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Un reciente caso de sicariato en Chile

"...Como contratación individual de un homicida, es la base de la violencia organizada. Constituye también un reto para los investigadores, pues el interesado en el asesinato aparece en un principio como anónimo, escondido tras el brazo del ejecutor material. Por principio, a mayores recaudos que haya tomado el delincuente en pos de su impunidad, más grave debe juzgarse el crimen..."

Lunes, 29 de junio de 2020 a las 12:30
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Julio E. Chiappini

Cada tantos años la prensa chilena estremece con la noticia de un homicidio por encargo. Mauricio Silva recuerda en El Mercurio el caso La Quintrala, ocurrido en 2008, y en el que se mezclan relaciones de familia, el crimen pasional y un asesino a sueldo. El reciente asesinato de un ingeniero comercial en Concón revive la preocupación por esa modalidad delictiva, que se conjuga en con demandas por mayores controles migratorios y de antecedentes en general. El fenómeno ciertamente que no es nuevo: ya Benjamín Vicuña Mackenna relata que “existía en Santiago por el año de 1844 un famoso ladrón, cuatrero y en casos de necesidad asesino, llamado Pedro Vilatema”1.

Aunque el sicariato en Chile no es todavía un suceso tan frecuente como lo fue en Brasil, Colombia o México, constituye una problemática especial a prevenir, en especial para evitar que se extienda la contratación de sicarios radicados en el extranjero2 o la formación de grupos criminales que proporcionen este servicio. Justamente, “cuando se consolida la práctica del sicariato, deja de limitarse como un medio exclusivo de organizaciones criminales más o menos complejas, para pasar a ser un medio de resolución o ajuste de cuentas respecto a toda clase de conflictos, sean conyugales, políticos, sindicales o económicos”3. Las estadísticas criminales revelan en general que la principal causa del sicariato es el rencor fruto de una relación de pareja, seguido por el ánimo de lucro, la eliminación de testigos, la venganza y, en último término, los conflictos derivados del narcotráfico.

El sicario, a diferencia del asesino serial, no suele operar en solitario sino dentro, o al menos en contacto, con organizaciones criminales, a través de las cuales se procura clientes. El caso en análisis, por ejemplo, parece haber provenido de un grupo dedicado a la usurpación y estafas inmobiliarias. El intermediario entre mandante y mandatario del homicidio coopera como cómplice (art. 16).

El sicariato encuadra en la calificación del art. 391, primera parte, inc. 2. Es decir, como homicidio “por premio o promesa remuneratoria”. Por lo conocido hasta ahora, habrían concurrido ambas circunstancias: un principio de pago y una promesa de $5 millones. A su vez, dicha forma del asesinato suele concurrir formalmente con las agravantes de alevosía y premeditación.

El homicidio por encargo es, como el cohecho, de un caso de coautoría necesaria: tanto el homicida como su comitente son autores (art. 15, incs. 1 y 2). En ese sentido, la calificación se justifica por “la concurrencia necesaria de personas en el delito”, como así también en “el negocio que conciertan contra la vida de otro”4, contratación del objeto más espurio e inmoral que puede imaginarse (art. 1462 del Código Civil). Para Marchiori, “este contrato o convenio verbal o escrito señala el grado de patología y peligrosidad de los autores”5.

Bien se enseña que “corresponde a la acusación probar la existencia del premio o de la promesa de entregarlo, y también de su carácter remuneratorio, esto es, valuable en dinero”6. Empero, la doctrina argentina extrema con error la exigencia probatoria cuando opina que en estos casos “se exige abandonar el principio vigente en materia de participación criminal, de que para condenar al partícipe no es siempre necesario conocer al autor principal. O sea, no es suficiente que el agente ejecutor afirme la existencia de un mandante. Este debe ser conocido, porque, de no ser así, es posible que exista un propósito personal de dar muerte, oculto bajo la presunta comisión”7. Desde la doctrina colombiana, en cambio, se interpreta que “para condenar al sicario por homicidio agravado no es estrictamente necesario que también se condene al instigador, pues esta bien pudo ser una persona que no se pudo identificar, o que había fallecido poco después, con tal que aparezca nítidamente prueba que indique que el homicida mató por precio o promesa remuneratoria, como serían los documentos, cartas, grabaciones que contengan la oferta”8. Asimismo, “esta certeza puede surgir de los medios habituales de prueba (vg., un incremento patrimonial abrupto e incausado del patrimonio del sicario después del delito), confesión del asesino, cartas anónimas en que se contratan sus servicios, testimonios de intermediarios que se nieguen a revelar la identidad del interesado y pagador, etc.”9. Un estudio de las relaciones de la víctima, los móviles del crimen, el modo en que fue cometido, los antecedentes del sicario, podrán también coadyuvar a identificar al comitente.

El sicariato, como contratación individual de un homicida, es la base de la violencia organizada. Constituye también un reto para los investigadores, pues el interesado en el asesinato aparece en un principio como anónimo, escondido tras el brazo del ejecutor material. Por principio, a mayores recaudos que haya tomado el delincuente en pos de su impunidad, más grave debe juzgarse el crimen (arg. art. 12, inc. 11). No se trata, pues, de cualquier delito, sino de uno que de naturalizarse puede “destruir los cimientos de nuestra sociedad”, como bien advierte Valentina Correa. Su elucidación y sanción, además de la justicia en el caso particular, contribuiría a un importante fin de prevención general.

* Julio E. Chiappini es abogado penalista y profesor de Alemán Jurídico en la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.


1B. Vicuña Mackenna, La policía de seguridad, La República, Santiago, 1875, p. 25.
2 El sicario es mejor que resida en lugar distinto de donde obra. En Estados Unidos es una regla muy observada, también por la distinta legislación entre los Estados.
3 Julio E. Chiappini, El sicariato. Homicidio por precio, promesa remuneratoria, ánimo de lucro u otro motivo abyecto o fútil, Leyer, Bogotá, 2018, p. 33.
Chiappini, p. 39.
5 Hilda Marchiori, Delito y personalidad, Lerner, Córdoba, 1984, p. 35.
6 Jean Pierre Matus Acuña y Mª Cecilia Rodríguez Guzmán, Manual de derecho penal chileno. Parte especial, Tirant lo Blanch, Valencia, 2017, p. 91.
7 Jorge D. López Bolado, Los homicidios calificados, Plus Ultra, Buenos Aires, 1975, p. 161. En la misma están Levene (h.) y Breglia Arias.
8 Orlando López Gómez, El homicidio por motivo abyecto o fútil, precio o promesa remuneratoria, Nuevo Foro Penal 26-500.
9 Chiappini, p. 79.
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