La Copa del Mundo transcurre con la emoción que la distingue desde que Jules Rimet la creó en 1930 para instaurarla y marcar diferencia con los Juegos Olímpicos. También para que se abriera a los futbolistas profesionales. En estos 96 años ocurrieron alteraciones reglamentarias, que no trastocaban la esencia futbolística.
Incorporar las sustituciones y las tarjetas amarillas y rojas, como un mecanismo de comunicación universal, fue un salto adelante en México 70. Inglaterra 66 provocó dudas razonables. Se requerían reformas para sustentar la transparencia. Italia 90 resultó un punto de inflexión. La amenaza del desinterés se expandía a partir de sistemas ultradefensivos, que disponían de un aliado: la posibilidad de entregar la pelota al arquero y que este la tomara con las manos.
La prohibición de ceder el balón al portero alteró la táctica. Los goleros aprendieron a jugar con los pies y el tiempo efectivo aumentó. En teoría, las diferencias entre los cuadros de mayores y menores recursos se acrecentaron.
El mensaje de la IFAB (International Football Association Board), oráculo del reglamento, y la FIFA fue claro: apurar el trámite, darle continuidad y aumentar la cantidad de goles. La última revolución fue el VAR, que apuntó a colaborar con los árbitros y disminuir el margen de error.
Como ocurre con cierta frecuencia en este siglo, a partir del 1 de julio la FIFA implementó modificaciones e interpretaciones a las normas. El objetivo es claro: aligerar, evitar las artimañas para interrumpir el juego en los cambios y lesiones, por lo general evidentes para robar algunos minutos o cortar el ritmo de un equipo apremiado.
En esta ocasión se apuntó a los laterales, a las reposiciones de los arqueros, a las sustituciones y los lesionados que pretenden un beneficio después de una falta.
Loable intención, que choca con la determinación de la FIFA de introducir las pausas de hidratación en los partidos de la Copa del Mundo que se disputan en Estados Unidos, Canadá y México. Una contradicción vital. Una resolución inentendible, amparada en criterios comerciales que transforman al fútbol en un deporte de cuatro tiempos, de 25 minutos cada uno.
Los inventores británicos se dan vueltas en la tumba cuando observan la fisura de una piedra filosofal. La guinda de la torta será la final: el entretiempo durará 30 minutos. Un despropósito, que altera de forma grosera el desarrollo de los partidos.
Si el afán de las nuevas normativas era combatir a los tramposos y especuladores, la pausa de hidratación derrumba ese criterio. El público, casi siempre sabio, abuchea de inmediato cuando los árbitros aplican la insensata medida. Algunas cadenas de televisión, acaso en una decisión testimonial, pero coherente en términos editoriales, no vendieron el espacio y optan por analizar lo que sucede en la cancha. Pueden hacerlo las cadenas públicas. Las que se baten en el mercado, de forma legítima, encontraron una forma de amortizar derechos de transmisión feroces y operaciones de costos brutales.
Las pausas de hidratación, entendibles por ejemplo para Chile-Australia en Cuiabá, fueron desnaturalizadas. El fútbol, viejo y noble, soporta decisiones de marcianos universales.