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Daniel Peñailillo Arévalo

"...Buena parte de lo que saben los abogados y abogadas chilenas sobre obligaciones y prácticamente todo lo que conocen sobre bienes se debe al profesor Peñailillo. Junto a estas dos obras de consumo popular convive un valioso elenco de artículos, entre ellos, acerca de la protección de la apariencia, el enriquecimiento sin causa, la declaración unilateral de voluntad, la resolución y el lucro cesante..."

Viernes, 10 de enero de 2020 a las 13:44
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Iñigo de la Maza

En medio de toda la agitación —desde la eliminación de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) de Historia hasta el video de moda sobre la vida privada de los carabineros— ha tenido lugar un homenaje al profesor Daniel Peñailillo Arévalo.

Hasta hace no tanto tiempo, Derecho Civil no era más que un puñado de nombres. El resto eran abogadas y abogados que, con mayor o menor fortuna, repetían manuales y verficaban que sus alumnas y alumnos fueran capaces de repetir de memoria algunos artículos del Código Civil. Uno de los nombres del puñado era Daniel Peñailillo.

Desde entonces, muchas cosas han cambiado. Ahora hay muchos nombres y la mayoría son valiosos, pero únicamente un puñado sigue siendo imprescindible. Entre ellos —nunca he escuchado a nadie que dude de esto— el del profesor Daniel Peñailillo, cuyos cincuenta años de trabajo académico acaban de ser homenajeados gracias, principalmente, a los buenos oficios del profesor Manuel Barría, de la Universidad de Concepción. De allí ha salido un libro que reúne 47 trabajos en un número primo de páginas: 1.299.

El profesor Peñailillo ingresó a la U. de Concepción en 1960, egresó en 1964. Su memoria de título versó sobre “El certificado de salud prematrimonial”, lo que, ciertamente, nos alerta sobre la profunda inquietud intelectual de su autor; si, probablemente, que haya sido el mejor alumno de su promoción y que, algunos años más tarde, cuando los doctores en Derecho Civil se contaban con los dedos de una mano, haya vuelto de España con su título bajo el brazo. En los años venideros se ha movido con comodidad, y cierto sigilo, entre las universidades de Nueva York, Turín y Oxford, entre otras, y, en Chile, ha servido la Cátedra Fueyo y, muy probablemente, todos los programas de grado y posgrado que importan en Chile. Esto, aunque en general, todo hay que decirlo, no sea sencillo ubicarlo para pedírselo.

Pese a ser una persona esmeradamente discreta resulta frecuente que en las reuniones de civilistas, más tarde o más temprano, se termine escuchando una de las cientas de anécdotas que circulan a su alrededor y sobre las cuales, consultado, no afirma ni desmiente. A lo largo de los años, creo haber escuchado la mayoría de ellas —aunque, aparentemente, el inventario es extremadamente voluminoso—, que siempre han sido relatadas con afecto y admiración, cuestión que no deja de sorprenderme. Que, en general, se admire a un civilista brillante no es raro; que, en general, se le prodigue afecto, sí, y mucho.

El profesor Peñailillo ha publicado profusamente, aunque sin prisa. Probablemente porque viene de un tiempo en el cual se intentaba escribir para que las ideas permanecieran y estas no se encontraban esclavizadas por los imperativos de la carrera académica o las exigencias de las revistas que puntúan en Fondecyt.

Buena parte de lo que saben los abogados y abogadas chilenas sobre obligaciones y prácticamente todo lo que conocen sobre bienes se debe al profesor Peñailillo. Junto a estas dos obras de consumo popular convive un valioso elenco de artículos, entre ellos, acerca de la protección de la apariencia, el enriquecimiento sin causa, la declaración unilateral de voluntad, la resolución y el lucro cesante.

El profesor Peñailillo fue abogado integrante de la Corte de Apelaciones de Concepción por diez años y es abogado de la Corte Suprema desde 2015, integrando la Primera Sala; hace pocos días escuché el afecto y respeto intelectual con que algunas de sus ministras y ministros hablaban de él.

Cierro con un par de apuntes personales. Una de las cosas gratas de ir a Concepción a dar clases, a alguna conferencia o a las Jornadas de Derecho Civil es la posibilidad de terminar comiendo con el profesor Peñailillo. Entonces, uno se entera de que ha plantado uvas y que, quizás, se decida a hacer vino, o bien que frente a su casa ha surgido una isla (esas cosas parecen suceder en Concepción) y que está meditando algún acto de posesión. También puede ser el caso que se detenga sobre alguna de las últimas sentencias de la Corte Suprema o comente algún problema jurídico; entonces, primero, pregunta la opinión de los demás y escucha en silencio, luego, casi como se hacen las cosas al pasar, sin mayores pretensiones y con la naturalidad de la respiración, da su opinión y lo resuelve.

En fin, hace muchos años, 20 o más, cuando yo era ayudante de Derecho Civil, le pregunté a un profesor al que admiraba, y aun admiro, acerca de una de esas discusiones atávicas y más bien inútiles del Derecho Civil. Dos opiniones se cruzaban. Le pregunté por el autor de la primera opinión e hizo un mohín que evidenciaba cualquier cosa menos aprecio intelectual. Luego añadí: "¿Y Peñailillo?". Me contestó: “Ah, ese es un hombre extremadamente inteligente”. Tenía razón y, a eso se puede agregar, de una gentileza que prodiga con elegante austeridad, que es como debe ser.

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