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Alianzas para tiempos de crisis

Ante las amenazas a la seguridad alimentaria que impone la emergencia sanitaria, el modelo favorece la creación de empleo, la productividad y el incremento de ingresos.Además permite incorporar mejores prácticas agrícolas, la vinculación de la cadena y mantener el abastecimiento.

Martes, 14 de abril de 2020 a las 8:30
- Los proyectos, como el de Bolivia en la foto, contemplan el factor medio ambiental y la participación de financiamiento comercial.
Crédito: Banco Mundial
La más exitosa

Uno de los proyectos más exitosos ha sido Comrural, en Honduras, que consideraba la participación de instituciones privadas, como bancos comerciales, cooperativas de crédito y ahorro, que cofinanciaron hasta el 30% de las inversiones propuestas en los planes de negocio. Los productores debían contribuir, como mínimo, con el 10% del costo total.

Los indicadores usados para medir el éxito del proyecto, entre otros, son el aumento porcentual en el valor de las ventas brutas en relación con los planes de negocio, la satisfacción de los productores con los planes comerciales implementados, la participación de los actores privados y aumento porcentual de la productividad de la tierra y la mano de obra.

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Arnaldo Guerra M.

“El modelo de alianzas productivas puede favorecer la mitigación del riesgo actual, no solo sanitario, sino también económico”, dice PreetiAhuja, gerenta de Agricultura y Alimentos para América Latina del Banco Mundial.

Lo plantea en el contexto de la actual emergencia por el coronavirus en la que organismos internacionales concuerdan en que el sistema alimentario está amenazado tanto por el lado de la demanda, por una predecible recesión económica que impactará directo en los ingresos de la población y, por tanto, en su poder de compra, como en la oferta, a través de la cadena de suministros, dadas las actuales perturbaciones logísticas que interrumpen el buen funcionamiento del comercio.

Ahí es donde las alianzas tomarían más fuerza. “Por el lado de la demanda, y teniendo en cuenta que mayoritariamente sus beneficiarios son población rural vulnerable, el modelo favorece la creación de empleo, fortalece las organizaciones, mejora la productividad y, en especial, el incremento de ingresos, lo que permite estar mejor preparados ante adversidades económicas como esta. Por el lado de la oferta, el modelo de alianzas productivas no solo capacita a los productores para que incorporen mejores prácticas agrícolas, sino también los vincula con socios comerciales, fortaleciendo y creando alianzas horizontales y verticales, las cuales favorecen el mayor abastecimiento de productos dentro de las distintas cadenas alimentarias que conforman el sistema alimentario de un país”, destaca PreetiAhuja.

Se trata de un proyecto muy similar al que Indap lleva adelante en Chile, que bien podría incorporar novedades del modelo 2.0 del Banco Mundial, el que considera factores medioambientales y también la participación de entidades financieras privadas. En Chile, esta modalidad ya va para los 13 años de funcionamiento y a marzo de 2020 tiene operando 87 alianzas, entre Coquimbo y Los Lagos y que involucran a unos 1.500 productores, principalmente dedicados a losberries, apicultura, vitivinicultura y lechería, con un presupuesto de $4.964,9 millones.

Con la banca

El Banco Mundial lleva dos décadas con esta experiencia en América Latina y el Caribe, en la que ha financiado alrededor de 25 proyectos en 15 países con un billón de dólares.

La experiencia partió a principios de la década del 2000 como un modelo que vincula a pequeños productores rurales con mercados a través de una alianza comercial formal, mediante inversiones productivas, asistencia técnica, capacitación y acompañamiento y desarrollo empresarial.

“La vinculación de pequeños productores con un comprador pretende asegurar a ambas partes la compra y el abastecimiento de los productos a un precio justo y establecido. Esta transacción se formaliza de tal manera que ofrece seguridad y sostenimiento en el tiempo a ambas partes”, señala PreetiAhuja.

Con el tiempo, el modelo fue perfeccionándose. A diferencia de la experiencia chilena, instituciones financieras privadas —bancos comerciales, cooperativas de ahorro y crédito, e instituciones privadas de financiamiento para el desarrollo— cofinancian los planes de negocio de las alianzas productivas.

También resalta la incorporación de valor agregado —desarrollo de las cadenas agrologísticas, incorporación de valor añadido en las producciones, promoción del agroturismo e incentivo de las compras públicas— y, otra novedad, la contribución a la mitigación del cambio climático con la adopción de técnicas de agricultura climáticamente inteligente.

“Desde el 1 de octubre de 2018, todas las nuevas operaciones de financiamiento para proyectos de inversión deben diseñarse, aprobarse y ejecutarse cumpliendo los estándares socioambientales establecidos bajo el Marco Ambiental y Social del Banco Mundial. Los especialistas en dichos ámbitos trabajan con el resto del equipo para asegurarse de que se cumplan dichos estándares en todas y cada una de las fases del proyecto, hasta que este se considere finalizado”, destaca PreetiAhuja.

Se han incorporado, además, variables como el fortalecimiento del capital humano, con capacitaciones y educación, con énfasis en la integración de mujeres, jóvenes, población afrodescendiente e indígenas.

Necesidad de apoyo

Para la gerenta de Agricultura y Alimentos, varios son los problemas críticos comunes que han encontrado en los diferentes países en que operan con la experiencia.

“Los pequeños productores latinoamericanos suelen tener retos comunes, entre ellos, falta de insumos productivos —materia prima adecuada, fertilizantes, maquinaria y equipos y terrenos, entre otros—, escaso acceso al crédito y, muchas veces, a servicios de extensionismo o capacitación; baja tecnificación y, en muchos casos, escasez de infraestructura, tanto productiva como de poscosecha”, señala.

Y los efectos son importantes. Gran parte de las organizaciones de productores que participaron no solo se benefician mientras dura el proyecto, sino también una vez finalizado; por ejemplo, por las capacitaciones y el seguimiento recibido en materia de buenas prácticas agrícolas, manejo poscosecha y gestión eficiente de fertilizantes.

“Estos conocimientos seguirán siendo utilizados por el productor, posibilitando la reducción de costos, mejora de su productividad y eficiencia. Asimismo, los lazos que se establecen entre las organizaciones de productores y los compradores se constituyen de modo formal y también bajo un marco de cooperación y necesidad mutua, por lo que, en términos generales, perduran más allá del plazo del proyecto. Así lo demuestra el cumplimiento de las metas de los indicadores que se establecen durante la preparación del proyecto, a fin de medir su éxito una vez finalizado el mismo. Asimismo, uno de los indicadores de éxito más utilizados es el incremento de ingresos y/o de ventas de las organizaciones una vez transcurrido un año de la formalización del subproyecto de Alianza Productiva”, señala.

Compartir experiencias

La gerenta de Agricultura y Alimentos del Banco Mundial destaca que en febrero pasado, durante su última misión en Chile, ofrecieron a autoridades de Agricultura apoyo para el desarrollo e implementación de proyectos vinculados al área agrícola, especialmente en el área de las alianzas productivas.

“Conversamos sobre los desafíos del país en temas como productividad, competitividad y cambio climático, y les ofrecimos nuestras capacidades para apoyarlos, de acuerdo a sus necesidades. Y si bien no hemos tenido aún la oportunidad de revisar de cerca el modelo de alianzas productivas que se está implementando en Chile, estoy segura de que debe tener muchas buenas prácticas para compartir con otros países de la región. Creemos que sería muy valioso para Chile poder intercambiar experiencias con los otros países de la región y del mundo con los que estamos trabajando”, destaca.

La experiencia chilena

“Seguimos trabajando muy fuerte con nuestras alianzas productivas, promoviéndolas como un instrumento que estimamos muy necesario, en especial en la agricultura familiar campesina y con el actual escenario que se vive”, dice Carlos Recondo, director nacional de Indap.

Recondo las ve como una instancia que genera condiciones para que los pequeños productores usuarios de Indap puedan acceder a mejores alternativas comerciales y a relaciones comerciales más estables, sostenibles y transparentes con los poderes compradores.

“Las hemos ido promoviendo desde que llegamos en 2018, porque tenemos la convicción de que es un muy buen instrumento, por eso han tenido un crecimiento en los dos últimos dos años que estimamos importante”, agrega.

Recondo coincide en que quienes participan están mejor parados para enfrentar la difícil situación actual.

“Un gran porcentaje de los productores que participan, como los de losberries o de las hortalizas, para exportar o llegar a los supermercados tienen que cumplir con estándares de calidad e inocuidad importantes, y también con ordenanzas internas, como las del SAG para frambuesas o loscheklist que hace el supermercado, o con las de los mercados de exportación o de nicho, como los orgánicos. Eso es fruto de mucho tiempo en que el agricultor ha recibido apoyos para poder entregar las calidades que le exigen. En eso Indap ha cofinanciado los costos que significan la asesoría técnica o las inversiones”, destaca.

Frente al tema de incorporar a sectores privados en el financiamiento, lo considera positivo, si se tiene en cuenta que este año están contemplados 1.700 millones de pesos para inversiones.

“Obviamente que puede ser muy necesario que haya otras fuentes de financiamiento que permitan que estas alianzas productivas puedan dar un paso mayor en términos de escala o asociatividad y ampliar los mercados. Ahí el tema del financiamiento es muy importante y siempre el de Indap es limitado”, señala.

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