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Buscando el equilibrio

Si bien en el papel la agricultura biológica y la de conservación podrían verse como antagonistas entre sí, creo que son absolutamente complementarias. De hecho, lo mejor sería buscar un camino intermedio entre ambas.

Jueves, 26 de marzo de 2020 a las 8:30
Jean Paul Joublan
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Jean Paul Joublan

Hablar de desarrollar una agricultura verde, que no considerara la utilización de agroquímicos, hace 25 años era sinónimo de locura. Si bien los primeros trabajos en este tema se iniciaron a fines de la década de los noventa en especies como frambuesas, arándanos y manzanas, entre otras; existía la percepción de que solo se trataban de esfuerzos puntuales sin mayor trascendencia. A muy pocos agricultores tradicionales en esa época se les hubiera pasado por la cabeza la idea de implementar ese tipo de prácticas en sus huertos.

Pero contrario a lo que se pensaba, la situación terminó cambiando mucho más rápido. Hoy los consumidores quieren acceder cada vez más a productos orgánicos, lo que ha llevado a que los productores deban buscar la productividad de sus huertos pero de una forma limpia y equilibrada.

Un claro ejemplo del cambio de mentalidad son las medidas adoptadas por algunos de los más importantes mercados del mundo como Europa. Francia, por ejemplo, ha prohibido en los últimos años la utilización de determinados productos químicos —como el tiacloprid (neonicotinoide)—, los cuales son considerados perjudiciales para la salud de las personas y eventualmente de los animales. Un caso emblemático en ese país es el del glifosato, cuyo uso será prohibido seguramente en el mediano plazo. Otro producto que tiene limitado su uso es el cobre, debido que genera efectos nocivos en la fertilidad de las aves.

En medio de este panorama conceptos como el de agricultura biológica o de agricultura de conservación se han posicionado como alternativas reales para cientos de agricultores alrededor del mundo.

La agricultura biológica u orgánica, por ejemplo, es un sistema de cultivo basado en la utilización óptima de los recursos naturales, lo que implica el no uso de productos químicos sintéticos, u organismos genéticamente modificados (OGMs).

La agricultura de conservación, en tanto, comprende una serie de técnicas que tienen como objetivo fundamental conservar, mejorar y hacer un uso más eficiente de los recursos naturales mediante un manejo integrado del suelo, agua, agentes biológicos e insumos externos. Así, por ejemplo, se busca evitar la pérdida de suelo a través del uso de técnicas como la reducción y minimización de labores (de arado y labranza), la rotación de cultivos, el uso racional de fertilizantes químicos y herbicidas, la utilización de los restos vegetales de cultivos como medio natural de protección y fertilización de los suelos, lo que a su vez permitirá aumentar sus niveles de materia orgánica y mejorar su estructura.

Si bien en el papel la agricultura biológica y la de conservación podrían verse como antagonistas entre sí, creo que son absolutamente complementarias. De hecho, lo mejor sería buscar un camino intermedio entre ambas, y con esto generar un desarrollo del campo más amigable con el medioambiente y un ahorro económico en el establecimiento y mantenimiento del proyecto. Los programas que yo manejo, por ejemplo, permiten reducir los costos entre 50% y 70% respecto de uno tradicional.

La implementación de este tipo de programas busca también alcanzar una producción de buena calidad, pero sin estresar de más a la planta, lo que a su vez ayudará a mantener un adecuado equilibrio de todo el sistema.

La adaptación

En ese sentido, es importante que los productores tengan claro que para poner en práctica estos programas hay que usar todos los instrumentos que permitan logar un rápido y eficiente establecimiento del cultivo, con el fin de que este comience a generar ganancias en un corto tiempo y, con ello, se logre una mejor rentabilidad del negocio agrícola.

Para ello resulta clave seguir algunas recomendaciones.

La primera, y una de las más importantes, es hacer un buen análisis de suelo, con el fin de conocer bien las condiciones a las que nos enfrentaremos y elegir bien las herramientas que usaremos para revertir los problemas que puedan surgir. Esto nos ayudará a hacer un mejor diagnóstico y evitará que trabajemos a ciegas.

Es importante también que contemos con diversas herramientas como enmiendas orgánicas e inorgánicas de calidad. Los agricultores deberían aspirar a usar productos de base que permitan modificar condiciones como por ejemplo un pH muy alto en especies que no toleren bien esas condiciones.

También se debe tener cuidado con la incorporación de materia orgánica. Si bien esta no es dañina para el campo, sí puede transformarse en un problema para los objetivos del productor. Hay que tener en cuenta que en algunos casos el crecimiento vegetativo puede afectar la productividad y la sanidad de la madera frutal. Si bien en algunas zonas agroclimáticas el vigor de los árboles —ya sean de avellanos, cerezos u otros frutales— se puede disminuir a través de un menor riego, en lugares como el sur de Chile —donde hay lluvias y suelos con porcentajes de hasta 20% de materia orgánica— esto no será efectivo. En esos casos, la incorporación de desechos orgánicos o estiércol es una mala jugada, no es recomendable.

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Análisis
El Mercurio
Si bien en el papel la agricultura biológica y la de conservación podrían verse como antagonistas entre sí, creo que son absolutamente complementarias. De hecho, lo mejor sería buscar un camino intermedio entre ambas.
El Mercurio
Con la baja cuaja generalizada en los huertos de paltos, esta temporada tendremos un pequeño grupo de productores que seguramente ganará mucho dinero gracias a que tendrá mercadería para vender, y otro mucho más grande que tendrá que arreglárselas para sobrevivir con volúmenes exiguos.
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Esta labor debe estar enfocada en tres etapas: la poda, el desbrote y la aplicación de reguladores de crecimiento.

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