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Precisiones sobre el “Estado social”

"...Se solventó gradualmente en la medida en que el Estado fue estructurando directamente o con el concurso de los privados unos servicios públicos de calidad y accesibles universalmente. Solo una vez construida esta dimensión estructural de los servicios es que se pudo hablarse de derechos sociales (...), prestaciones que generalmente, y hasta el día de hoy, tienen cobertura legal, no constitucional..."

Viernes, 24 de junio de 2022 a las 17:53
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Julio Alvear
Se habla mucho de “Estado social” —se encuentra en el borrador de nueva Constitución—, pero poco de la necesidad de delimitar adecuadamente sus términos. Una rápida mirada a su genealogía conceptual nos puede ayudar en el empeño.

Las dos guerras mundiales revelaron el poder inmenso de ese artefacto gigantesco, de ese Leviatán moderno que llamamos Estado, para coordinar, gestionar y destinar directamente recursos a fines nacionales. Concluida la Segunda Guerra Mundial la recuperación socioeconómica europea se hizo, con el apoyo de los Estados Unidos (el plan Marshall), precisamente de la mano del Estado. Después del trauma, y habiendo experimentado el poder de la movilización total, se entregó a los gobiernos el mandato de garantizar en última instancia las necesidades esenciales de la vida, como la educación, la vivienda, la atención médica, las áreas de recreo urbanas, la subvención del transporte público, la reconstrucción del patrimonio histórico, la financiación estatal del arte y la cultura y otras prestaciones indirectas. Lograr una buena “calidad de vida” para toda la población pareció imprescindible frente al peligro del comunismo soviético, pronto a explotar a través de sus redes las situaciones de pobreza, descontento y marginalidad europeas.

Nació de este modo el “Estado social”. De la mano, claro, de dos presupuestos básicos: desarrollo económico y aplicación efectiva al trabajo.

Para comprender los alcances de esta noción, es necesario formular algunas observaciones.

i) Hay que recordar que los derechos fundamentales individuales fijan límites a la expansión del poder del Estado. El “Estado social”, en cambio, representa un movimiento inverso: legitima la intervención de los poderes públicos en la esfera de las necesidades humanas básicas; en la dimensión de la “procura existencial” (Daseinvorsorge), en términos de Ernst Forsthoff. Es el Estado quien garantiza la provisión de tales bienes a toda la población en condiciones satisfactorias de accesibilidad y calidad. A esa garantía se le denomina precisamente “derecho social”.

ii) El “Estado social” es poesía (y de la mala) sin aplicación laboral de la población y sin una economía robusta y estable. Puede convertirse incluso en un discurso constitucional fraudulento, en la medida en que habilita infinitas intervenciones del Estado sin que este “pague” la deuda social que, se supone, las justifica.

iii) El Estado social no es una realidad unívoca, pues en cada nación europea tomó forma diversa de acuerdo a las propias necesidades de la posguerra, al influjo de las corrientes y tradiciones políticas particulares y al lugar más o menos amplio que se le dió al mercado. El fracaso de los modelos socialistas de bienestar (el viejo modelo sueco) es un buen ejemplo de esta complejidad.

iv) El discurso de los “derechos sociales” no se tejió como utopía ni mero idealismo político, sino que se solventó gradualmente en la medida en que el Estado fue estructurando directamente o con el concurso de los privados unos servicios públicos de calidad y accesibles universalmente. Para ello se necesitó de inyección de recursos, dotación de personal adecuado y ejercicio de una gestión eficiente. Solo una vez construida esta dimensión estructural de los servicios es que se pudo hablarse de derechos sociales, como títulos concretos a exigir determinadas prestaciones en tal o cual actividad, prestaciones que generalmente, y hasta el día de hoy, tienen cobertura legal, no constitucional.

Pareciera, a veces, que en nuestro país se quiere colocar la carreta delante de los bueyes. Como si el mero discurso bastara.

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