que las grandes universidades de Estados Unidos son un tesoro nacional. Están dedicadas al descubrimiento y la difusión del conocimiento y fomentan la investigación crítica, que no podría realizarse sin respetar los principios básicos de la libertad de expresión y apertura al debate que desarrolló Mill. Pero cuando termina el día y culmina el debate, un lado ganará una discusión y el perdedor puede estar descontento. Algunos de los perdedores seguirán adelante, otros convertirán su derrota en una queja sobre “los términos del debate” y en este contexto a menudo se cita el término “corrección política”, que sugiere una intolerancia a ideas diferentes que, por supuesto, serían incompatibles con la libertad de expresión. Ya Mill dijo que la libertad de expresión celebra “la colisión de opiniones adversas".

Fui educado en Harvard y enseñé en Chicago y luego Yale. Estoy orgulloso de la apertura del debate y la investigación intelectual en esas instituciones. El cultivo de una actitud de tolerancia es una de las principales obligaciones de cualquier profesor universitario. Aquellos que están en desacuerdo deben reunir el coraje para ponerse de pie y explicar por qué están en desacuerdo. No es un esfuerzo fácil, pero no debemos confundir su silencio con una ética que imponga la corrección política.

—Hoy se usa mucho el término discurso de odio (hate speech).

—El discurso de odio se produce cuando una declaración o acción está dirigida a una persona o grupo vulnerable o marginal y se amenaza al bienestar y la libertad de esa persona. Un ejemplo —que enfrentó la Corte Suprema de Estados Unidos— involucró la acción de un grupo secreto para quemar una cruz frente a la casa de una familia de color que se mudó a un vecindario blanco. Dicha acción no solo ofende principios de igualdad, sino que también interfiere con la libertad de expresión. Los atacados dudarán en expresar sus opiniones y, por lo tanto, podrían retirarse del debate público.

Enfrentar este tema es complejo. Comenzaría con un procedimiento civil contra el perpetrador, como una orden que restrinja la continuación o la repetición de tales expresiones o acciones de odio. El procedimiento penal se guarda para casos, como los que involucran al Ku Klux Klan o grupos neonazis, donde hay una conspiración o intento de infligir violencia al grupo vulnerable.

—¿Qué pasa cuando los discursos de odio son difundidos a través de Internet?

—No importa mucho si el discurso de odio se transmite directa y personalmente o si se transmite a través de Internet o de las redes sociales. En todos estos casos, la ley penal debe usarse solo cuando existe amplia evidencia de una conspiración o un intento de infligir violencia.

Los medios sociales como Facebook y Twitter brindan una oportunidad para que los miembros del público respondan. Pero como todos sabemos, por la historia de la ley de difamación, a veces el daño que se produce desde la publicación inicial no se puede deshacer mediante una respuesta.

Errores, mentiras y fake news

—Hoy en Estados Unidos, ¿corren buenos o malos tiempos para la libertad de expresión?

 —Es una situación mixta. El presidente Trump no tiene una particular tolerancia hacia la libertad de expresión. Si un diario publica una crítica o un artículo que lo evalúa en forma negativa, lo califica inmediatamente de “fake news”. También llama a la prensa “the enemy of the people” (“el enemigo del pueblo”). En este sentido, son amenazas a la libertad de expresión. Por otro lado, Trump es tan indignante en sus pronunciamientos, sus políticas, la forma en que trata a las personas, su trato de las minorías y de otras naciones, que la prensa ha respondido muy vigorosamente. Hay una amplia cobertura y crítica a los políticas del gobierno.

—¿Las principales amenazas a la libertad de expresión vienen hoy del Estado o del mundo privado?

 —Hay un importante rol que cumplen los medios cuyos dueños son del mundo privado. Un sistema de medios privados refuerza la libertad de la prensa para criticar al gobierno, que es un propósito esencial de la libertad de expresión y la libertad de prensa. Por otra parte, tenemos que ser cuidadosos en ciertos aspectos. No podemos pensar que la autonomía editorial de los medios privados es absoluta. Deben tener libertad, ser veraces y evitar la deformación, pero también cumplir ciertos condicionamientos, como cubrir asuntos de importancia pública.

En mi país hemos comprendido hace décadas que debe haber ciertas obligaciones. Y pese a la importancia de tener una prensa privada con autonomía para el funcionamiento del sistema democrático, creo que también es necesario tener medios financiados públicamente, que cubran temas públicos en forma abierta y sin inhibiciones. En Estados Unidos tenemos una saludable medida de medios del mundo privado, pero también una televisión y radio públicas, aunque los republicanos han dificultado esos fondos.

—¿Qué opina de las fake news?

 —El término “fake news”, que se ha hecho popular con Trump, me parece una idea peligrosa. Trump usa el término para castigar a quienes están en desacuerdo o lo critican. Es una forma infantil de reaccionar ante la prensa. Creo que la prensa debe responder por difundir declaraciones falsas o erróneas, no opiniones. Pero debemos ser cuidadosos, no puede hacerse responsable a la prensa por errores ante hechos inadvertidos, porque en todo sistema robusto de reporteo puede haber errores de hecho. En Estados Unidos tenemos la norma de que se debe castigar a la prensa cuando hay actual malice (real malicia): mentiras deliberadas o una temeraria despreocupación por detectar la mentira. Eso le da a la prensa un espacio de respiración para cumplir su misión democrática.

—Usted habla de “la ironía de la libertad de expresión”. ¿Por qué?

—A menudo las personas piensan en la libertad de expresión como un protección contra el Estado, que sería el enemigo de la libertad. Mi visión es que el Estado tiene dos caras: puede ser enemigo de la libertad, pero también tener un rol positivo en asegurar la libertad. En mi opinión, el sistema público de educación en Estados Unidos, los museos y bibliotecas públicas, la televisión y radio públicas ayudan a proteger la libertad. Y pienso que algunas formas de expresión, como los discursos de odio, son un problema no solo porque ofenden minorías y atacan principios de igualdad, sino porque restringen a los ciudadanos de hablar, los silencian.

La pornografía, que reduce a la mujer a ser un objeto sexual, tiene la capacidad de socavar la credibilidad femenina y minimizar su capacidad política. En ese caso, creo que el Estado puede actuar como un amigo de la libertad al regular ciertos actos o silenciarlos. Lo mismo pasa con los gastos de campañas políticas. El Estado, en mi país, está autorizado a prohibir o regular las contribuciones financieras a los candidatos para prevenir la corrupción. Hoy se permiten gastos ilimitados individuales a nombre de un candidato y creo que esto tiene el riesgo de distorsionar el debate público, porque solo se escuchan algunas voces. Esa es la ironía: ciertos regulaciones restringen la expresión al mismo tiempo que la refuerzan al resguardar la integridad del debate público y aseguran que las personas tengan información y entendimiento para autogobernarse.

—En relación a la mujer, hoy la figura de Mill parece estar bastante en boga, no solo por su visión de la libertad de expresión, sino por su defensa pionera de los derechos de la mujer en su ensayo “The subjection of women”.

 —Mi reflexión en Chile sobre la libertad de expresión se basa en el ensayo “On Liberty” y no en su texto “The subjection of women”. Pero es interesante saber que Mill le dedica “On Liberty” a Harriet Taylor, una mujer con la que tuvo una relación de muchos años y que fue defensora de los derechos de las mujeres. Ella estaba casada, pero fue la compañera intelectual de Mill, viajaron juntos y cuando su marido murió, esperaron dos años y se casaron.

Pero sí, he estado involucrado en el estudio y reflexión sobre los derechos de la mujer por mucho tiempo. Entre otras razones, a través de mi contacto con Catharine MacKinnon, famosa abogada, académica y feminista de Estados Unidos. He escrito sobre ella en mi más reciente libro, “Pillars of justice. Lawyers and the liberal tradición”, que recorre el significativo aporte de 13 abogados en el desarrollo jurídico de Estados Unidos y los derechos civiles.

—Finalmente, me gustaría preguntarle ¿cuáles son hoy en Estados Unidos las cuestiones o temas jurídicos que generan mayor controversia y división en el mundo académico? ¿La justicia distributiva es uno de ellos?

 —Así es. Durante casi toda mi vida profesional la justicia distributiva y el derecho a la igualdad de las personas de color han sido temas públicos muy relevantes. La era de los derechos civiles, que emerge en los años 50 y 60, es un tema que ha dividido a la Academia y son asuntos que persisten. Hoy, ser un hombre joven de color en Estados Unidos es un desafío difícil, hay casos de violencia policial excesiva contra ellos que han terminado con la muerte de algunos. Sus oportunidades de empleo, los lugares en que viven —hay verdaderos ghettos, con pobreza y violencia—, los colegios de mala calidad y colapsados perpetúan sus desventajas.

Diría que la justicia distributiva y la igualdad ha sido uno los grandes temas en la historia de Estados Unidos. A eso se le suma, en los 70, el tópico de la igualdad de derechos de las mujeres, que ha dividido a la comunidad intelectual. Ahí, un gran logro de Catharine MacKinnon fue entender la conexión entre igualdad, derechos civiles e igualdad de las mujeres. Y luego se han sumado enormes reclamos por la igualdad de personas gay, lesbianas y ahora transgéneros.

Una pregunta que actualmente divide profundamente a la Academia es el reclamo de igualdad de los pobres. El sistema económico de Estados Unidos ha traído una tremenda desigualdad. Mi trabajo ha girado en forma bastante persistente en torno a la justicia distributiva y desigualdad, en cursos sobre tópicos como “justicia distributiva” y la Constitución. Y otra cuestión muy candente y controvertida que divide a la Academia es la inmigración y la autorización del ingreso de personas extranjeras a Estados Unidos, que durante la administración de Trump se ha politizado mucho. Es un asunto que cada vez genera más cursos, estudios y profesores dedicados a investigarlo.

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