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Un Ingreso Básico Universal con perspectiva de género en una nueva Constitución

"...Ayudaría a dignificar el trabajo de cuidado, además de funcionar también como una herramienta para subvertir los roles de género (...) Para que funcione como compensación o incentivo el IBU de los sujetos dependientes requiere ser igual al de sus cuidadores, a fin de permitirles cubrir no solo las necesidades materiales del dependiente, sino que también el coste de oportunidad de sus cuidadores(as)..."

Martes, 15 de septiembre de 2020 a las 9:48
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Alejandra Zúñiga
El covid-19 está provocando impactos específicos sobre las mujeres que profundizan las desigualdades de género existentes, tanto al interior de los hogares como fuera de ellos. Según la OIT, a nivel mundial, las mujeres ejecutan el 76,2% del total de horas de trabajo no remunerado de cuidados, es decir, más del triple que los hombres —cifra que en Asia y el Pacífico se eleva al 80%1 —. La última encuesta del INE muestra que la tasa de desempleo entre las mujeres alcanzó el 10%, frente al 8% de igual período del año pasado (mientras que en los hombres fue de 8,3% frente al 6,2% de hace un año). Además, hay 4,2 millones de mujeres fuera de la fuerza de trabajo remunerado, es decir, la cifra aumentó a 13%. Con esto, la tasa de participación laboral femenina bajó a 47%, el registro más bajo desde el año 2010, y todo indica que seguirá bajando.

Estos datos vaticinan que la independencia de las mujeres será una víctima silenciosa de la pandemia pues, al magnificar las desigualdades existentes, el aislamiento de los hogares seguirá desplazando el trabajo de cuidado desde la economía remunerada —guarderías, escuelas, niñeras— a la no remunerada. Por ello, las elecciones de muchas familias en los próximos meses tendrán una perversa lógica económica. ¿A quién se le paga menos? ¿Quién tiene flexibilidad laboral? La mujer. Entonces, puesto que sus trabajos se consideran de menor prioridad cuando se producen interrupciones, es posible que sus ingresos nunca se recuperen.

Con todo, aunque esta crisis se pronostica duradera, también nos ofrece una oportunidad. Durante demasiado tiempo cuidar ha sido sinónimo de desprotección y precariedad. Vivimos en un mundo laboral pensado para personas que no cuidan y la sociedad ha asumido que el cuidado de niños, enfermos y ancianos puede ser absorbido “sin costo” por las mujeres, quienes subsidian así a la economía remunerada2. Pero la pandemia está revelando la verdadera escala de esta distorsión y la necesidad urgente de promover un cambio. El reconocimiento en la nueva Constitución de un Ingreso Básico Universal (IBU) podría ser la primera oportunidad real en la historia para reconocer el trabajo de cuidado que realizan las mujeres en todo el mundo gratuitamente.

Pero, ¿qué es un Ingreso Básico Universal? Se trata, en términos generales, de un pago en efectivo que se transfiere de cuentas públicas a privadas, a lo largo de toda una vida, sin precondiciones, exigencias o exámenes de ingresos, para cubrir el mínimo de subsistencia socioculturalmente definida3. El IBU se fundamenta moralmente al permitir a todas las ciudadanas(os) recibir parte de los frutos de la cooperación social. A la comprensión de la comunidad como un esquema de cooperación que requiere, para funcionar adecuadamente, que todas las personas posean los recursos necesarios para la libertad, se suma el hecho de que el IBU sería el piso mínimo para responder como sociedad a las demandas históricas por la igualdad de género, reconociendo el valor del trabajo no remunerado, debido a la transferencia sistemática y no recíproca de su fuerza de trabajo hacia los hombres.

Un IBU compensaría (en el sentido de Rawls) a las mujeres que, aun realizando un trabajo asalariado, dedican una jornada complementaria (la invisible doble jornada) a tareas de cuidado. Recordemos que, todavía, cuando se mide la actividad económica de un país el trabajo de cuidado no remunerado no se suma al cálculo del PIB, aun cuando las labores de crianza y cuidado de enfermos y ancianos son cruciales para el crecimiento de un país. Por ello, la economía feminista ha desarrollado varios modelos de contabilización monetaria que revelan que el trabajo doméstico representa entre un quinto y un tercio del PIB de los países, haciendo más fuerte aún la demanda moral por una compensación económica y simbólica4.

Un IBU con perspectiva de género ayudaría a dignificar el trabajo de cuidado, además de funcionar también como una herramienta para subvertir los roles de género incentivando a que los hombres puedan también optar por el trabajo de cuidado. ¿Cómo? La reevaluación masculina del trabajo no remunerado de cuidado requiere considerar el efecto que puede tener, no solo para los dependientes, sino que también para sus cuidadores, sean mujeres u hombres5. Por ello, es necesario dejar claro que no todo IBU es sensible al género, pues varias propuestas de ingreso básico reducen el ingreso de los niños a la mitad o al 30% del de un adulto. Para que funcione como compensación o incentivo el IBU de los sujetos dependientes requiere ser igual al de sus cuidadores, a fin de permitirles cubrir no solo las necesidades materiales del dependiente, sino que también el coste de oportunidad de sus cuidadores(as).

Un IBU feminista será aquel que permita que el ingreso básico de los niños sirva también como prestación económica, o como salario, para quien se ocupe de su cuidado de modo que, aunque casi siempre es la madre, el padre podría eventualmente preferir asumir esa tarea —ahora, indirectamente remunerada— en vez de tener que realizar un trabajo extenuante y mal pagado. De este modo, el IBU de las personas sujetas al cuidado de otros sería administrado por quien los cuida, constituyéndose en una recompensa económica indirecta para quienes asumen esa responsabilidad y mejorado los incentivos para que también los padres asuman el cuidado de sus hijos, enfermos y ancianos.

El reconocimiento de un IBU en una nueva Constitución permitirá mejorar sustancialmente la calidad de vida y la valoración social del trabajo de cuidado, contribuyendo al desarrollo de un nuevo pacto social en el que mujeres y hombres podrán ver garantizado su “derecho a la existencia” y, además, subvertir sus clásicos roles de género reconociéndose, económica y simbólicamente, el formidable aporte que las cuidadoras(es) hacen a la sociedad.

* Alejandra Zúñiga-Fajuri es profesora de Derecho Constitucional e investigadora en el área de la justicia distributiva y el derecho a la protección de la salud en la Universidad de Valparaíso.

  
1 OIT (2019). The Unpaid Care Work and the Labour Market.  An analysis of time use data based on the latest World. Compilation of Time-use Surveys / Jacques Charmes; International Labour Office – Geneva, ILO.
2 Comunidad Mujer, 2019. ¿Cuánto aportamos al PIB? Estudio de Valoración Económica del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado en Chile).
3 Van Parijs, Philippe (2000). “A Basic Income for All”. Boston Review, October/November: 4-8.
4 Comunidad Mujer (2019). ¿Cuánto aportamos al PIB? Estudio de Valoración Económica del Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado en Chile.
5 Robeyns, Ingrid (2001). “Will a Basic Income Do Justice to Women?”Analyse & Kritik 23 (1):88-105. 

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