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Santiago de Chile. Vie 19/08/2022

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El Mercurio - Campo

Propuestas para enfrentar la crisis alimentaria

Dos exministros de Agricultura de la expresidenta Bachelet y dos del expresidente Piñera insisten en que el problema no es de producción interna, sino de recursos económicos.

Martes, 14 de junio de 2022 a las 8:30
- Definir medidas para apuntar a la seguridad alimentaria es parte de las propuestas de los exministros de Agricultura.
Crédito: Francisco Olea - El Mercurio
Revista del Campo

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Clave la colaboración internacional

Cualquier sistema cerrado es menos capaz de enfrentar una crisis que uno abierto, dice M. Emilia Undurraga. Por ello, asegurar el abastecimiento de granos pasa por mantener buenas relaciones con los países, y con sus empresas y potenciar las relaciones entre privados.

“No son los gobiernos los que producen los granos, son empresas o productores. Por ello es importante mantener las fronteras abiertas, buscar las relaciones y la colaboración internacional”, recalca Furche.

“El intercambio requiere de relaciones estables… Chile ha desarrollado una política de Tratados de Libre Comercio, que generan no solo beneficios comerciales, sino también de cooperación y colaboración. Y ya que estamos en un mundo global, hay que ver las exportaciones como lo que son: alimento para otras familias”, plantea María Emilia Undurraga.

“Es vital profundizar la colaboración internacional. Este partido se gana en equipo y ahí tenemos que nosotros, lejos del mundo, no podemos cerrar las puertas, sino que tenemos que abrirlas. Que la cordillera sea un puente y no un muro”, enfatiza Antonio Walker, recalcando que los TLC lo que hacen es ayudar a bajar los precios para las personas.

Y en ese camino ya hay llamados a trabajar,como el del director general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), el argentino Manuel Otero, quien en el reciente foro “La crisis alimentaria Global y las Américas”, realizado en Los Angeles, llamó a conformar una alianza continental para enfrentar la creciente inseguridad alimentaria.

Patricia Vildósola

En el último mes las alarmas globales no paran de sonar. El precio de los granos, especialmente el del trigo, más que se dobló en el último año, dice el Banco Mundial. El secretario general de la ONU, António Guterres, anuncia que ya cerca de 1.600 millones de personas no acceden a la cantidad de alimentos necesarios, por los altos precios, y que en 2023 no será solo el precio el factor limitante, sino que simplemente no habrá comida. Así el hambre está ya dentro de las casas, o golpeando la puerta, de millones de personas en el planeta, amenazando con convertirse en una catástrofe de muerte e inestabilidad global.

La crisis no es de hoy. Los primeros indicios comenzaron hace algunos años, cuando las altas (o bajas) temperaturas o las lluvias torrenciales empezaron a golpear producciones y el hambre empezó a aumentar. Luego el mundo se paralizó por el covid-19, trayendo problemas de logística, el alza del valor de los insumos y de los alimentos, y la caída abrupta de los ingresos de millones de personas en el mundo. Y justo cuando las cosas parecían retomar una cierta normalidad, Rusia invadió Ucrania, quedando en silos o sin cosechar cerca del 28% del abastecimiento global de trigo, el 15% del maíz y el 75% del aceite de maravilla. Además, los fertilizantes rusos dejaron de estar disponibles para las producciones. Y, como si eso no fuera suficiente, la crisis climática aumenta la presión con lluvias que arrasan cultivos o con golpes de calor que destruyen las siembras, llevando a países como India a cerrar sus exportaciones, dejando a los mercados cada vez más desabastecidos.

Como Chile no está ajeno a esa realidad y el agro es clave en la respuesta, Revista del Campo conversó con los exministros de Agricultura María Emilia Undurraga, Antonio Walker (ambos del gobierno de Sebastián Piñera), Carlos Furche y Álvaro Rojas (de los gobiernos de la Presidenta Bachelet), para que planteen qué se requiere para intentar frenar la inseguridad alimentaria en el país.

“No puede haber color político cuando se habla de alimentos. En Chile un 15% de la población sufre algún grado de inseguridad alimentaria, principalmente por pobreza más que porque no haya alimentos. Esto es serio y amerita un trabajo transversal”, enfatiza Antonio Walker, quien fue parte de la administración Piñera y que ha retomado sus actividades agrícolas.

“La inseguridad alimentaria es un tema de falta de ingresos. Es un tema de pobreza, en Chile y el mundo. El peligro de esta crisis global es que pasemos de una situación en donde el problema principal era la falta de ingresos, a uno en que se entrabe de tal manera a la producción que se aumenté aún más el riesgo”, dice Carlos Furche, consultor internacional, quien estuvo a cargo del Minagri, entre 2014 y 2018.

“El desafío es mucho más complejo que lo que se ve y requiere de todos los actores, no solo del Ministerio de Agricultura, sino de Transporte, de Economía, de Hacienda, de Ciencias, de Educación; de los productores medianos, grandes y pequeños, así como de toda la cadena, la sociedad civil, la academia. Es un cambio de mirada profundo, donde todos tenemos que sentirnos parte de un mismo desafío, que es alimentar y producir sosteniblemente. Esto requiere de un compromiso, que es valorar el aporte del otro”, plantea María Emilia Undurraga, a quien le tocó entregar el Ministerio al actual ministro Esteban Valenzuela, y que está creando el Observatorio de Seguridad Alimentaria, de la Universidad San Sebastián, en el marco de las políticas públicas.

“Me atrevería a decir que más que escasez, en una primera etapa habrá un aumento de precios, con un impacto directo en la inflación y los respectivos requerimientos de incrementos en el nivel de sueldos y salarios. Esos aumentos de precios internacionales inducirán a una mayor oferta, que en el caso de los productos agrícolas incentivará la producción, y con ello el efecto precios en una segunda etapa tenderá a disminuir, pero no el componente de fletes y depreciación del peso de persistir”, plantea Álvaro Rojas, exministro durante el primer mandato de la Presidenta Bachelet, quien acaba de dejar la rectoría de la Universidad de Talca.

Casi al unísono insisten en que es urgente actuar ahora y que la situación requiere de una política pública no solo agrícola y de largo plazo que contemple el trabajo colaborativo, a nivel interno e internacional.

Imposible autoabastecerse

Chile históricamente ha sido importador de granos, ya que solo produce el 50% de su demanda interna, lo que consigue con una alta eficiencia que se refleja en que mientras hace 40 años coechaba un millón y medio de toneladas, en un millón de hectáreas y hoy, ese mismo volumen es cosechado en alrededor de 200 mil hectáreas. El 50% faltante para completar los 3 millones de toneladas que requiere el país, se importa de países de la región, como Argentina; o del hemisferio norte, como EE.UU. o Canadá.

Y ello no ha cambiado, por lo que los cuatro exministros coinciden en que, al menos este año, grano habrá. El problema es el precio, pero, Chile, por su balanza comercial alimentaria, genera un superávit que permitiría pagarlo. “Chile, desde hace 40 años, es exportador neto de alimentos. La balanza positiva silvoagropecuaria, dependiendo de los años, llega a ser de hasta US$ 10 mil millones, y si se suma lo acuícola, se llega a los US$ 15 mil millones. Ese superávit permite mantener la importación. Por lo mismo es entender que está en el interés de Chile mantener nuestra condición de país exportador”, dice Carlos Furche. Se refiere a que eso permitirá no solo generar los recursos para pagar el mayor precio, sino tener los canales para acceder al grano.

Ante la pregunta obvia de si no habría que enfocarse en ser autosuficientes, las cuatro exautoridades recalcan que no es la opción.

Por un lado está la disponibilidad de tierras cultivables, pues como señala María Emilia Undurraga, ni siquiera plantando el doble de superficie se conseguiría ese autoabastecimiento, ya que los nuevos suelos probablemente no serían tan aptos para eso.

Además, acota Antonio Walker, el costo de ese de ese alimento sería muy alto y “aun así, el volumen sería insuficiente”.

Carlos Furche coincide con lo anterror e insiste en la importancia de no descuidar la exportación.

“Uno puede evaluar la posibilidad de aumentar la producción local sin dañar ni perjudicar nuestra estructura exportable. Pero hay que entender que eso no significa que podamos quedar ni siquiera cerca del autoabastecimiento”, enfatiza. Y agrega que “el que aumente la producción interna no significa que el precio vaya a ser menor. Va a seguir determinado por el internacional”.

Y desaconsejan la opción de medidas específicas, como fijación de precios.

“Definir un conjunto de medidas que apunten a dar seguridad alimentaria (producción garantizada) en productos básicos del sector significa modificar las medidas informadas por nuestro país ante la OMC. Significaría garantizar precios al productor que incentiven la oferta, en detrimento del precio de los productos pagados por los consumidores. Es un axioma demostrado por décadas e incluso siglos que las medidas de intervención de la política agraria tienden a la proliferación terminando por desvincular los precios de los productos agrícolas de los mercados internacionales”, explica Álvaro Rojas.

Opciones y énfasis

Con precios por las nubes, impacta que cuando faltan cerca de 5 semanas para las siembras, agricultores de las zonas cerealeras dicen que no podrán cultivar todas sus hectáreas.

En La Araucanía —el corazón cerealero—, donde la superficie caería en cerca de un 20%, la razón principal sería la inseguridad provocada por la violencia. A eso, a nivel nacional se suma la falta de recursos económicos para enfrentar el alza de costos.

Y si bien se reconoce que el crédito “Siembra por Chile” es una alternativa, no sirver a los agricultores medianos —donde está el principal volumen productivo—, quienes insisten en que las condiciones solo alcanzan para superficies menores. Para acceder a más recursos lo harían a una tasa que no les es viable y dejando en garantía sus bienes.

Por ello, los ministros sostienen que se requiere de una política de mediano y largo plazo que contemple favorecer el financiamiento con tasas que permitan ser rentable.

”Hay que pensar que la principal fortaleza de los pequeños no es la producción extensiva. Es la mediana agricultura la que tiene el mayor potencial para expandir la producción de cereales, especialmente trigo”, comenta Carlos Furche. En el mismo camino está Antonio Walker, que propone fortalecer la producción “a través de políticas públicas, con financiamiento que se adapte a la realidad de los agricultores. Con créditos blandos para la producción, especialmente para el pequeño y el mediano, que están en tierra de nadie”.

Álvaro Rojas, en tanto, plantea que “de mayor interés puede resultar el estímulo de medidas que apunten a mejorar el uso de tecnologías (Green Box) aceptadas por la OMC y mejorar las condiciones del crédito agrícola (Indap o no Indap), atendido el hecho de que es precisamente la agricultura familiar campesina la que aporta proporcionalmente una mayor parte de su producción al mercado interno. Este hecho más el incremento de corto y mediano plazo de los precios de estos productos básicos en el mercado internacional pueden estimular un aumento de la oferta local de productos”. Acota que de todas formas los agricultores no venderán por debajo del precio internacional.

Una forma de fortalecer la comercialización, dice Furche, es trabajando con el sector privado y fortaleciendo a Cotrisa. “Se debiese aprovechar la experiencia y capacidad de compra, y puede articular al menos a parte de la cadena. El Minagri también puede buscar canales de acuerdo con el sector privado, de manera de que al estímulo de precios se le sume una cierta garantía de que la comercialización será llevaba adelante de manera justa para todos”, plantea.

Pero, la crisis alimentaria va mucho más allá de lo productivo.

“Este es un tema de alimentación, no de producción. Es de precios. Por lo mismo, aquí lo que se requiere es un cambio de mirada, entendiendo que el problema no se soluciona con los productores, porque lo que falta es el recurso de compra de las personas”, recalca María Emilia Undurraga.

Por lo mismo, el foco debe ser mucho más amplio que el agrícola.

“Cuando el problema es el acceso, el eje de la política tiene que ser social. Porque el aumentar la producción local no va a generar una caída en los precios. Nadie va a aumentar su producción para que le paguen menos que al productor del país que nos provee nuestro déficit”, plantea Furche.

“Frente a esta crisis alimentaria y climática, el Minagri no puede solo. Este problema es mucho más grande que sus facultades y recursos. Todos tenemos que apoyarlo, sin color político, es urgente formar un Comité Interministerial, con Hacienda, Economía, Desarrollo Social, Ciencias y Medio Ambiente. El tema ya llegó”, acota Walker.

Actuar para el futuro

Si bien el Covid y la guerra son realidades que agudizaron la inseguridad alimentaria, el gran impacto y que no tiene un término cercano, viene de la crisis climática. Y es ahí donde tiene que enfocarse la mirada de mediano y largo plazo, dicen los exministros.

“Tenemos que buscar una solución de shock esta temporada, pero hay que pensar la seguridad alimentaria a mediano y largo plazo. Y es seguridad hídrica, inversiones en riego e innovación y tecnología para prepararnos para el cambio climático. Ahí se necesita largo plazo, no parches. Hay que entender que no es solo productivo”, enfatiza María Emilia Undurraga.

La visión de todos es similar y, también coinciden en que un elemento clave es el agua. “Este debe ser un foco fundamental, en el que debiera haber una apuesta clara, no del Gobierno, sino del Estado, porque esto es para el largo plazo”, dice Furche.

Se trata de que la política y las acciones se focalicen en modernizar, en la gestión y en la disponibilidad.

Álvaro Rojas insiste en que “la erradicación de sistemas tradicionales de riego, el mejoramiento de canales de regadío, una mejor gestión del agua a nivel de asociaciones de canalistas, incentivo aún más robusto a la tecnificación del riego, avanzar en la construcción de obras de regadío, son medidas que deben ser conjugadas con un mayor énfasis. Si bien existe una cierta coordinación entre los ministerios y servicios vinculados con el agua en el sector agrícola, se trata de una instancia que debe ser escalada a un nivel más estratégico, de una mayor autonomía, que garantice una gestión más eficiente del recurso. Los cambios regulatorios que se hagan en los distintos eslabones del sistema deben tener una clara mirada estratégica de largo plazo”.

Pero el hídrico no es el único problema que trajo el cambio climático. La variabilidad del clima —con alzas y bajas extremas de temperaturas, aumento de la salinidad, sequía, o inundaciones— que deja el calentamiento global ha significado que los cultivos se tengan que desplazar de sus zonas habituales. Además, aparecen nuevas plagas y enfermedades que los golpean.

Por ello, potenciar la innovación y tecnología agroalimentarias debe estar también en la mira de una política que busque la seguridad alimentaria, dicen los exministros.

“Ello permitirá acelerar la adaptación de los sistemas productivos. Aquí el rol del INIA y del FIA, así como de todas las universidades, especialmente las regionales, se vuelve esencial”, dice Furche.

María Emilia Undurraga insiste en que el cambio de mirada debe partir por cambiar el sesgo urbano que hoy existe al planificar todas las políticas públicas. “Históricamente hemos transitado hacia la modernidad como vida urbana, con lo que ella involucra, lo que ha profundizado la brecha urbana y rural y que ha llevado a que todas las políticas se planteen desde las necesidades urbanas. Por eso es tan importante el desarrollo rural”.

Y todos son enfáticos en ya no hay más tiempo para análisis, sino que se requiere acción con medidas ya, porque la urgencia es real, y que la forma de evitar que se convierta en una catástrofe es con trabajo colaborativo, en equipo.


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