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Cómo hacer un uso más eficiente del agua en un contexto de sequía

Ante un escenario de cambio climático, resulta fundamental, especialmente en las zonas ganaderas de Chile, buscar alternativas que permitan paliar los efectos de las cada vez más prolongadas sequías.

Jueves, 27 de febrero de 2020 a las 8:30
Francisco  Calabi
Francisco Calabi

Agua es una palabra que hoy genera temor en la agricultura chilena. Y no es para menos, después de todo los efectos del cambio climático están afectando hasta el sur del país, una zona en la que cada vez se está haciendo más necesario el riego.

Y es que llevamos más de nueve años de sequía en el sur. Si bien en invierno hubo mucha lluvia en la Región de Los Lagos —incluso hasta bien avanzada la primavera— la falta de agua en enero fue muy evidente. Incluso se debieron usar camiones aljibes para abastecer a varias comunas de la costa de esa zona.

El problema es que al hablar de riego, inmediatamente se nos vienen a la cabeza conceptos asociados como inversión, derechos de agua y costos de operación, entre otros. Lo concreto es que el riego es una opción que no es barata y ni es para toda la superficie. Por lo mismo, debemos pensar en otras alternativas que nos ayuden a paliar este nuevo escenario.

El agua y las plantas

La cantidad de agua disponible para las plantas depende de tres factores: del recurso que entra al sistema (precipitación), de la eficiencia de la cosecha de agua (infiltración) y de la capacidad de almacenamiento (retención). Si bien la forma de suplir la lluvia es el riego, en los otros dos factores es posible tener influencia a una mayor escala y con menor costo.

En Egipto y Australia, por ejemplo, tuve la opción de sorprenderme y ver cómo se usaba el compost —elemento que normalmente se asocia a la agricultura orgánica— en el desarrollo de la agricultura convencional. La idea en ese caso era simple: aumentar la capacidad de retención de agua. Y es que la materia orgánica funciona como una esponja en el suelo. De hecho, la doctora Christine Jones de Australia dice que aumentar en 1% el contenido de carbono en los primeros 20 cm del suelo equivale a 189.000 litros/ha extras de capacidad de retención. Esto corresponde a una lluvia de 18,9 mm.

Hay que tener en cuenta que el precio normal del compost se mueve entre $40 y $50 por kilo, es decir, es bajo, al igual que su concentración de nutrientes. Por lo tanto, para poder comparar su valor con fertilizantes tradicionales hay que valorizar las unidades de cada nutriente puesto en el campo (incluido el flete). Así llegaremos a la conclusión de que su costo es similar al de fertilizantes químicos. Sin embargo, la logística de aplicación es complicada, debido a que por su bajo aporte, se deben aplicar toneladas de material. Por ello, el secreto está en darnos cuenta de los enormes beneficios secundarios que trae esta técnica, entre los cuales se encuentra la generación de una enorme capacidad de retención de agua y nutrientes, y la entrega de un alto número de micronutrientes, microorganismos y contenidos de ácidos húmicos y fúlvicos, entre otros. Por tanto, si bien es necesario contar con una mayor logística para aplicar los bioestabilizados, bien vale la pena realizar este proceso.

Otra molécula de carbono que día a día gana más adeptos es el biochar, que corresponde a partículas pequeñas de carbón. Una de las principales características de este producto es su alta relación superficie-volumen, dado que cuenta con una estructura llena de microporos, algunos de los cuales son tan pequeños que llevan a que las moléculas más chicas de agua no puedan entrar. Por lo tanto, sirven para guardar oxígeno. El biochar se puede hacer de material orgánico, con guano, e incluso puede ser mezclado con algunos fertilizantes. Si bien la mayoría de los procesos químicos ocurren por superficie, este además aumenta la capacidad de retención de nutrientes, generando así una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los fertilizantes aplicados.

Los países que lideran en este campo son Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Alemania y Estados Unidos. Cabe destacar que el valor de un m3 de biochar en USA ronda los US$ 350, mientras que en Australia, donde la escasez de agua es un problema muy superior, llega a US$1.000.

Lo importante es entender que la materia orgánica no es lo único que importa; esta ayuda, pero hay más. Mantener un suelo activo y saludable es la clave. Así, es necesario comprender que los cuerpos vivos ya tienen agua en su interior, pero además necesitan espacio para desarrollarse o moverse. Entonces al morir o al desplazarse dejan microporos y canales. También son claves para la formación de agregados del suelo y dar estabilidad a esta estructura. Además, mejoran la aireación y la tasa de infiltración de agua.

Aumentar la tasa de infiltración

Dentro de los efectos del cambio climático no sólo está la disminución de las precipitaciones, sino también el aumento de eventos de lluvias severas de alto caudal. Así, cada vez es más común ver en las noticias los daños provocados por grandes tormentas. Estos cambios significan grandes desafíos, ya que nos obligan a ser más eficientes con el agua, por lo que es imperante aumentar la tasa de infiltración.

La materia orgánica aumenta la vida del suelo, sin embargo todo en el planeta se mueve en base a energía. Así, podemos encontrar energía acumulada en compuestos químicos en el suelo o en detritos, aunque la principal fuente viene de los exudados radicales de las plantas. Por lo mismo, mantener una carpeta viva sobre el suelo equivale a placas solares. Las plantas, por ejemplo, toman la energía del sol y la comparten con la biota del suelo, exudando carbohidratos o sol líquido, como los llama Ray Archuleta, uno de los principales promotores del uso de policultivos o cultivos de cobertura polifíticos. Entonces, mientras menos tiempo tengamos el suelo descubierto, mejor será para él. Y, por tanto, mayores beneficios obtendrá nuestro cultivo.

En es contexto, el uso de policultivos de cobertura es una buena alternativa, ya que mejora la estructura del suelo —lo activa—, acumula nutrientes, materia orgánica y evita la presencia de malezas. Así, podríamos pensar que se trata de malezas dirigidas, debido a que sabemos cuándo van a florecer y semillar. Entonces podemos programar lo que sembraremos para alcanzar a terminar el ciclo en un momento adecuado, antes de sembrar nuestros cultivos de cosecha. Esto no es compatible con la siembra de cultivos invernales continuos, debido a que no hay tiempo para desarrollar una cobertura, aunque sí lo es cuando se va a sembrar un cultivo primaveral.

La baja de rendimiento de un cultivo primaveral versus un cultivo invernal, bien vale la pena desde el punto de vista económico, debido que se produce un ahorro en herbicidas, fertilizantes y, con ello, una mejora en los suelos. En este caso, debemos sembrar lo más temprano posible después de la cosecha, con el fin de alcanzar a tener crecimiento en otoño y terminar el cultivo en julio/agosto, dependiendo de si se usa un herbicida o se incorpora al suelo.

Es interesante hacer la prueba de sacar una palada de suelo de un cultivo en pleno enero o febrero, para luego internarse en un bosque circundante —ojalá no manejado— y repetir el ejercicio. Así, nos encontraremos que el primero estará seco y duro, mientras que el segundo será más oscuro, suave, tendrá agregados de suelo y humedad. Obviamente, en esto influirá la protección del viento y la sombra, aunque también la biomasa que mantiene el bosque, la cual es muy superior a la de un cultivo. La clave está en la cosecha y la retención, dada por la materia orgánica y actividades que influyen en la textura, la capacidad de infiltración, la retención de humedad y la resiliencia.

En praderas, en tanto, el manejo del pastoreo es clave. Altas cargas instantáneas por cortos periodos de tiempo —con rezago suficiente para la recuperación— permiten que la biología trabaje y se active después de un fuerte estrés. Este efecto no es tan fuerte en praderas monofíticas que reciben altas cargas de fertilizantes químicos, los cuales afectan la vida bajo el suelo. De hecho, aún teniendo una alta materia orgánica, no se logra tener los mismos resultados. En ese contexto, es importante agregar diversidad en el sistema y tratar de reemplazar fertilizantes químicos altamente solubles cuando sea económicamente rentable. Al menos es bueno hacer la prueba y mantenerla por tres años, ya que muchos de estos compuestos orgánicos terminan de liberar todos los nutrientes en la tercera temporada. Tal como señaló la experta australiana en nutrición vegetal, Rhonda Daly: “debes ganarte el derecho a no aplicar nitrógeno”. Y es que recuperar la salud y la funcionalidad de un suelo no se consigue en una temporada.

Otra técnica aplicada en Australia para mejorar la cosecha de agua, es el keyline, el cual considera dentro sus principios la acción de la roturación en curvas de nivel con cincel o máquinas, como las que se usan para romper compactación en campos de cero labranza, y seguir la curva principal. Esta acción ayuda a frenar la velocidad del agua e infiltrar. Así se puede conducir el agua a puntos estratégicos. En el libro “The Biochar Solution” de Albert Bates, se menciona la idea de usar esta técnica para aumentar la profundidad del horizonte de tierra vegetal, partiendo en una pradera con una roturación subsuperficial suave para fomentar la colonización por raíces. Al año siguiente se debe repetir el desfasado hacia el lado con mayor profundidad, y así sucesivamente. La idea es fomentar el avance de las raíces, lo que a su vez dependerá de si ellas encuentran nutrientes y humedad. Por lo tanto, es recomendable agregar nutrientes y materia orgánica en profundidad.

Estas acciones son aplicables a gran escala y en forma extensiva. Así, ganaremos resiliencia en el sistema, aumentará la producción y ayudará a una mejor adaptación al cambio climático. A su vez, al aportar sustentabilidad, sumamos competitividad a nuestros productos en mercados desarrollados, agregando valor. Todas estas acciones conllevan beneficios reales a la capacidad de retención de nutrientes y ayudan a disminuir el gasto en fertilizantes y la contaminación del agua y las napas subterráneas.


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