¿Qué hacemos con un cuerpo que está "seteado" para reaccionar a las emergencias, a las crisis, a los cambios, como situaciones excepcionales y le toca vivir estos tiempos de cambios constantes?
Tomemos la incertidumbre como ejemplo. Se supone que los seres humanos vivimos en rutina y damos por sentado que esta se rompe a veces, y solo a veces, para dar paso al cambio. Se supone, además, que eso es lo que nos mantiene sanos. Pero ya no es así la vida. Las cosas más permanentes, como el matrimonio, ya no son seguras.
Tomemos la mentira. Nos formamos para decir la verdad, es cierto. Pero no había que mentir tanto porque era tan fácil ocultar. Hoy con los celulares, los mails, los SMS y los hackers, a cada rato la gente descubre que han sido estafados, semi estafados, que el marido (o la mujer) no era tan fiel o que está lleno de secretos indescifrables. Resulta entonces que sentimos que la verdad no existe.
Y el cambio que antes era una cosa extraordinaria, hoy es una constante y además es altamente valorado. "Tu padre trabajó 30 años en el mismo banco" decían las viejas como expresando un gran valor. Hoy quien no cambia de trabajo es porque nunca surgió o porque no fue audaz o creativo.
Y el pobre cuerpo, que cambia en unidades de siglos y no de años, meses, días, horas, no sabe qué hacer para producir las substancias que esta velocidad requiere. Por eso es que la adicción a la adrenalina es tan corriente y que la depresión cunde. No la inventamos los psicólogos o psiquiatras, sencillamente los equilibrios no se mantienen cuando se gasta tanto y se produce lo mismo que hace millones de años. Esto es más grave para las mujeres que en la historia no necesitaron gran producción de adrenalina y hoy la tienen que secretar a raudales.
Sí, cambian las costumbres. Todos hacen deporte y eso ayuda al equilibrio. Y también todos toman remedios. Está bien. El problema es que están vivas las generaciones para quienes el medicamento o el ejercicio (ojo, no el deporte) parecen compulsiones innecesarias.
Bien, así es. Nada de llorar por los cambios, no tienen vuelta atrás, la historia va en un sentido. Entonces cuidarse es hoy un deber mucho más imperioso que antes. Y cuidarse es sobre todo darse espacio de goce, de calma, de silencio. No es más adrenalina, no es más cambio de personas o ambientes, es recordar que tenemos un cerebro anticuado que necesita también cuidados anticuados.