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Santiago de Chile. Lun 30/11/2020

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Recomendaciones para favorecer el desarrollo radicular en frutales

Lograr que las plantas tengan un sistema radicular extenso y voluminoso dependerá, en gran medida, de que el productor desarrolle una completa estrategia, donde se contempla el manejo del suelo y la aplicación de diversos productos de origen orgánico.

Viernes, 28 de agosto de 2020 a las 8:30
- El sistema radicular de los arándanos (en la imagen) no suele alcanzar grandes profundidades, por lo que requiere una buena gestión hídrica.
Crédito: Juan Hirzel
El factor riego
Otro aspecto importante a considerar, y que tendrá una directa relación con la instalación del huerto, es lograr las condiciones precisas para que las plantas reciban la cantidad adecuada de agua. Esto, según los expertos, es muy importante debido a que cualquier desequilibrio podría llevar al colapso de todo el sistema radicular.

En ese sentido, un tema importante es decidir qué sistema de riego instalar.

Si se opta por el riego por goteo (el más usado en los huertos frutales), una recomendación es establecer más líneas de lo normal, para que la planta tenga acceso al recurso desde distintos puntos y profundidades.

“Si se instala una línea de goteo por cada hilera de cultivo, la planta va a estar consumiendo solo desde un punto y la raíz estará cómoda con ello. Pero si se le agregan, por exagerar, cuatro líneas, manteniendo la misma cantidad de agua, las raíces van a comenzar a expandirse, para extraer agua desde distintos puntos”, explica. Jean Paul Joublan, asesor experto en frutales.

También es importante determinar cuánto regar.

Para ello hay que considerar varios factores, siendo uno de los más importantes la textura del suelo. Así, por ejemplo, si el terreno es de textura arenosa o limosa, se podrá regar a diario o día por medio, a alta frecuencia y con intensidad.

“Si la textura del suelo es arcillosa y se riega con la misma intensidad, existe una alta probabilidad de que el suelo sufra una compactación. Esto, sumado al exceso de agua, va a quitarle todo el oxígeno a la raíz, lo que terminará por matarla a ella y a la planta”, explica Julio Cornejo.

También hay que considerar la profundidad efectiva del suelo, lo que condicionará el volumen de terreno efectivo a regar y, por tanto, la profundidad máxima que alcanzarán las raíces.

“Esto implica que a mayor profundidad, mayor será el volumen de agua que se requerirá para satisfacer la necesidad de los frutales”, indica Julio Cornejo.

Otros aspectos a considerar son las necesidades particulares de agua que tengan las distintas especies frutales, la zona de plantación y las condiciones climáticas propias del huerto.

Rolando Araos Millar

Ante una caída en la producción, los productores tienden a buscar explicaciones en la madera, las hojas o en los productos que se aplicaron. Pocas veces piensan que la causa puede estar en las raíces, a pesar de que son el corazón de toda la estructura vegetal.

“La raíz no solo es el órgano fundamental para absorber agua y nutrientes en la planta sino que además su desarrollo determinará el rendimiento productivo y longevidad del cultivar”, asegura Juan Hirzel, investigador de INIA Quilamapu y especialista en fertilidad de suelos y nutrición vegetal.

Por ello, en la medida que el sistema radicular sea más extenso y voluminoso, mayor será la capacidad del frutal para adaptarse a factores de estrés como daños físicos del suelo, ataques de patógenos o insectos, faltas o excesos de humedad y deficiencias o toxicidades de diferentes elementos, entre otras cosas. Esto, a su vez, redundará en que la parte aérea de la planta se desarrolle mejor y se obtengan mejores resultados productivos.

Por lo mismo, dicen los expertos, resulta fundamental que los productores se preocupen de fortalecer el sistema radicular de las plantas, para que sufran lo menos posible ante cualquier estrés. Esto, en la práctica, significa propiciar que las raíces sean fuertes, se desarrollen bien y tengan capacidad de expansión, tanto en profundidad como en lateralidad.

La idea, dicen los expertos, es que el sistema radicular dote a la planta de juvenilidad, energía y capacidad de trabajo, con el fin de que se sinteticen altas cantidades de hormonas, especialmente auxinas, que son las más importantes para las raíces.

“Si existe disponibilidad de nutrientes y agua en el suelo, la raíz no detendrá su labor, ya que constantemente estará transportando elementos para continuar su trabajo fotosintético. Esto hace que sea muy difícil que la planta se estrese por factores abióticos como el clima”, asegura Juan Hirzel.

Un manejo temprano

Para lograr este objetivo el productor debe tomar una serie de medidas antes de establecer el proyecto, debido a que una vez que la plantación esté hecha, será más difícil realizar trabajos para subsanar errores iniciales en esta materia.

En ese sentido, el primer paso es preocuparse de que las plantas que adquieran tengan un buen sistema radicular, es decir, que no tengan raíces retorcidas, con desvíos o presenten torceduras en su madera.

“La selección de plantas en el vivero debe ser cuidadosa. Es necesario buscar los ejemplares con las raíces más abundantes, sin grandes cortes sufridos en el proceso de arrancado”, advierte Gamalier Lemus, investigador del INIA Rayentué.

Otro elemento clave es que transcurra el menor tiempo posible entre el retiro de la planta del vivero y su establecimiento en el huerto. Lemus recalca que ojalá se plante el mismo día, con el fin de evitar la muerte de raíces y raicillas.

Paralelamente, hay que considerar el estado y las condiciones del terreno en el que se establecerá el huerto, por lo que resulta fundamental realizar un análisis de suelo.

“El estudio o análisis de suelo identificará cuáles son las limitaciones y virtudes físico-químicas del terreno, el nivel de compactación, la existencia de diferentes estratas a lo largo del perfil del suelo y si hay problemas freáticos (nivel de agua subterránea). Esto se puede hacer a través de calicatas o con la ayuda de un experto”, explica Julio Cornejo, asesor de Agroconsultores.

Asimismo, el análisis de suelo permitirá saber si el suelo es arenoso, arcilloso o franco, lo que resultará fundamental para llevar a cabo manejos como la fertilización.

Así, un suelo arcilloso es capaz de almacenar más nutrientes que uno arenoso, producto de que el primero es microporoso, lo que facilita la fijación de elementos benéficos y ayuda a la raíz a captar lo que necesite.

El suelo arenoso, en cambio, cuenta con macroporos que brindan más espacio entre cada partícula de arena.

“Esto significa que a ese tipo de terreno le costará más fijar los nutrientes y retener el agua, complejizando el trabajo del sistema radicular”, asegura Johanna Mártiz, docente e investigadora de la Facultad de Agronomía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Otra diferencia entre ambos tipos de suelo es que el arenoso, debido que cuenta con poros más grandes, tendrá una mejor aireación y será menos propenso a compactarse. Al arcilloso, en tanto, le bastará una lluvia abundante o un mal manejo de riego, entre otros factores, para comenzar el proceso de compactación, lo que limitará drásticamente la disponibilidad de oxígeno para la planta.

“Sin oxígeno no importa que se disponga de grandes cantidades de agua, la planta se estresará a tal punto que podría llegar a colapsar”, asegura Johanna Mártiz.

Roberto Alfaro, ingeniero agrónomo y especialista en desarrollo radicular, comenta que lo ideal, pensando en propiciar el buen desarrollo radicular, sería contar con un suelo de textura franca.

“Este tipo de suelo, que mezcla lo mejor de lo arenoso y lo arcilloso, facilita el proceso de percolación (el agua y los nutrientes viajarán lento por la tierra, ayudando a su fijación) y brinda una mejor oxigenación, siendo más difícil que se compacte”, sostiene.

Darle estructura al suelo

Con los antecedentes anteriores, el siguiente paso es preparar el terreno para beneficiar el desarrollo radicular, una vez que las plantas estén establecidas.

En ese contexto, el primer paso es roturar el suelo para evitar las compactaciones y generar un espacio poroso amplio. Para esto se puede utilizar una retroexcavadora con un tridente, que pueda llegar a una profundidad de 90 centímetros y mover la tierra.

De forma paralela se pueden hacer camellones, los cuales aumentarán el volumen de suelo útil para el sistema radical, especialmente en aquellos terrenos de baja profundidad como los ubicados cerca de ríos o el mar.

El siguiente paso es desinfectar el suelo antes de plantar. “Esto se traduce en asegurarse que el terreno esté libre de nemátodos, insectos o patógeno, lo que deberá ser evaluado por un técnico experto”, complementa Gamalier Lemus.

Según Julio Cornejo, estos manejos —la preparación del suelo y la desinfección— deben comenzar en verano, 6 a 8 meses antes de la plantación, que debería realizarse en invierno o primavera. Sin embargo, esto dependerá de las necesidades del agricultor.

En busca de la expansión

Dos semanas después de finalizada la plantación, hay que dar inicio a la fase de propiciar el desarrollo y la expansión de las raíces, para que ocupen el mayor volumen de suelo posible, lo que permitirá que el sistema estructural presente muchas raíces secundarias, y estas, a su vez, muchas raicillas nuevas.

“La importancia de las raicillas es que al ser nuevas se transforman en las principales responsables de captar agua, oxígeno y nutrientes, además de ser el centro de producción de hormonas del cultivo”, comenta Julio Cornejo.

Una forma de estimular el crecimiento y expansión del sistema radical, además de las raicillas, es aplicar materia orgánica como compost o vermicompost, aunque lo más recomendado por los expertos es entregar ácidos húmicos, los cuales corresponden a compuestos que están presentes en las etapas finales de la descomposición orgánica.

Estos ácidos se encuentran presentes en materiales como la leonardita, un elemento derivado del carbón, que tiene un efecto de floculación en el suelo, es decir, propicia la porosidad del terreno y facilita su oxigenación.

“La dosis de leonardita, en forma de polvo soluble, tiende a tener presentaciones de 80% u 85% de concentración de ácido húmicos. En tal caso, se deben aplicar entre 10 y 15 kilos al año por hectárea. En caso de que el componente sea líquido, se deberán aplicar entre 40 y 50 litros por hectárea anualmente”, indica Julio Cornejo.

El asesor recomienda realizar dos aplicaciones parcializadas de este producto, las cuales deben calzar con los dos peaks de desarrollo y crecimiento radicular en frutales. Así, la primera dosis debe entregarse a fines de la primavera (entre noviembre y diciembre), mientras que la segunda en otoño (fines de marzo y principios de abril).

“La segunda aplicación es de gran relevancia porque, a partir de mayo, las raíces necesitarán tener reservas de energía para pasar el invierno sin dificultades. Aquellas que sobrevivan, serán las principales encargadas de activarse durante la primavera y producir raicillas, lo que a su vez será un sintetizador de la hormona citoquinina, que favorece la división celular de los frutos, aumentando la probabilidad de que la fruta se desarrolle con mayores calibres y mejor calidad”, explica Julio Cornejo.

Otra forma de estimular el desarrollo radicular en frutales, especialmente en especies como mandarinos —W.Murcott—, naranjos, limones y paltos, es aplicar bioestimulantes derivados del alga Ascophyllum nodosum.

“Tras años de investigación, que incluyeron pruebas tanto a nivel de invernadero como de campo, en las regiones Metropolitana, de Valparaíso y O’Higgins, pudimos determinar que la aplicación de este producto genera un crecimiento en las raíces que se expresa en mayor volumen y peso seco de las raíces de los cítricos y paltos sometidos a distintos tipos de estrés de suelo”, comenta Johanna Mártiz.

Este producto debe ser aplicado al huerto, a través del sistema de riego por goteo, de forma parcializada durante el mes, en dosis que oscilan entre 3 y 5 litros por hectárea, dependiendo del nivel de estrés que tenga la planta.


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