Señor Director:
En una reciente columna, Eugenio Tironi sostiene que “gobernar es corregir y sustituir”, sugiriendo que la prudencia presidencial consiste en la disposición de abandonar el programa ante el primer embate de las circunstancias. Es una tesis que subraya la idea de un sano pragmatismo, pero que ignora el trauma de los últimos años: una ciudadanía convencida de que las instituciones renunciaron a canalizar el malestar y una dirigencia que ya no cree en sus propias palabras. El resultado es una orfandad que explica desde el estallido hasta la derrota histórica de la izquierda.
Los gobiernos no pueden nacer resignados a la administración inercial del aparato público. El mandato presidencial es, por definición, un ejercicio de persistencia deliberada. Si bien dicha hoja de ruta no constituye una norma rígida, tampoco puede ser degradada a la condición de “papel mojado”. De lo contrario, se despoja de sentido a la solemnidad institucional del debate y a la movilización de las urnas: ¿qué valor tiene el sufragio si el destino ineludible es la capitulación programática?
Este itinerario debe ser el vector que otorgue coherencia al vínculo entre Estado y ciudadanía. Sin esa voluntad transformadora, el diagnóstico de la derecha —centrado en seguridad, crecimiento y migración— pasará a ser una fórmula de mera exhibición electoral. Corresponde a la élite intelectual generar las condiciones anímicas e institucionales para que, mediante la deliberación democrática, se determine la viabilidad de los cambios proyectados y no su sepultura prematura.
Exigir la abdicación a tan solo 54 días de gestión no es realismo; es la ruta hacia una “peruanización” del sistema, donde el Ejecutivo deviene en una figura decorativa, cautiva del statu quo. Así, “gobernar es corregir y sustituir” bien puede ser el epitafio de una actividad pública vaciada de trascendencia.
Cristóbal Osorio Vargas
Profesor Derecho Constitucional U. de Chile