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Manejo integrado de la nutrición, un aliado en la producción frutal

El sistema entiende al suelo y a la planta como un todo, por lo que busca que exista un equilibrio biológico entre ambos, a través de diversos manejos, para que así el cultivo encuentre las condiciones óptimas para absorber los nutrientes necesarios y exprese al máximo su potencial productivo.

Jueves, 15 de octubre de 2020 a las 8:30
- Este manejo preserva el recurso suelo e incluso es capaz de mejorar su condición con el tiempo, entregándole sustentabilidad al sistema productivo agrícola, sin necesidad de transformarse en orgánico, dicen los expertos.
Crédito: Freepik
Rolando Araos Millar

Lograr que un cultivo frutal satisfaga su demanda de nutrientes y alcance su máximo potencial productivo sin comprometer la condición del suelo es clave para la producción agroalimentaria sustentable y sostenible en el tiempo.

Una forma de conseguirlo es a través del llamado manejo integrado de la nutrición (MIN), a través del cual el sistema suelo-planta se ve como un todo que debe estar en equilibrio biológico, físico y químico.

Así, el MIN consiste en entregarle al suelo las condiciones físicas y químicas ideales, lo que promoverá una óptima absorción de nutrientes por parte de la planta, evitando la sobre fertilización y el exceso de enmiendas químicas.

“Esto preserva el recurso suelo e incluso es capaz de mejorar su condición con el tiempo, entregándole sustentabilidad al sistema productivo agrícola, sin necesidad de transformarse en orgánico”, dice María Paz Roses, experta en nutrición frutal y fundadora de Agrointegral.

La experta asegura que este tipo de prácticas, de mantenerse en el tiempo, pueden mejoran las producciones frutales tanto en calidad como en cantidad, junto con disminuir el uso de insumos.

“Hemos visto efectos muy potentes en uva de mesa, paltos, cítricos y cerezos, sobre todo en plantaciones de más de 8 o 10 años manejadas bajo sistema convencional, los que han aumentado su productividad, al menos, un 10%”, explica Roses.

Infografía: Rolando Araos Millar | Basado en la información entregada por los diversos expertos participantes en la nota.
Recursos: Genial.ly y Freepik

El primer paso, un suelo físicamente óptimo

La piedra angular del manejo integrado de la nutrición es el suelo y sus características físicas, las que deben ser las adecuadas para que el cultivo expanda sus raíces y se nutra de manera adecuada.

Ello significa que el suelo debe poseer macro y microporos que faciliten el flujo tanto de agua como de aire, con el fin de que la planta no sufra asfixia radicular.

“En general, se dice que un suelo ideal tiene entre un 45% a 50% de porosidad, de la cual el 25% son microporos que se relacionan con la capacidad de retención de humedad; y entre un 20% a 25% de macroporos que determinan la aireación del suelo”, asegura María Paz Roses.

Estos valores se obtendrán en un suelo que se encuentre descompactado.

Por ello, lo primero es determinar el nivel de compactación, para lo cual es necesario conocer el tipo de textura del suelo —arenosa, franco arenosa, franca, franca arcillosa o arcillosa— y cuál es su densidad aparente (DA). Para ello es necesario realizar muestreos a nivel de suelo en la zona de crecimiento de las raíces de los frutales.

“Idealmente, se deben realizar a 30 cm de profundidad cuando se utilizan portainjertos con raíces menos exploradoras y entre 30 y 60 cm cuando se utilizan portainjertos más vigorosos y de raíces más profundas”, dicen Daniela Simeone y Loreto Arenas, expertas en ecofisiología frutal del Centro de Pomáceas de la Universidad de Talca.

Tales muestras, que deben ser analizadas en un laboratorio, entregarán la DA en gramos por centímetro cúbico de suelo (g/cc). Dependiendo de la textura del mismo, se considerará que el suelo no está compactado, cuando las cifras sean las siguientes (ver tabla):

Densidad aparente ideal según textura de suelo:
Textura de suelo Densidad aparente ideal (g/cc)
Arenosa

1,55 a 1,8

Franco arenosa

1,4 a 1,6

Franca

1,35 a 1,5

Franca arcillosa

1,3 a 1,4

Fuente: María Paz Roses

En caso de que las cifras superen este valor, será necesario realizar un trabajo de descompactación. Para ello, bastará con pasar arados subsoladores en la entrehilera de los frutales, teniendo sumo cuidado de no dañarlos.

Para ello, es necesario pasar con un subsolador a una velocidad de entre 2 a 4 km/h, cuya unidad de rotura (gancho que rompe el suelo) alcance una profundidad de 70 cm.

“Las pasadas de aradura deben ser en periodos en que el terreno presente la humedad adecuada de acuerdo al tipo de suelo, para permitir la rotura del terrón (masa de tierra)”, asegura Yonathan Redel, investigador en fertilidad de suelo y nutrición del INIA Intihuasi.

Por lo mismo, usualmente, la mejor época es el otoño, donde se alcanza un nivel de humedad que facilita el rompimiento del suelo. En invierno, en cambio, el terreno puede estar muy fangoso, mientras que en primavera y verano podría ser muy difícil de romper.

Redel recalca que puede ser especialmente difícil determinar el momento idóneo para subsolar aquellos suelos rojo-arcillosos, los que presentan una ventana de trabajo muy estrecha para las labores de descompactación, en cuyo caso se recomienda la asistencia de un asesor.

Determinación del nivel de humedad del suelo, según la respuesta al paso de la maquinaria:
Nivel de humedad de suelo Respuesta del suelo al trabajo de la maquinaria
Seco

Alta resistencia al corte del subsolado. Presencia de grandes terrones.

Húmedo

Menos requerimiento de energía para ejecutar la labor.

Saturado

Dificultades para transitar sobre el suelo, ya que las herramientas se pegan al terreno.

Líquido

Solo para labores de fangueo en el cultivo de arroz.

Fuente: INIA

Tras las labores de descompactación se aplicará materia orgánica como compost o té de compost, en dosis de entre 10 a 20 litros por hectárea.

“Las dosis son generales, no hay una regla tan estricta, porque dependerá de la zona donde se trabaje; en zonas del norte, con suelos cálidos, la velocidad de descomposición será muy rápida, mientras que en el sur, la escasa temperatura puede perjudicar la descomposición de los residuos, por lo que habrá que limitar su aplicación”, dice Redel.

Conociendo el pH del suelo

El pH del suelo es uno de los factores químicos más críticos en cualquier sistema agrícola, debido a que un terreno muy ácido o básico —pH muy bajo o muy elevado respectivamente— pueden impactar negativamente en la absorción de nutrientes de la planta.

“Un pH entre 5,5 y 6,5 es considerado óptimo, dado que existe una mayor asimilación de nutrientes por las raíces. Valores altos (sobre 7,5, considerado base) disminuyen la disponibilidad de fósforo, hierro y zinc, mientras que valores bajos (menores a 5,5, considerado ácido) pueden aumentar las concentraciones de aluminio y manganeso”, aseguran las expertas del Centro de Pomáceas de la Universidad de Talca.

Tales valores se obtendrán con el análisis de suelo realizado previamente.

En caso de que el terreno registre un pH muy bajo —común en el sur del país—, la alternativa más eficiente consiste en aplicar enmiendas calcáreas, las que neutralizan los procesos de acidificación en el suelo.

Dentro de los productos que se pueden utilizar destacan el óxido de calcio, hidróxido de calcio, dolomita o magnecal, carbonato de calcio, óxido de magnesio o conchas molidas.

Para ello es posible utilizar una máquina encaladora en toda la zona que no se encuentre plantada o sembrada para que reparta el producto en polvo de manera uniforme. Tras ello se deberá incorporar el material en el suelo, mediante el uso de una rastra o un arado de disco.

“Este manejo favorecerá la disposición de nutrientes disponibles para la planta en el suelo”, asegura Redel.

Si el pH es muy alcalino, lo que suele suceder en los suelos del norte, una de las recomendaciones es aplicar azufre en dosis de 1kg por metro cuadrado, o sulfato de hierro en cantidades de 4 gramos por litro de agua.

“Otra opción es realizar enmendando con yeso, junto con aplicaciones de materia orgánica donde la dosis de ambos dependerá de la realidad del cultivo”, dice Redel.

La relación entre el desarrollo radicular y el riego

Una vez que los factores físicos y químicos del suelo han sido regulados y optimizados, el siguiente paso consistirá en estimular y favorecer el desarrollo radicular del cultivo, para lo cual es clave la gestión adecuada del riego.

“Se debe regar donde se concentra el 80% del sistema radicular. En la medida que estas raíces vayan aumentando el volumen de suelo explorado, se va aumentando el volumen de suelo regado”, asegura Roses.

Para ello es necesario conocer la ubicación específica de las raíces a través de calicatas y allí emplazar los sistemas de riego, independientemente de si son por goteo, microaspersión, surco u otro tipo.

“Más allá del sistema, lo importante es que, al regar, no se produzcan escorrentías y empozamientos superficiales”, indica Francisco Meza, investigador en recursos hídricos del INIA Intihuasi.

Otro elemento clave en el desarrollo radicular se relaciona con el nivel de conductividad eléctrica del agua. Si esta es muy alta, dificultará a la raíz absorber todos los nutrientes y minerales necesarios para su crecimiento.

“La conductividad eléctrica del agua de riego debe ser menor a 1,5 decisiemens/metro (dS/m) para asegurar una mayor disponibilidad de nutrientes y una concentración de sales que no provoque daños al cultivo”, indican Daniela Simeone y Loreto Arenas.

En caso de que la conductividad sea mayor —para determinarlo basta con tener un conductímetro portátil y sumergirlo por unos instantes en el agua que se desea analizar— se tendrá que buscar la razón. La causa más común es un exceso de fertilizantes, lo que impacta en las corrientes de agua cercanas, contaminándolas y aumentando su concentración salina. Para evitar esta situación se debe adecuar el programa de fertilización, lo que implicará, además del menor impacto ambiental, una reducción de costos.

Si, por el contrario, el agua tiene una alta conductividad de origen, la solución será realizar una mezcla de aguas. Aquí lo que se hará es mezclar dos aguas de distintos orígenes, en las mismas concentraciones o cantidades.

Por ejemplo, si se mezclan 500 litros de agua de un pozo, con una conductividad eléctrica de 2 dS/m; con 500 litros de otra proveniente de un río, con una conductividad de 2,3 dS/m, se conseguirá que el agua resultante tenga una conductividad cercana a los 2.15 dS/m.

Además, esto será de utilidad si la cantidad de agua disponible en el pozo no sea suficiente para satisfacer la demanda hídrica de los cultivos.

Eso sí, es importante contar con estanques o tranques con capacidad suficiente para realizar la mezcla de aguas.

Todos los manejos mencionados pueden complementarse con la aplicación de aminoácidos radiculares específicos en el peak de crecimiento radicular, el que suele ocurrir en primavera y poscosecha.

“Estos productos no hormonales aportan energía y estimulan un desarrollo más rápido y abundante de raicillas y pelos absorbentes”, asegura María Paz Roses, destacando que esto facilitará que la planta adquiera los minerales y nutrientes que necesita desde el suelo.

Un adecuado programa de fertilización

Una vez que se ha trabajado el suelo y se ha favorecido el desarrollo radicular con un riego adecuado, es contar con un programa de fertilización eficiente, es decir, que entregue solo lo que la planta necesita.

Entendiendo que cada cultivo frutal es diferente, se deberá obtener la dosis a aplicar para cada realidad, predio, cultivo, variedad y portainjerto.

Para ello, una forma de calcularlo es conocer la cantidad de nutrientes que la planta extrajo durante toda la temporada, para lo que será necesario realizar un análisis de la fruta en poscosecha.

Para esto, será necesario realizar un análisis del tejido de la fruta cosechada, lo que permitirá conocer la cantidad de nutrientes extraídos.

De esta forma, si por ejemplo un frutal de uva de mesa extrajo, por cada 100 gramos de fruta, 90 mg de nitrógeno (N); 30 mg de fósforo (P); 190 mg de potasio (K); 10 mg de calcio (Ca) y 9 mg de magnesio (Mg), será posible calcular los valores y volúmenes extraídos por el cultivo.

Para ello, será necesario conocer la producción total por hectárea. Suponiendo que esta fue de 25.000 kg/ha, los valores de extracción serían:

Extracción = concentración de nutriente en fruto x volumen de producción

Extracción de N = 0,9 kg N/t de fruta x 25 t/ha = 22,5 kg/ha

Extracción de P = 0,3 kg P/t de fruta x 25 t/ha = 7,5 kg/ha

Extracción de K = 1,9 kg K/t de fruta x 25 t/ha = 47,5 kg/ha

Extracción de Ca = 0,1 kg Ca/t de fruta x 25 t/ha = 2,5 kg/ha

Extracción de Mg = 0,09 kg Mg/t de fruta x 25 t/ha = 2,25 kg/ha

Entendiendo que los valores obtenidos equivalen solo a la extracción de nutrientes por parte de la fruta, será necesario extrapolar estos valores a la realidad de toda la planta, teniendo en consideración el gasto energético que representa el crecimiento de raíces y madera de renovación y permanente, así como, el gasto por crecimiento de las hojas.

Para ello, la fórmula más simple consiste en multiplicar los valores obtenidos anteriormente por los siguientes factores: 4 (nitrógeno), 2 (fósforo), 3 (potasio), 10 (calcio) y 8 (magnesio).

De esta forma, las dosis a reponer serían: 90 kg N/ha, 15 kg P/ha, 142,5 kg K/ha, 25 kg Ca/ha y 18kg Mg/ha.

Si bien este cálculo aplica solo para la uva de mesa, con ayuda de un asesor será posible obtener los valores específicos para cada cultivo.

En el siguiente listado, podrá conocer los nutrientes fundamentales a aplicar, así como la importancia de cada uno dentro del ciclo suelo-planta.

Nutrientes a aplicar y su importancia dentro del MIN:
Nutriente Rol que cumple Principal problema asociado a su aplicación
Nitrógeno (N)

Actúa como impulsor del desarrollo vegetativo y la expansión radicular.
La mayor demanda de nitrógeno se da en las etapas de alto desarrollo vegetativo y cuando inicia la generación de reservas.

La mayoría de los huertos presentan una sobre fertilización con nitrógeno, lo que produce intoxicaciones en primavera, exceso de crecimiento vegetativo, aumenta los trabajos de deshoje, poda, entre otros.
Además, retrasa la maduración de la fruta y su vida útil en poscosecha.

Fósforo (P)

Es uno de los principales minerales que fomentan el desarrollo del sistema radicular de la planta.

Es común observar bajos contenidos de fósforo en los análisis foliares, aun cuando este mineral esté disponible en el suelo, debido a que cultivos con sistemas radiculares pobres y/o enfermos disminuyen considerablemente la absorción de este elemento.

Potasio (K)

Encargado del crecimiento, llenado y desarrollo óptimo de los frutos.
Además, regula la apertura y cierre estomático, por lo que deficiencias de potasio tienden a provocar que las plantas reaccionen de forma más lenta frente a bruscos cambios ambientales.

En general, los suelos de Chile son bajos en potasio.

Calcio (Ca)

Su principal labor se da en la constitución de la pared celular del fruto y en la división celular del mismo.
A mayor división celular, mayores serán los calibres.

Los suelos, en la zona centro-norte de Chile, normalmente poseen altas concentraciones de calcio. Sin embargo, en muchos casos, no suele estar disponible para la planta por problemas derivados de la alcalinización del suelo.

Magnesio (Mg)

Molécula central de la clorofila (elemento que transforma la luz del sol en energía), por lo que la deficiencia de esta nutriente afecta, en forma directa, el potencial fotosintético de la planta.

En general, este nutriente suele estar en buena concentración de suelo, por lo que hay aportarlo en forma puntual al inicio del desarrollo vegetativo.

Fuente: María Paz Roses


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