Me anticipó Hugo Marcone. Pienso lo mismo que él escribió hace una semana. Pero el increíble episodio de aquel partido a beneficio de Roberto Rojas incluiría aspectos aún peores.
Por de pronto, Rojas decidió entrar a la cancha de corto y ponerse al arco. Ver a un enfermo grave, en lista de espera para un trasplante, y por lo tanto entre la vida y la muerte, desviando al corner una dificilísima pelota resultó, por lo menos, grotesco. Luego, en el gol que alcanzaron a marcarle, llegó a rozar el balón en una contorsión que hizo recordar acciones de su brillante repertorio pasado. El que fuera un notable arquero ofrecía ahora una patética parodia de sí mismo.
¿Qué pasa si recibe un pelotazo que lo empeore? ¿O un golpe?. Es decir, expuso la vida a cambio de un nuevo momento de fama. Como hace más de veinte años.
Los demás no lo hicieron mejor. Los participantes pudieron señalar sus intenciones humanitarias, su disposición a colaborar con el compañero herido. Pero no, prefirieron dedicarle loas al "ídolo", poniéndolo a las mayores alturas del deportivismo.
Y no hay más tema con este asunto. Nadie quisiera escribir de esto, pero hay que hacerlo. O si no, lo inmoral pasa por bueno.
También parece que es tiempo de salirle al paso a eso de que Manuel Pellegrini "nunca fue tercero en un Mundial". Claro que no. Y menos en el Mundial del 62, porque ya fue hace 51 años... Lo más probable, además, es que nunca volvamos a ser anfitriones de una Copa del Mundo.
Es absolutamente irreal ponerle al exitoso técnico del City la condición de ser tercero en un Mundial, donde quiera que se juegue. Y mis queridos ídolos del 62, con los que suelo encontrarme y sigo admirando, saben -supongo- que si aquella justa memorable hubiese sido fuera de Chile... no habríamos sido terceros. (Sin enojarse).
A propósito de valor, ¿cuánto vale Bale? ¿Los cien millones de euros que pone sobre la mesa el magnate ruso del Paris Saint Germain? ¿Vale Gareth Bale el doble de lo que costó Falcao? ¿O Neymar?
En los precios de los pases de futbolistas siempre hay opiniones discordantes. Lo que parece excesivo se contesta con un simple "se paga solo".
Lo venimos escuchando desde que la Católica compró el de José Manuel Moreno en 1949. Y David Beckham se pagó solo varias veces casi con la venta de camisetas en sus clubes.
Está bien, pero hay un asunto que viene produciendo irritación: la aparición de tantos megarricachones que no tienen identidad con los clubes que compran, que no desarrollan ningún proyecto deportivo, limitándose al mercadeo y comercializándolo todo (hasta el nombre del estadio).
El poder del dinero, obviamente, no es nuevo. Pero ya llega a territorios que no se podían imaginar.