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El status quo constitucional: perspectivas ante un claroscuro difuso

"...La discusión sobre un posible proceso constituyente sucesor del ya fenecido —y que tome nota de las lecciones que este ha dejado para la historia y el derecho—, no podemos olvidar que nos encontramos aún inmersos en un momento constitucional cuyas raíces se inician hace ya más de una década, en el marco de las movilizaciones estudiantiles de 2011, y que aumentase progresivamente en fuerza hasta el advenimiento del estallido social..."

Lunes, 3 de octubre de 2022 a las 17:00
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Francisco Zúñiga
El proceso constituyente que se iniciase con el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución el 15 de noviembre de 2019 llegó a su término con el resultado del plebiscito de salida de 4 de septiembre de 2022. Es necesario realizar esta primera precisión, porque permite retomar una distinción que en su momento se esbozara entre las ideas de proceso constituyente propiamente tal y de momento constitucional, planteada por el académico estadounidense Bruce Ackerman en su obra “We the people” (3 volúmenes: IAEN, 2014-2016).

Tomando nota del hecho que se encuentra muy en ciernes aún, la discusión sobre un posible proceso constituyente sucesor del ya fenecido —y que tome nota de las lecciones que este ha dejado para la historia y el derecho—, no podemos olvidar que nos encontramos aún inmersos en un momento constitucional cuyas raíces se inician hace ya más de una década, en el marco de las movilizaciones estudiantiles de 2011, y que aumentase progresivamente en fuerza hasta el advenimiento del estallido social en octubre de 2019. Más aún, el nuevo proceso constitucional que se busca viabilizar por la mayoría de las fuerzas políticas (con la excepción marginal del Partido Republicano y del Partido de la Gente) vendría a ser el tercero consecutivo, si consideramos aquella instancia que fuera impulsada por el segundo gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet Jeria y que fuese abortado tempranamente por su sucesor, Sebastián Piñera Echenique, apenas asumió el Poder Ejecutivo en marzo de 2018.

Ya en 2014, en el marco de la elaboración del programa presidencial de la entonces candidata Michelle Bachelet, esbozábamos en una obra colectiva —que tuve la oportunidad de coordinar— las visiones, antecedentes y debates en el marco de este momento constitucional y como ello podía decantar en una nueva Constitución que superase la circunstancia espuria de continuar bajo la vigencia de un decreto ley iusfundamental de la dictadura cívico-militar. En su presentación, enunciaba:

Finalmente, a título de cierre este libro recoge una breve sinopsis del debate constitucional para el ‘momento constitucional (Ackerman) que vive nuestro país (…). En cuanto al momento constitucional; sea un momento débil o fuerte, solo el por-venir nos dirá cual será su encuadramiento o incidencia en el alumbramiento de una nueva Constitución y de los procedimientos que a este efecto se empleen” .

El por-venir se convirtió en el presente en los procesos constituyentes ya concluidos, con una lamentable consecuencia común: estamos en presencia de dos procesos dilapidados: en el primer caso, la falta de sistematización de los resultados obtenidos en el muy exhaustivo proceso de cabildos constituyentes conllevó a la elaboración de un proyecto deficiente y poco considerado con el momento constitucional, y que, más aún, fue rápidamente descartado por el gobierno sucesor del Presidente Piñera; en el segundo, a pesar de las muy altas expectativas generadas por los contundentes resultados del plebiscito de entrada de 2020, la suma de actitudes que oscilaron entre la imprudencia, el maximalismo y la incivilidad en el marco de la labor de la Convención Constitucional generaron un escenario en que el impacto negativo de las formas, amplificado por el asedio del cerco multimedial que no dio tregua alguna; a la que se suma la deficitaria política y políticos en el seno de la Convención que allegaron a un amplio acuerdo, repercutió en el rechazo del texto propuesto en el plebiscito de salida recién pasado.

Estamos, entonces, en la presencia de un nuevo por-venir en este nuevo momento constitucional. El problema es que ante la incertidumbre del nuevo escenario estamos sumergidos en el claroscuro del que bien hablaba Gramsci en su minuto: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El momento constitucional, en este caso, ha oscilado en su intensidad y se corre un riesgo no menor en el hecho que, ante la falta de certezas, se termine diluyendo y generando, en consecuencia, la consolidación del actual escenario de status quo: la permanencia sine die de la Carta otorgada por la dictadura cívico-militar, que podría contar con un grupo decidido de defensores de una supuesta “ratificación” de la misma por el resultado del plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Postura que, en su mirada cortoplacista, no contempla análisis alguno de la dimensión del momento constitucional en el que estamos aún inmersos y las condiciones sociales que dieron pie a su generación.

Por ello, la necesidad de establecer bases para un nuevo —y esperamos, definitivo— proceso constituyente es imperiosa. Se ha producido en este escenario difuso una reproducción del clima político general potenciada por el desconcierto colectivo: por un lado, si tomamos nota de la propuesta de nueva Convención emanada del Frente Amplio, se observa que su primer planteamiento es, básicamente, una reproducción del formato fallido del proceso constituyente de 2019-2022, lo cual nos expone al riesgo que se produzca un efecto espejo y pasar de una Convención inclinada hacia la izquierda a una desbordada por derecha, con los efectos desestabilizadores que ello conlleva.

Por el otro, la actitud de los sectores de derecha ha sido errática, con permanentes desmentidos de sus propios actos (como lo fue, por ejemplo, el desmarque colectivo de Chile Vamos de los puntos concordados con las coaliciones de gobierno en la reunión del 12 de septiembre y el posterior delineamiento de un nuevo acuerdo aparte 10 días después, exigiendo la automarginación del Gobierno en el proceso de negociación ). Ello no es sino reflejo de la diversidad de opiniones del sector de centroderecha, muchas veces contrapuestas. Si a ello sumamos la posición contemplativa de La Moneda, únicamente dispuesta a acompañar el proceso, corresponde inevitablemente al Socialismo Democrático replicar el rol que tuvo el Colectivo Socialista en la Convención Constitucional: articular los consensos que permitan viabilizar un acuerdo de contenidos en las materias de interés nacional, y delinear cuáles serán los bordes que se establecerán respecto de tales contenidos. No es casual, en este sentido, el rol que han tenido los presidentes de ambas cámaras del Congreso, que han liderado la iniciativa en pos de mantener abiertas las instancias de diálogo.

Los riesgos de este escenario de claroscuro difuso están a la vista. La incertidumbre no puede ni debe ser prolongada artificialmente en el tiempo y menos en un contexto en el cual se anticipa una recesión económica prolongada.

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